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Anillo roto, secretos de multimillonario: Mírame brillar
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Capítulo 5 5

A la mañana siguiente, Alhaja estaba afuera del juzgado. Yugo la acompañaba. Ella vestía un traje gris que había comprado en una tienda de segunda mano. Le quedaba un poco grande de los hombros, lo que la hacía ver más pequeña, más frágil. Perfecta para el papel que iba a interpretar.

-¿Lista? -preguntó Yugo.

-Vamos a entregarlo -dijo Alhaja.

Entraron, entregaron los papeles y salieron veinte minutos después. Fue de lo más simple.

-Café -dijo Yugo-. Café de verdad.

Se metieron a "The Grind", una cafetería elegante cerca de la zona legal. Estaba poco iluminada y tranquila, llena de abogados que cobraban cuatrocientos dólares la hora.

Alhaja se deslizó en un gabinete.

De pronto, se quedó helada.

Al otro lado del local, cerca de la ventana, estaba Cincel. Cebada lo acompañaba.

Cincel levantó la vista. Sus ojos se clavaron en los de ella.

Por un segundo, hubo sorpresa. Apenas la reconoció con el pelo corto y ese traje barato. Luego, la sorpresa se convirtió en desprecio.

Se puso de pie. No le importó estar en medio de una reunión. Caminó directo hacia ellos.

Yugo se movió, poniendo un brazo sobre la mesa, creando una barrera.

Cincel lo ignoró. Miró a Alhaja de arriba abajo.

-¿Ya terminaste de jugar a los disfraces? -preguntó Cincel. Su voz era fuerte-. Pareces empleada de limpieza.

-Soy una trabajadora -dijo Alhaja con calma-. Tengo una entrevista hoy.

Cebada apareció al lado de Cincel. Soltó una risita burlona.

-¿Una entrevista? ¿De qué? ¿Buscan baristas en el Starbucks?

-En Baluarte Global -dijo Alhaja.

Cincel soltó una carcajada. Fue un sonido cruel y ruidoso.

-¿Baluarte? ¿Crees que Baluarte te va a contratar? No tienes ninguna habilidad, Alhaja. No pudiste ni manejar al personal de la casa, mucho menos un trabajo corporativo. Eres una sirvienta de lujo.

La cafetería se quedó en silencio. La gente se volteó a ver. Una mujer en la mesa de al lado le susurró algo a su amiga.

Yugo se levantó con los puños cerrados.

-Mide tus palabras, Cincel.

Alhaja estiró la mano y tocó el brazo de Yugo.

-Siéntate, Yugo.

Ella se puso de pie. Se enfrentó a Cincel. Era quince centímetros más baja que él, pero no se hizo pequeña.

-Una sirvienta de lujo -repitió ella.

-Sí -dijo Cincel-. Sin mí, no eres nada.

Alhaja se acercó un paso. Extendió la mano. Cincel se estremeció, esperando... ¿qué? ¿Una bofetada? ¿Un abrazo?

Sus manos fueron al cuello de él. Le acomodó la corbata. Estaba chueca, el nudo todo mal hecho.

-Si solo soy una sirvienta -susurró ella, lo suficientemente fuerte para que Cebada oyera-, entonces el hombre que perdió a su sirvienta ni siquiera puede vestirse bien. Tu nudo Windsor es un desastre, Cincel. Te ves poco profesional.

Apretó el nudo, asfixiándolo un poco, y luego lo alisó.

La cara de Cincel se puso roja. Se llevó la mano a la corbata para revisarla. Estaba chueca, efectivamente.

Alguien al fondo de la cafetería soltó una risita.

-Los papeles ya se entregaron -dijo Alhaja-. Dile a tu abogado que llame al mío.

Tomó su bolso y se dio la vuelta para irse.

Cincel la agarró de la muñeca. Su agarre era fuerte, de esos que dejan moretón.

-No me das la espalda cuando te estoy hablando -siseó él.

Alhaja no lo pensó. El instinto tomó el control: la memoria muscular de las clases de Krav Maga que tomaba en secreto los martes por la noche.

Giró su muñeca contra el pulgar de él -el punto débil- y simultáneamente dejó caer su codo sobre el antebrazo de Cincel.

Cincel soltó un quejido. Su mano se abrió de golpe.

Alhaja dio un paso atrás. Sus ojos estaban fríos, peligrosos.

-No me vuelvas a tocar -dijo ella. Su voz no era fuerte, pero tenía el peso de una amenaza real.

Agarró la manga de Yugo y salieron de ahí.

Cebada se quedó mirando a Cincel.

-¿A poco te acaba de aplicar una llave?

Cincel se sobó la muñeca. Le latía del dolor. Miró a su alrededor. Todos lo estaban observando.

-No seas estúpido -espetó Cincel, aunque su corazón iba a mil-. Solo tuvo suerte. Manoteó a lo loco.

-Va para lo de Baluarte -le recordó Cebada.

Cincel entrecerró los ojos.

-Llama a Recursos Humanos de Baluarte. Diles que si la contratan, el Grupo Cincel se retira de las negociaciones de la alianza. Ponla en la lista negra.

-Pero... eso es represalia ilegal -murmuró Cebada.

-Hazlo -ordenó Cincel-. Quiero que venga gateando.

En el auto, Yugo iba sonriendo de oreja a oreja.

-Eso fue hermoso -dijo-. La cara que puso cuando le torciste la muñeca... no tuvo precio.

Alhaja miraba por la ventana. Se sobó el lugar donde Cincel la había sujetado.

-Me llamó sirvienta -dijo ella suavemente.

-Es un idiota -dijo Yugo.

-Tiene razón -dijo Alhaja-. Eso era lo único que yo era para él. Pero ya no más.

Su celular sonó.

-¿Bueno? Habla Alhaja Rastro.

-¿Señorita Rastro? Hablamos de Recursos Humanos de Baluarte Global. Nos gustaría verla para una segunda entrevista esta tarde.

Alhaja sonrió. Fue la sonrisa de un tiburón.

-Ahí estaré.

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