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LA VIDA DE ANA
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Capítulo 5 Capitulo 5

Cinco años habían pasado desde que Ana llegó a París con un cuchillo oculto y el alma rota. En ese tiempo, la ciudad ya no era su enemiga; era su reino. Bajo la tutela de Louis Dubon, Ana se había transformado en una mujer de una elegancia letal, una estratega que manejaba los hilos del imperio de su marido con la misma frialdad con la que él manejaba el plomo. Juntos eran invencibles, o eso creían.

Ese día, la Catedral de Notre Dame lucía imponente. Las puertas de roble se abrieron para recibir a la pareja más poderosa del bajo mundo europeo. Ana caminaba hacia el altar luciendo un vestido de encaje blanco que contrastaba con la oscuridad de su pasado. En su mano, un ramo de rosas rojas que parecían gotas de sangre fresca. Al final del pasillo la esperaba Louis, impecable en un esmoquin negro, con una mirada que solo se suavizaba cuando caía sobre ella.

Llegaron frente al sacerdote. La atmósfera estaba cargada de incienso y una paz que Ana nunca creyó merecer. Louis le tomó la mano, y por un segundo, ella se sintió solo una mujer enamorada, lejos de los negocios, de las armas y de los cadáveres que pavimentaron su camino.

El padre comenzó su discurso:

-...para amarse y respetarse, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe.

Louis sonrió, apretando la mano de Ana.

-Nada nos va a separar, mon amour -susurró él, rompiendo el protocolo del silencio.

Pero el destino tenía otros planes.

Desde lo alto de los triforios, oculto tras las sombras de las gárgolas de piedra, un cañón de precisión brilló por un milisegundo. Era Viktor, el último sobreviviente de un clan rival que Louis había exterminado años atrás. Viktor sabía que matar a Louis era difícil, pero sabía algo más doloroso: Louis daría la vida por la mujer que le había devuelto la humanidad.

El dedo apretó el gatillo. El estallido del rifle rompió la santidad de la catedral, un sonido seco que rebotó en las bóvedas góticas.

La bala iba directo al corazón de Ana. Ella ni siquiera tuvo tiempo de parpadear. Pero Louis, con ese instinto de depredador que lo había mantenido vivo décadas, lo vio antes. No gritó. No vaciló. En un movimiento que pareció durar una eternidad, Louis se lanzó frente a Ana, rodeándola con su cuerpo, usándose a sí mismo como un escudo de carne y hueso.

Impacto.

La bala de gran calibre atravesó la espalda de Louis, destrozando su pulmón y saliendo por su pecho. El vestido blanco de Ana se tiñó de un rojo carmesí instantáneo mientras ambos caían al suelo de mármol frío.

-¡LOUIS! -el grito de Ana desgarró el aire, un sonido tan agudo que pareció hacer vibrar los vitrales de la catedral.

La Desesperación de una Reina Caída

Ana se arrodilló, sosteniendo la cabeza de Louis en su regazo. El caos estalló a su alrededor; los guardaespaldas de la familia Dubon sacaron sus armas, el sacerdote huyó despavorido y los invitados se lanzaron al suelo. Pero para Ana, el mundo se había quedado en silencio.

-¡Ayuda! ¡Un médico! ¡Por favor, que alguien me ayude! -gritaba ella, sus lágrimas cayendo sobre el rostro de Louis, mezclándose con la sangre que él tosía.

Louis intentó hablar, pero solo un hilo de sangre corrió por la comisura de sus labios. Con una mano temblorosa, acarició la mejilla de Ana. Sus ojos, antes tan fríos, estaban llenos de una paz aterradora. Había logrado su última misión: mantenerla a salvo.

-Tú... eres... el trono... -logró susurrar Louis antes de que su mano cayera pesadamente sobre el mármol.

Ana se quedó paralizada. Su mirada cambió en un segundo del llanto desesperado a una expresión de odio tan puro que incluso sus hombres más cercanos retrocedieron. Miró hacia arriba, hacia las sombras de la catedral, con una mirada demoníaca que superaba la de la noche que mató a su padrastro.

-¡Maldigo mi vida! ¡Maldigo este mundo! -rugió Ana, golpeando el suelo con sus puños manchados de sangre-. ¿Por qué a él? ¡Me quitaron todo una vez y ahora me lo quitan otra vez! ¡No habrá piedad! ¡Juro por Dios y por el diablo que no quedará una raíz de sus familias sobre la tierra!

Frente al cuerpo de su esposo, en el mismo altar donde debió jurar amor eterno, Ana juró venganza. Un juramento sellado con la sangre del único hombre que la había tratado como a una reina.

Tres días después, París estaba bajo una lluvia gris y persistente. El velorio se llevó a cabo en la mansión de los Dubon. El ataúd de ébano estaba abierto, rodeado de miles de coronas de flores blancas. La crema y nata del crimen organizado de Europa estaba presente, guardando un silencio sepulcral.

Ana estaba de pie junto al ataúd, vestida con un traje de luto que la hacía parecer una sombra viviente. Durante horas permaneció inmóvil, como una estatua de mármol negro. Pero cuando llegó el momento de cerrar la caja, algo en ella finalmente explotó.

Se lanzó sobre el cuerpo de Louis, aferrándose a su pecho frío, rompiendo en un llanto tan profundo que parecía que sus pulmones iban a colapsar.

-¡NO! ¡NO TE LO LLEVES! -gritaba Ana, sacudiendo el cuerpo inerte de Louis como si pudiera despertarlo con su dolor-. ¡Vuelve conmigo! ¡Louis, no me dejes sola en esta oscuridad!

Sus gritos eran desgarradores, un sonido que sacudía el alma de todos los presentes. Era el lamento de una mujer que lo había perdido todo por segunda vez, pero esta vez, con el conocimiento y los medios para quemar el mundo entero. Sus manos, antes delicadas, ahora se cerraban en puños mientras se ponía de pie, apartándose del ataúd con una expresión de una frialdad absoluta.

Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, dejando un rastro de rímel negro sobre su piel pálida. Miró a los capitanes de la mafia que esperaban sus órdenes.

-Se acabó el llanto -dijo Ana, y su voz ya no temblaba. Era el sonido de una guillotina cayendo-. Louis murió para que yo viviera. Ahora, todos los que tuvieron algo que ver con esto, morirán para que yo pueda descansar. No quiero prisioneros. Quiero cenizas.

Esa noche, la Ana universitaria, la Ana prostituta y la Ana esposa murieron definitivamente. Lo que salió de esa mansión fue la Madrina, una mujer que ya no buscaba amor, sino justicia a través de la aniquilación total.

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