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LA VIDA DE ANA
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Capítulo 4 Capitulo 4

El departamento de Louis Dubon no era un hogar; era una fortaleza de cristal y mármol situada en lo alto de la Rive Droite, con una vista panorámica de un París que parecía arder bajo las luces nocturnas. El silencio allí arriba era absoluto, un contraste violento con el caos y los gritos que Ana había dejado atrás en el bar de Marta.

Tras limpiar la sangre del senador de su piel, Ana se encontró envuelta en una bata de seda negra que Louis le había proporcionado. Se sentía extraña. El peso del cuchillo ya no estaba en su espalda, pero la presencia de Louis, que la observaba desde el balcón con un vaso de cristal en la mano, era mucho más abrumadora que cualquier arma.

-El mundo cree que las mujeres como tú son víctimas, Ana -dijo Louis sin darse la vuelta, su voz resonando como un eco aterciopelado en la estancia-. Pero yo vi cómo saliste de esa habitación. No había miedo en tus pasos, solo la satisfacción del trabajo bien hecho.

Ana se acercó a él, sus pies descalzos hundiéndose en la alfombra persa. Se detuvo a pocos centímetros de su espalda, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo.

-Él creía que podía comprarme. Mi padrastro creía que era su dueño. Todos cometen el mismo error -respondió ella con una frialdad que ocultaba el fuego que empezaba a crecer en su interior.

Louis se giró lentamente. Sus ojos azules, gélidos y calculadores, recorrieron el rostro de Ana, deteniéndose en sus labios. No había rastro de la brutalidad de los hombres que ella había conocido antes; en Louis había algo mucho más peligroso: respeto.

Esa noche, el cansancio y la adrenalina se mezclaron en una tensión insoportable. No hubo palabras de amor, porque ninguno de los dos creía en ellas. Se dirigieron a la habitación principal, una estancia dominada por una cama inmensa que parecía un altar al pecado.

Al principio, solo se miraron. Ana se sentó en el borde del colchón, y Louis permaneció de pie frente a ella. El aire entre ambos estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de la nuca de Ana se erizara. Era una mirada de reconocimiento; dos demonios reconociéndose en medio de un mundo de mortales.

Louis rompió la distancia. Se sentó a su lado y, con una lentitud que torturaba los sentidos de Ana, comenzó a bajar su mano derecha por el costado de ella, hasta que sus dedos rozaron la pierna izquierda. El contacto fue suave, pero firme. Ana no retrocedió. A diferencia de las manos toscas de Erick o el manoseo asqueroso del político, la mano de Louis se sentía como una sentencia de la que ella no quería escapar.

Poco a poco, la mano de Louis subió por el muslo de Ana, desapareciendo bajo la seda de la bata hasta encontrar la calidez de su intimidad. Ana soltó un suspiro entrecortado, cerrando los ojos. Sintió algo completamente diferente: por primera vez en su vida, no se sentía violada, se sentía deseada. No era un objeto; era una compañera en un juego de sombras.

Louis, notando la respuesta de ella, se deslizó hacia abajo. Se arrodilló entre las piernas de Ana con una elegancia depredadora. Ella echó la cabeza hacia atrás, agarrando las sábanas con fuerza mientras sentía cómo Louis bajaba su cabeza hacia su vagina.

Cuando la lengua de Louis entró en contacto con ella, el mundo exterior desapareció. Fue un choque de sensaciones: la humedad, el calor y la destreza de un hombre que sabía exactamente cómo reclamar lo que quería. Ana sintió que su cuerpo, que antes odiaba por haber sido el escenario de tantas desgracias, renacía. Quería más y más, como si el mundo fuera a acabarse al amanecer, como si cada caricia de Louis fuera la tinta con la que escribiría su nueva historia.

-Louis... -gimió ella, arqueando la espalda, su voz perdiendo toda la dureza y convirtiéndose en una súplica de puro placer.

Él no se detuvo hasta que Ana estuvo al borde del abismo, vibrando bajo sus manos y su boca. Louis se levantó entonces, despojándose de lo que quedaba de su ropa. Su cuerpo era una colección de cicatrices y tatuajes que contaban historias de guerras ganadas y traiciones sobrevividas.

Sin previo aviso, pero con una pasión que quemaba, Louis se posicionó sobre ella y la penetró. Fue un movimiento fuerte, decidido, que llenó a Ana por completo. Ella soltó un grito que llenó la habitación, un grito que no era de dolor, sino de una pasión liberada después de años de encierro.

-Eres mía, Ana -le susurró Louis al oído, su aliento mezclándose con el de ella mientras se movía con un ritmo que amenazaba con romper la cordura de ambos-. Y en mi mundo, lo que es mío nadie lo toca.

El acto fue salvaje y tierno al mismo tiempo. Ana se aferraba a la espalda de Louis, clavando sus uñas en su piel, marcándolo como él la estaba marcando a ella. En cada embestida, Ana sentía que estaba dejando atrás a la estudiante universitaria, a la víctima de su padrastro, a la hija de una mujer cobarde. Cada vez que Louis la tomaba con esa fuerza arrolladora, ella se sentía más poderosa, más reina, más parte de la mafia que Louis lideraba.

Cuando finalmente el clímax los alcanzó, ambos quedaron exhaustos, entrelazados entre las sábanas de seda negra. El sudor brillaba en sus cuerpos bajo la luz de la luna parisina.

Ana apoyó la cabeza en el pecho de Louis, escuchando el latido constante y fuerte de su corazón. Él pasó un brazo alrededor de sus hombros, protegiéndola.

-¿Tienes miedo? -preguntó él en la oscuridad.

Ana levantó la vista. Sus ojos, antes demoníacos por el odio, ahora brillaban con una determinación nueva.

-Miedo es lo que sentía antes, Louis. Ahora solo siento que el mundo es demasiado pequeño para nosotros dos.

Louis sonrió, una sonrisa auténtica que pocos habían visto. Sabía que no se había equivocado al salvarla. Ana no era una mujer común; era la pieza que le faltaba a su imperio.

-Mañana empezaremos tu entrenamiento -dijo Louis mientras el sueño empezaba a reclamarlos-. El senador tenía amigos poderosos que vendrán a buscarte. Pero para cuando lleguen, ya no serás una fugitiva. Serás la mujer de Louis Dubon. Y a la mujer de Dubon, se le teme más que a la muerte misma.

Ana se durmió con esa promesa resonando en su mente. Por primera vez en años, no tuvo pesadillas con Erick. Soñó con tronos de acero, con el perfume de París y con el hombre que la había convertido, finalmente, en una mujer libre a través del poder y la pasión.

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