-Esto -dijo Varek, señalando el horror con un dedo acusador- pertenecía a Vermithrax, el dragón de la guarnición del Este. Murió hace tres días. No por una flecha, ni por una lanza. Simplemente... se detuvo. Sus pulmones se convirtieron en granito mientras dormía.
-La Peste de Plata... -susurró el Rey Thorian, el terror asomando en sus ojos nublados-. Creí que eran rumores de campesinos.
-Es real, majestad -confirmó Varek, su tono grave pero extrañamente carente de empatía-. Y es contagiosa. No es una enfermedad biológica, es una resonancia mágica. Una disonancia en el Vínculo que une a jinete y bestia. Cuando un dragón enferma, su magia se corrompe. Y esa corrupción se extiende. Si Vermithrax hubiera estado en el Nido Real... ahora tendríamos una colección de estatuas en lugar de una fuerza aérea.
Aeric apretó los puños bajo la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Varek estaba mintiendo. O al menos, torciendo la verdad. La Peste no era natural, Elara se lo había sugerido en sus cartas antes de ser encarcelada. Pero no podía decir nada. No sin admitir que había estado consultando a una criminal.
-¿Qué propones, Varek? -preguntó el Rey, su voz temblorosa.
Varek sonrió, una mueca fina y depredadora.
-Propongo el Protocolo de Purga, majestad.
La palabra quedó flotando en el aire, fría y definitiva.
-¿Purga? -repitió Aeric, poniéndose de pie de golpe-. ¿Estás sugiriendo matar a nuestros dragones?
-Estoy sugiriendo salvar al reino, alteza -respondió Varek con calma, girándose para enfrentarlo-. Un dragón infectado es una bomba de tiempo mágica. Si la infección llega al núcleo del animal, la explosión de energía arcana podría arrasar esta ciudadela. Debemos inspeccionar a cada bestia. A la primera señal de la mancha plateada... debe ser neutralizada. Su esencia mágica debe ser extraída antes de que se pudra.
-¡Son seres vivos! -gritó Aeric-. ¡Son nuestros aliados!
-Son herramientas, Aeric -cortó el Rey, golpeando el brazo del trono. La fuerza repentina del anciano sorprendió a todos-. Y una herramienta rota es peligrosa. Varek... ¿tienes una alternativa? Si matamos a los dragones, ¿con qué nos defendemos?
Varek asintió, como si hubiera estado esperando esa pregunta exacta.
-La ciencia arcana ha avanzado, majestad. No necesitamos bestias caprichosas que comen, duermen y enferman. He estado trabajando en los Constructos. Gólems de hueso y acero, animados por la esencia pura extraída de los dragones... sacrificados. Obedientes. Sin miedo. Inmunes a la peste.
Varek sacó un pergamino de su manga y lo desenrolló sobre la mesa. Mostraba diagramas de esqueletos de dragón reforzados con placas de metal y runas brillantes en lugar de órganos. Era una abominación. Era nigromancia disfrazada de ingeniería.
-Para activar los primeros prototipos, necesito núcleos de dragón frescos -dijo Varek, mirando fijamente a Aeric-. El Protocolo de Purga nos dará la materia prima para construir un ejército eterno.
-¡Es una locura! -Aeric miró a su padre, buscando un rastro del guerrero que había sido-. Padre, no puedes permitir esto. Es traición a la Vieja Ley. El Vínculo es sagrado.
El Rey Thorian miró el fragmento de ala petrificada. Luego miró los planos de Varek. El miedo a perder el poder, el miedo a la invasión, pesaba más que cualquier tradición.
-El reino debe sobrevivir, Aeric -murmuró el Rey, desviando la mirada-. La supervivencia no entiende de santidad.
El Rey tomó la pluma que Varek le ofrecía.
-Mañana -dijo Varek, mientras el Rey firmaba el decreto con mano temblorosa-, durante el Vuelo de Ceniza, mis inspectores examinarán a cada dragón antes del despegue. Cualquier bestia con una sola escama gris será... procesada. Empezando por los más grandes.
El corazón de Aeric se detuvo. Mañana.
Varek enrolló el pergamino firmado con una satisfacción lenta y metódica.
-Será un día glorioso para el progreso, alteza -dijo Varek, inclinando la cabeza hacia Aeric con una burla velada-. Asegúrese de que Pyroth esté listo. Sería una lástima que el símbolo de nuestra dinastía tuviera algún... defecto.
Aeric no respondió. No podía. Sentía la bilis subiendo por su garganta. Sabía que Varek sospechaba. Quizás incluso lo sabía. La Peste no era una casualidad; era el pretexto perfecto para el golpe de estado de Varek, para cambiar la biología por la nigromancia y tomar el control total.
El príncipe hizo una reverencia rígida y salió de la sala sin esperar permiso.
Mientras las puertas se cerraban a sus espaldas, amortiguando la voz del general Kaelen preguntando por los detalles técnicos de los "Constructos", Aeric se apoyó contra el muro de piedra fría del pasillo. Le temblaban las piernas.
Tenía menos de veinticuatro horas.
Mañana al amanecer, los inspectores de Varek entrarían en el Nido Real. Encontrarían la mancha en Pyroth. Y lo matarían para convertirlo en una marioneta de huesos.
Aeric miró hacia la torre norte del castillo, la más alta y solitaria, donde se encontraban las celdas de los prisioneros políticos y los herejes mágicos.
Solo había una persona que sabía más de magia antigua que Varek. Una persona que le había advertido que esto pasaría. Una persona a la que él mismo había ayudado a encarcelar hace un año por practicar la Magia de Sangre.
Elara.
Aeric se desabrochó la capa ceremonial y la tiró al suelo. Ya no le importaba el protocolo. Si iba a cometer alta traición, más valía empezar ya.
Echó a correr hacia las mazmorras.