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Psicópata suicida
img img Psicópata suicida img Capítulo 2 El banquete y la llama de Krisstyn
2 Capítulo
Capítulo 6 El altar de barro y la luna de hiel img
Capítulo 7 El eco de las sombras y el hilo de Cantalicia img
Capítulo 8 El banquete del verdugo img
Capítulo 9 Humo, fantasmas, y el código del verduy img
Capítulo 10 Oro, Sangre y humo img
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Capítulo 2 El banquete y la llama de Krisstyn

La mañana después de la Noche Negra amaneció en Oblivar con una quietud espectral. El rocío cubría el pueblo como un sudario. Elías Kross caminó por la calle principal con una sensación de ligereza. La resaca química era un precio insignificante por la orden que sentía haber restaurado en su pequeño universo.

Entró en el patio trasero antes de que sus padres se despertaran. Sus tres perros -Diabal, el más grande y arisco; Negro, el leal e inquieto; y Faraón, el más joven y hambriento- lo recibieron con ladridos apagados.

Elías se dirigió al cobertizo donde había dejado los restos envueltos de Vanesa, Sofía y Brenda. El proceso era metódico, casi ritual. La mente bajo el efecto residual de la droga era práctica y desapasionada. Sacó el cuchillo y el hacha que había usado.

No sentía repulsión, solo la lógica de la anulación total. Los animales de niño, los cuerpos de adulto. Era la misma ecuación: la vida anulada para ser reintegrada en el ciclo.

Cortó, trituró y mezcló los restos. Luego, con la misma calma que usaba para limpiar su bicicleta, los mezcló con el pienso rancio de los perros.

-Coman -ordenó Elías, y los tres perros se abalanzaron sobre su alimento.

La escena era macabra, pero en la mente de Elías era la limpieza perfecta. No había rastros, no había cuerpos que encontrar. Había transformado la amenaza en sustento. Era el fin último y más absoluto. Al terminar, quemó la ropa ensangrentada y limpió el cobertizo con lejía. Elías Kross no dejaba cabos sueltos.

Esa tarde, Elías se encontró con Kristtyn. Ella estaba sentada en un banco cerca del río, observando el agua turbia, con el sol de la tarde filtrándose a través de su cabello claro.

-Pensé que no vendrías -dijo ella, con una sonrisa triste.

-Siempre vengo -respondió Elías, sentándose a su lado.

Hablaron. Era la única persona con la que Elías podía hablar sin sentir el peso de tener que fingir. Kristtyn lo miró a los ojos, no a través de ellos.

-Me gustas, Elías -dijo ella, con una franqueza que le hacía temblar.

-Tú también me gustas, Kristtyn -confesó él. No era una frase que dijera fácilmente.

-Entonces, ¿por qué tardamos tanto? Dame una oportunidad, Elías. Deja que te vea.

Elías se sintió acorralado por su luz. Ella era todo lo que él no era.

-Estoy roto, Kristtyn. No estoy... completo.

Ella le tomó la mano, sintiendo la cicatriz de una quemadura antigua en sus nudillos.

-Todos estamos rotos, Elías. Yo también. -Kristtyn bajó la mirada, su voz se volvió un susurro-. A veces... aún siento las manos en mí. El trauma de mi infancia. El miedo. Pero si estamos rotos juntos, tal vez no seamos tan frágiles.

Kristtyn cargaba con un trauma de infancia que a veces la paralizaba, una sombra que aún definía sus noches. Elías, por su parte, cargaba con la pérdida de Darío, el único que había entendido su "música". La muerte de su amigo era un vacío que solo la droga podía llenar.

-Seremos novios -dijo Elías, su voz firme. El miedo se mezcló con una posesividad dulce y peligrosa-. Pero debes saber que a veces... necesito irme. Necesito estar solo.

Ella asintió, pensando que se refería a su aislamiento natural. Él, en cambio, se refería a la pipa de vidrio y el humo que lo transportaba lejos de la culpa y la realidad.

Se besaron por primera vez, un beso lento, cargado de toda la desesperanza de Oblivar y la pequeña llama de esperanza que ella representaba.

A partir de ese día, se encontraron todos los días. Sus citas eran el escape de ambos: caminaban por el bosque, hablaban de futuros imposibles y, sobre todo, se sentían seguros en la burbuja que habían creado. Elías disfrutaba de la paz que ella le daba. Pero tan pronto como regresaba a su casa, la ansiedad por la droga regresaba, un demonio que alimentaba su necesidad de control y su huida de la memoria de Darío.

La calma era una ilusión endeble en Oblivar. Elías sabía que el pueblo, aunque pequeño y disfuncional, hablaba. Y el objeto de sus habladurías era inevitablemente Kristtyn, la chica demasiado bonita, demasiado soñadora para un lugar tan sucio.

Una mañana, Elías se dirigía a la panadería cuando escuchó las voces. Eran las dos vecinas chismosas de su calle: la señora Rosa, con sus ojos de lince, y Doña Inés, la que se sabía la vida de todos. Estaban en la valla, con el tono bajo y venenoso que solo el chisme de pueblo puede tener.

-...pobrecita la madre, tener que cargar con eso -decía Rosa.

-Sí, y ahora anda con el hijo de Mateo, el de la mirada rara -replicó Inés-. No es buena compañía. Y ya sabes cómo es ella. Es demasiado fácil.

La palabra "fácil" cortó el aire. Elías se detuvo en seco. La sangre hirvió, pero no era ira caliente, sino la fría furia del que ve su posesión mancillada. Ellas estaban poniendo su suciedad verbal en su Kristtyn.

Elías no enfrentó a las mujeres. Simplemente se dio la vuelta y se dirigió a su casa. El control. La limpieza.

Se encerró en su habitación. Sacó el cristal. La droga era el arquitecto de su mente. Inhaló profundamente. El mundo se silenció. El vacío de Darío se llenó con la determinación. Se sentó en la oscuridad de su cuarto y empezó a idealizar su macabro plan.

Las vecinas y sus maridos. Cuatro vidas que manchaban la imagen de su luz. Cuatro almas que debían ser anuladas.

Descubrió su rutina con facilidad. Rosa e Inés eran conocidas por reunirse en una vieja casa abandonada a las afueras del pueblo. No era un lugar de chismes, sino de encuentros clandestinos con sus respectivos amantes. Una casa silenciosa y olvidada, perfecta para el secreto.

Elías sonrió. Era un regalo.

Pasada la medianoche, Oblivar era un pozo de silencio. Elías se deslizó fuera de su casa. Llevaba ropa oscura, guantes, y en su mochila, un revólver de calibre bajo robado a un traficante de paso, y la herramienta que se había vuelto indispensable: un molino de carne manual, pesado y robusto, que había comprado hace meses en secreto.

Llegó a la casa abandonada. El patio trasero estaba cubierto de maleza, lo que le dio una cobertura perfecta. La casa no tenía seguridad; solo una cerradura oxidada que Elías abrió con una ganzúa improvisada.

El olor a polvo y encierro era abrumador. Elías se movió con la precisión de un fantasma. Los sonidos eran débiles, pero claros: jadeos, murmullos. Estaban en una de las habitaciones traseras, absortos en su faena sexual.

Abrió la puerta de golpe.

La escena fue un caos instantáneo de cuerpos desnudos y sobresaltados. Cuatro caras, deformadas por el terror y la vergüenza. Elías los miró. No había emoción.

-Ustedes no deben ensuciar lo que es puro -dijo Elías, levantando el revólver. Su voz era plana y monótona.

BANG. BANG. BANG. BANG.

Cuatro disparos rápidos. Rosa y su amante cayeron primero, sin tiempo para entender. Inés y el suyo intentaron gritar, pero el pánico los ahogó. Elías fue preciso, profesional. Cuatro vidas anuladas.

El silencio que siguió fue más opresivo que los gritos. Elías se acercó.

Lo que vino después fue la extensión de su ritual de limpieza. Los desnudó, y luego, usando su conocimiento de anatomía y su macabra herramienta, comenzó el trabajo. El molino manual para carne, girando lentamente, era el único sonido en la casa.

Las cuatro vidas se convirtieron en un material informe. Elías trabajó durante dos horas, asegurándose de que el resultado fuera irreconocible. Lo empacó cuidadosamente.

De vuelta en su casa, bajo las primeras luces grises del amanecer, Elías alimentó a sus tres perros: Diabal, Negro y Faraón. Era su recompensa. Era su secreto compartido.

-Aquí tienen -susurró, observando cómo los perros devoraban el banquete. El ciclo había completado otra vuelta.

Esa mañana, el sol se alzó sobre Oblivar, pero la ausencia era palpable. Rosa, Inés y sus dos compañeros de cama no aparecieron. Sus maridos, al no encontrarlas, empezaron a preguntar.

Pero había algo más siniestro en el aire.

La noche anterior, la de los cuatro disparos secos y rápidos, no había sido silenciosa.

En varias casas del pueblo, la gente se había sobresaltado.

"¿Escuchaste eso?"

"Sí, sonó como un coche que regresaba, no te preocupes."

Escucharon los disparos, pero nadie salió. Era la regla no escrita de Oblivar: lo que pasaba en la oscuridad se quedaba en la oscuridad. El miedo era un muro más fuerte que cualquier ley. La gente sabía que esa vieja casa era para "asuntos", y sabían que los asuntos, a veces, eran sangrientos. Les importaba menos la moralidad que su propia supervivencia.

Sin embargo, a media mañana, los vecinos llamaron a la policía del pueblo más cercano. No porque se preocuparan por las desaparecidas, sino porque era lo que "debían" hacer. Elías los observó desde su ventana, las expresiones falsas de pánico en sus rostros.

-¡Es horrible! ¡Desaparecieron cuatro personas! -gritaba un hombre a un policía que llegaba en un coche destartalado.

-No sé nada, solo escuché un ruido extraño anoche, pero pensé que era el viento -mentía una mujer con ojos culpables.

Elías sonrió. No había rastro. No había cadáveres. Pero lo más inquietante era la reacción del pueblo.

La policía era lenta, incompetente. Pero la pregunta resonaba en la mente de Elías mientras veía a los investigadores deambular.

¿Acaso algunos eran cómplices de Elías?

No lo sabían. Pero el miedo de Oblivar y la costumbre de mirar a otro lado eran los verdaderos cómplices. El silencio del pueblo era el que permitía a Elías operar. El miedo era su escudo.

Esa tarde, Elías se encontró con Kristtyn. Ella lo abrazó con una urgencia que lo sorprendió.

-¿Estás bien? Se rumorea algo horrible en el pueblo.

-Estoy bien, Kristtyn. No te preocupes por el ruido de Oblivar -respondió Elías. La abrazó fuerte, sintiendo el calor de su cuerpo. Era su razón. Su motivo para el orden.

La droga era el escudo, la violencia era la herramienta, pero Kristtyn era el propósito. Y para mantenerla a salvo y pura, Elías estaba dispuesto a anular a cualquiera que manchara su luz.

Elías ha eliminado siete personas y el pueblo está en un estado de terror silencioso.

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