Mi cerebro se reinicia y todo lo sucedido me parece que fue parte de mi sueño, pero la voz de mi mamá me reconecta con la realidad; aún medio dormida, la escucho alegando: -No, señor, esto no se arregla con dinero, esto es un asunto de honor. Usted deshonró a mi hija, siendo un hombre casado, la despojó de su pureza y, como si fuera poco, todas esas fotos y videos están en el internet. Es que toda mi familia no deja de llamarme para criticarme; inclusive el cura del pueblo me regañó esta mañana, y como si fuera poco, su pobre esposa, con toda la razón del mundo, casi borra del mapa a mi chinita; eso, señor, no tiene precio. Usted ha deshonrado a mi Angie; ella es una mujer muy decente, una niña de casa; ahora incluso en televisión la tildan de que es su amante, una cualquiera que dañó un matrimonio.
Observo a mi alrededor para ubicarme en mi realidad y, como una corriente invernal, me sacude la impresión de que estoy en la sala de urgencia donde supe que la muerte es vertical, donde todos veremos su rostro desde acostados; pocos son los que se van de pie o sentados, como los fusilados. Mi mente siempre divagaba, incluso en estos momentos tan complicados, aunque en esta ocasión soy sacada de mis conclusiones mediante una cruel tortura por los forcejeos del médico para acomodarme la nariz, solamente diciendo: -Señorita, esto solo le va a doler un poquito.
Qué gran mentira, eso me lastimó más que cualquier golpe de esa señora. Él agarró mi nariz jalándola de un lado para otro como si fuera de caucho y luego me la apretó durísimo haciéndola crujir. Causó que se me escapara una oleada de palabrotas. Las curaciones de mis heridas también fueron un suplicio; no me acostumbraré al ardor punzante del alcohol sobre la piel herida y lo peor fue que me pusieron puntos en una ceja; experimenté la aguja entrando y saliendo, fueron unos instantes de dolor interminables y de pensar que tendría una cicatriz horrible. Desde luego que todo esto lo soporté gracias a don Morales, que siempre estuvo conmigo, cogiéndome las manos, dándome la fuerza para aguantar. A pesar de que su celular no le paraba de timbrar y él únicamente miraba de reojo la pantalla sin contestarlo. Me imagino que debería ser la esposa quien se debe estar mordiendo los codos porque sabe que está conmigo. Ella debe encontrarse sola en un hospital. Aunque sí lo considero mejor y, repasando los sucesos, no supongo que tenga heridas más que del orgullo; por mucho, tendrá los puños adoloridos.
-Linda, ¿cómo te sientes? -me pregunta don Morales, con su voz que me hace sentir olas de calor que me recorren y un ligero punzón como de miedo en la boca del estómago que casi no me deja contestar; lo único que me sale es un susurro de niña mimada: -Bien, don Morales, mejor gracias a usted.
-Por favor, dime Danilo a secas y no tienes nada que agradecerme; al contrario, me tienes que disculpar por todo este problema en que te metí por mi culpa.
Él me sonríe con sus dientes perfectos que parecen tener luces y se queda mirándome la boca; yo le estiro mis labios preparándome para lo que sea que venga a continuación, pero un escándalo interrumpe nuestro bello momento.
-¿Usted qué se cree? Ya le dije por las buenas que se aleje de mi hija. -Es mi mamá quien continúa alegando, y le pega un coscorrón a mi jefe. Y de la nada aparece mi padrastro para sujetarlo por el cuello mientras lo amenaza: -Oiga, donde algo le pase a la niña, usted lo va a lamentar muchísimo.
Lo único que puede hacer don Morales es levantar las manos como señal de paz y decirles: "Espera, todo fue un malentendido. Es cierto que tengo parte de la culpa, pero no se preocupen, intentaré reparar esta tragedia; para empezar, cubriré todos los gastos y además les proporcionaré una compensación sustancial".
Mi padrastro sonríe de oreja a oreja soltándolo mientras mira a mi madre con una expresión de satisfacción; al levantarme, veo a mi hermanastro que no disimula su risa avariciosa.
Mi mamá es la única que no queda convencida y le sigue reclamando: -Ya le dije que no, señor, es que esto no se arregla con dinero, esto es un asunto de honor. El honor de la familia ha sido mancillado; nosotros somos pobres, pero con dignidad.
Don Morales, juntando sus manos a manera de rezar y mirándola fijo a los ojos, le responde: -Señora, usted tiene razón y de antemano le pido disculpas. Pero es que yo también soy una víctima; mi imagen se vio seriamente afectada, las acciones de mis empresas se están desvalorizando, mi esposa ya me pidió el divorcio, en donde ella se quedará con la mayoría de mis bienes por una cláusula de fidelidad. Su merced, es que le juro que no sé qué hacer; me gustaría hacer como el avestruz, meterme entre un hueco y no salir más.
Mi madre lo miró con ternura y salió con una anotación fantástica; para mí, fue como si ganara la lotería, un deseo imposible que se hacía realidad, o como si mi hada madrina apareciera de forma enigmática, enviándome no en una carroza hecha con calabaza, sino en una camilla de ambulancia. Mi madre se calmó después de una pausa y dejó caer su reflexión: -Entonces, señor, en ese caso tiene que separarse de su esposa por la ley y por la Santa Iglesia para unirse a mi hija en sagrado matrimonio y así limpiar su honor.
Morales sonrió, observó para todos los lados, desabrochándose la corbata; al final, con una risa nerviosa, expuso: -Tocaría esperar a que se acabe todo este escándalo, a ver qué podemos hacer; le confieso que para mí sería un honor ser parte de una familia tan hermosa.
Mi madre parecía estar feliz, a punto de saltar de alegría; unió las manos y cerró los ojos. Estoy seguro de que estaba por elevar una oración al cielo, pero mi padrastro la interrumpió: "Esposita", dijo, "aunque nos vendría bien esa indemnización para terminar la casa".
Mi madre le contestó con un grito acompañado de un empujón: -No, señor, la honra de mi niña no tiene precio, ella no es una cualquiera.
Con don Morales nos quedamos observando, mientras me imagino ingresando a una iglesia repleta de flores, en la que todos mis amigos y parientes ocupan los bancos. Yo vestía un vestido blanco resplandeciente, con una larga cola que lleva mi prima envidiosa. Entré al ritmo de la música del órgano y él llevaba un traje negro de paño, como un muñeco de ponqué, junto con unos zapatos relucientes que se asemejan al brillo del mármol de su edificio.
Cuando el cura diga: "Si hay alguien que se oponga, que hable ahora o calle para siempre", una voz diría: -Yo. -Podría ser su exesposa, quien llegaría revolcada, harapienta, con una botella de bebida barata desocupada en la mano y, en medio de sus alegatos, sería sacada por la seguridad. O de pronto el baboso de mi exnovio, quien al contemplar a mi pareja mejor se quedaría callado, debido a que se daría cuenta de que no le da ni por los tobillos.
El cura al final declararía: -"El novio ya puede besar a la novia" -y lo haríamos al compás de la gente que aplaudiendo nos felicitaría, y mi madre me diría...
-Angie, ¿qué te pasa en la boca?, se te está saliendo la saliva, ¿te sientes bien? -Morales me pregunta sacándome de mis fantasías y me sacude de los hombros con un toque suave.
-Estoy bien, es que me duelen hasta las ideas y estoy con soñolencia por la medicina que me han aplicado, aunque lo que realmente me tranquiliza es tu presencia; por favor, no me dejes. -Yo le hablo haciendo pucheros como una bebé; vuelvo a considerar que esto no es real, que es un sueño del que no quiero despertar. Entretanto, él me acaricia la cara con ambas manos y, sonriendo, me susurra: -Por supuesto que no, me quedaré el tiempo que más pueda, aunque tengo que ir a bañarme; desde luego que no me gustaría, porque aún huelo a ti.