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LA VIDA DE ANA
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Capítulo 3 Capitulo 3

París no era la ciudad del amor que Ana había leído en sus libros de literatura. Para ella, París era una extensión de su propia sombra: fría, indiferente y llena de callejones que susurraban secretos prohibidos. Había llegado con el poco dinero que logró arrebatarle al cadáver de Erick y una maleta cargada de ropa sencilla y un odio que todavía le quemaba las entrañas.

Durante las primeras semanas, Ana intentó aferrarse a los restos de su antigua vida. Recorrió librerías, cafés y oficinas buscando un empleo digno. Pero el mundo no tenía espacio para una joven extranjera sin papeles, con una mirada que intimidaba a los reclutadores y unas manos que parecían buscar constantemente algo que degollar. El hambre empezó a apretar, y el frío de la noche parisina le recordó que, en este mundo, la belleza sin poder es solo una invitación a la tragedia.

Fue una noche de neblina espesa cuando sus pasos la llevaron al distrito de Pigalle. Allí, las luces de neón rojas teñían el pavimento como la sangre que dejó atrás en su casa. Se detuvo frente a un bar de fachada oscura y elegante, un lugar donde el lujo se mezclaba con el vicio: "Le Miroir Noir".

Ana entró. El aire estaba saturado de perfumes caros y humo de tabaco de alta gama. Detrás de la barra, una mujer de unos cincuenta años, vestida con seda negra y joyas ostentosas, la observaba con ojos de águila. Era Marta, la dueña del local, una mujer que había visto nacer y morir mil destinos en ese bar.

-Busco trabajo -dijo Ana, plantándose frente a ella. Sus ojos seguían teniendo ese brillo demoníaco que nació la noche de la matanza.

Marta soltó una carcajada seca, dejando su copa de cristal sobre la barra.

-Aquí no necesitamos meseras, niña. Y por tu cara, no creo que sepas limpiar baños. En este lugar, las mujeres venden lo único que los hombres no pueden comprar con amor: placer. Solo hay trabajo de prostituta. ¿Lo quieres o te vas a seguir muriendo de hambre en la calle?

Ana no parpadeó. Recordó el peso de Erick sobre ella y la cara de su madre ignorando sus gritos. El pudor era un lujo que ya no poseía.

-Lo acepto -respondió con una voz que heló la sangre de Marta por un segundo.

Marta sonrió, satisfecha. No perdió el tiempo. Señaló con la barbilla hacia un rincón sombrío, donde un hombre de traje impecable y cabello canoso bebía un whisky de malta.

-Ves a ese cliente en la mesa 122. Es el senador Dupont, un político muy reconocido y respetado en esta ciudad. Un hombre poderoso que paga bien por su discreción. Él será tu primer cliente esta noche. Considéralo tu bautizo.

Ana sintió una punzada de sorpresa, pero no de miedo.

-¿Tan rápido voy a empezar a trabajar? -preguntó, arqueando una ceja-. Pensé que me pondrías a prueba, o que me enseñarías cómo funciona este lugar.

Marta se inclinó hacia adelante, su rostro a pocos centímetros del de Ana.

-Escúchame bien, niña. ¿Quieres trabajar sí o no? No estoy aquí para perder el tiempo contigo ni para ser tu maestra de modales. El senador tiene hambre, y tú tienes una deuda que empezar a pagar. Muévete.

Ana asintió. Marta la presentó formalmente y, en cuestión de minutos, el político la conducía hacia una de las habitaciones privadas en el piso superior. El senador Dupont no perdió el tiempo en galanterías. En cuanto la puerta se cerró y el candado hizo clic -un sonido que a Ana ya no le provocaba terror, sino una sed de sangre insaciable-, el hombre mostró su verdadera cara.

-Quítate la blusa -ordenó el político con un tono despectivo, sentándose en el borde de la cama-. He tenido un día difícil en el congreso y no tengo paciencia. Muévete, pedazo de carne.

Él se acercó a ella con brusquedad, tratándola como si fuera un objeto inanimado. Sus manos eran toscas, y mientras le desabrochaba la blusa con violencia, comenzó a insultarla en francés, creyendo que ella no entendía el peso de sus palabras. Pero Ana no estaba escuchando sus insultos; estaba sintiendo el metal frío oculto en su espalda, sujeto bajo el elástico de su falda. El mismo cuchillo que había reclamado la vida de su familia en aquel pueblo lejano.

Cuando el senador la empujó hacia la cama y se inclinó sobre ella, creyendo que tenía el control total, Ana actuó. Con una agilidad que desafiaba cualquier rastro de humanidad, sacó el arma.

-Esto es por todos los que creen que el poder les da derecho sobre el cuerpo de los demás -susurró Ana al oído del hombre.

El acero se hundió profundamente en el estómago del político. Él abrió los ojos de par en par, tratando de gritar, pero Ana le tapó la boca con la misma frialdad con la que Erick lo había hecho con ella. Pero esta vez, ella era la que tenía el cuchillo. Lo apuñaló una, dos, tres veces, hasta que el "respetable" político se convirtió en un guiñapo sangriento sobre las sábanas de seda.

Ana salió de la habitación corriendo, con la blusa manchada de carmesí y el cuchillo aún en la mano. Al bajar las escaleras, el caos estalló. Matteo, el jefe de seguridad del político, un hombre enorme y armado, la vio y se lanzó sobre ella para detenerla.

-¡Detente, maldita perra! ¡Vas a morir por esto! -gritó Matteo, extendiendo sus manos para atraparla por el cuello.

Ana se preparó para morir luchando, pero antes de que los dedos de Matteo la tocaran, una voz profunda y autoritaria retumbó en todo el salón, deteniendo el tiempo mismo.

-Suéltala, Matteo. O la próxima bala no irá a tu hombro, sino a tu frente.

De entre las sombras del área VIP surgió un hombre cuya presencia era tan imponente que incluso las luces del bar parecían atenuarse a su paso. Era Louis Dubon. Vestía un traje de tres piezas hecho a medida, y en sus ojos había una inteligencia peligrosa, la mirada de alguien que ha caminado por el infierno y ha regresado como su dueño.

Louis hizo un gesto casi imperceptible con la mano y dos de sus propios hombres desarmaron a Matteo en un parpadeo. Louis caminó hacia Ana, ignorando el cuerpo del político que seguramente ya estarían descubriendo arriba. Se detuvo frente a ella, observando la sangre en su rostro y el fuego que aún ardía en sus ojos.

-Matar a un senador es un movimiento audaz... o muy estúpido -dijo Louis con una media sonrisa que no llegaba a sus ojos-. Pero me gusta la forma en que sostienes ese cuchillo. Tienes alma de cazadora.

Ana, que nunca se había sentido pequeña ante nadie, sintió cómo su corazón daba un vuelco. No era miedo. Era una admiración eléctrica. Louis representaba todo lo que ella quería ser: el poder absoluto, la elegancia de la muerte, la invulnerabilidad. En ese momento, mientras la sangre del político aún estaba caliente en sus manos, Ana se sintió irrevocablemente atraída por el hombre que acababa de salvarla.

-Viene conmigo -sentenció Louis, mirando a Marta, quien se había quedado muda de terror.

Louis tomó a Ana por el brazo, no con la rudeza del político o de Erick, sino con la firmeza de un dueño reclamando su posesión más valiosa. La escoltó fuera del bar hacia un auto negro blindado que esperaba en la acera.

-¿A dónde me llevas? -preguntó Ana mientras el auto se alejaba de Pigalle.

-A mi departamento -respondió Louis, mirándola de reojo mientras encendía un cigarrillo-. París es pequeña para alguien que acaba de matar a un senador. Si vas a estar en este mundo, Ana, mejor que estés bajo mi protección. Y yo no protejo a cualquiera.

Ana lo miró fijamente. En la penumbra del auto, Louis parecía un dios oscuro. Ella sabía que esto no era solo un rescate; era el inicio de algo mucho más peligroso. Pero mientras se perdían en las avenidas de París, Ana se dio cuenta de que no solo quería su protección; quería estar a su lado, quería aprender de él, quería que el mundo temblara cuando mencionaran sus nombres.

Esa noche, Ana no solo encontró un refugio; encontró el espejo de su propia oscuridad en Louis Dubon.

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