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Cenizas del Trono de Escamas
img img Cenizas del Trono de Escamas img Capítulo 4 El Consejo de las Sombras
4 Capítulo
Capítulo 6 La Celda de la Erudita img
Capítulo 7 La alarma de intrusión aérea img
Capítulo 8 Susurros en los Muros img
Capítulo 9 El Puente de los Suspiros img
Capítulo 10 La Historia Oculta img
Capítulo 11 El Refugio de los Olvidados img
Capítulo 12 Ecos en la Nieve img
Capítulo 13 El Bosque de los Lamentos img
Capítulo 14 El Pacto de Sangre y Sombra img
Capítulo 15 Acero y Ceniza img
Capítulo 16 La Garganta del Viento img
Capítulo 17 La Prisión de Hielo img
Capítulo 18 La Última Lección img
Capítulo 19 Renacido en Luz Blanca img
Capítulo 20 El Cielo Roto img
Capítulo 21 Danza de Hueso y Acero img
Capítulo 22 El Primer Amanecer Libre img
Capítulo 23 La Marea de Hierro img
Capítulo 24 El Protocolo de Hierro img
Capítulo 25 La Estrategia del Invierno img
Capítulo 26 Termodinámica de la Ira img
Capítulo 27 La Paz de la Escarcha img
Capítulo 28 La Alquimia del Vapor img
Capítulo 29 La Piel de la Quimera img
Capítulo 30 El Parlamento de las Bestias img
Capítulo 31 La Danza de los Segadores img
Capítulo 32 Caída Libre y Fuego Ascendente img
Capítulo 33 El Precio del Mañana img
Capítulo 34 La Ciudad de Vapor y Runas img
Capítulo 35 La Frontera de Cristal img
Capítulo 36 El Circuito de Lázaro img
Capítulo 37 La Sombra del Coloso img
Capítulo 38 El Silencio de Dios img
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Capítulo 4 El Consejo de las Sombras

Aeric se frotó las manos con fuerza bajo el chorro de agua helada de la jofaina, viendo cómo el líquido transparente se teñía de gris oscuro. Ceniza y grasa. El olor del dragón -azufre, almizcle y acero caliente- se había impregnado en sus poros, una segunda piel que el agua no podía arrancar del todo.

Se miró en el espejo de plata pulida de sus aposentos. Sus ojos, normalmente de un gris tormenta, parecían febriles, inyectados en sangre por la falta de sueño y el pánico residual que aún le martilleaba las sienes.

-Cálmate -se ordenó a sí mismo, su voz sonando extraña en la soledad de la habitación de piedra.

Tenía que ser el Príncipe Heredero ahora. No el cuidador de bestias, no el niño asustado que acababa de ver la muerte en el flanco de su amigo. Tenía que ser la máscara de hielo que su padre le había enseñado a usar.

Se secó las manos con una toalla de lino áspero y se cambió la túnica de cuero de montar por un jubón de terciopelo negro con el emblema del dragón bicéfalo bordado en hilo de plata. Se ciñó la espada ceremonial -una hoja inútil para el combate real, pero pesada en simbolismo- y salió al pasillo.

El Castillo de Valerion era una fortaleza diseñada para intimidar, no para vivir. Los pasillos eran demasiado anchos, los techos demasiado altos, diseñados para que incluso los gigantes se sintieran pequeños. Aeric caminó rápido, sus botas resonando con un eco solitario que parecía perseguirlo.

Al llegar a las grandes puertas de roble de la Sala del Consejo, dos guardias golpearon el suelo con sus alabardas y abrieron el paso sin decir palabra.

El aire dentro de la sala era diferente. No olía a invierno ni a piedra húmeda, sino a cera de velas caras, pergamino viejo y lavanda seca. Era un olor diseñado para ocultar la decadencia.

Alrededor de la inmensa mesa de obsidiana en forma de lágrima, los hombres más poderosos del reino ya estaban sentados.

En la cabecera, hundido en un trono que parecía querer tragarlo, estaba el Rey Thorian. Su padre. Una vez había sido un hombre que inspiraba canciones de guerra; ahora, su piel tenía la textura del papel arrugado y sus manos temblaban ligeramente sobre los reposabrazos. La corona de hierro negro parecía pesar más que su propia cabeza.

A su derecha, el General Kaelen, un hombre cuadrado con más cicatrices que piel visible, tamborileaba impaciente los dedos sobre la mesa.

Y a su izquierda, de pie junto a una ventana estrecha, estaba Lord Varek.

Varek era la antítesis de todo lo que representaba Valerion. Donde el reino era fuerza bruta y fuego, Varek era seda y veneno. Alto, delgado hasta la exageración, con una cabeza completamente calva y tatuada con runas de contención mágica que brillaban tenuemente bajo la luz de las lámparas. Era el Gran Magíster, el arquitecto de la "nueva era" y la única persona en la sala que nunca levantaba la voz porque no necesitaba hacerlo para ser escuchado.

-Llegas tarde, hijo -dijo el Rey Thorian, su voz rasposa, como hojas secas arrastradas por el viento.

-Mis disculpas, padre -mintió Aeric con fluidez, tomando su asiento frente a Varek-. Estaba supervisando los preparativos para el Vuelo de Ceniza. Pyroth está... ansioso.

Los ojos de Varek, dos pozos de negrura sin esclerótica visible debido a años de uso de magia oscura, se clavaron en Aeric. No parpadeó.

-La ansiedad es común en las bestias que sienten su propia obsolescencia, alteza -dijo Varek. Su voz era suave, untuosa, deslizando las sílabas como aceite.

Aeric sintió que se le erizaba el vello de la nuca.

-Es un dragón, Varek. No tiene conceptos filosóficos sobre la obsolescencia. Solo quiere volar.

-Quizás -concedió el Magíster, volviendo su atención al Rey-. Majestad, como estábamos discutiendo antes de la llegada del Príncipe, la situación en la Frontera Norte es... insostenible.

El General Kaelen gruñó, golpeando la mesa con el puño.

-¡Es una maldita masacre, eso es lo que es! -bramó el general-. Tres puestos de avanzada perdidos en un mes. Los bárbaros de las Tierras Bajas se están envalentonando. Saben que nuestras patrullas aéreas han disminuido. Necesito más dragones, majestad. Necesito fuego en el cielo, o perderemos el Paso del Invierno antes de la próxima luna.

El Rey suspiró, frotándose las sienes con gesto cansado.

-No tenemos más dragones listos, Kaelen. Los criaderos están vacíos. Los huevos no eclosionan. Lo sabes tan bien como yo.

-Tenemos doce dragones adultos en la capital -insistió Kaelen-. Enviad a Pyroth. Enviad a la Guardia Real.

-Pyroth se queda aquí -intervino Aeric rápidamente, demasiado rápido. Vio cómo la ceja tatuada de Varek se alzaba un milímetro-. Es el símbolo de la corona. Si el Rey envía a su propio dragón a la frontera, parecerá desesperación.

-Es desesperación -replicó Kaelen.

-Caballeros, por favor -Varek levantó una mano, sus dedos largos y pálidos brillando con anillos de plata-. Estamos debatiendo síntomas, no la enfermedad. El General tiene razón: necesitamos fuerza. El Príncipe tiene razón: no podemos arriesgar los pocos activos que nos quedan. Pero el problema no es de estrategia militar. Es de... recursos.

Varek caminó despacio hacia el centro de la sala. De los pliegues de su túnica azul noche, sacó un objeto envuelto en terciopelo y lo depositó sobre la mesa de obsidiana con un golpe sordo y pesado.

Con un movimiento teatral, retiró la tela.

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