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Tres Años, Una Gran Mentira
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Capítulo 3

Damián se alejó del hospital, pero no fue directamente a casa. Se encontró en el Periférico, en dirección norte, en la dirección opuesta a su departamento. No sabía por qué. Solo conducía, las luces de la ciudad pasando borrosas, su mente extrañamente en blanco.

El silencio en el coche era pesado. Valeria siempre era la que llenaba el silencio, parloteando sobre su día en el hospital, algo gracioso que dijo un paciente, o una nueva receta que quería probar. Él usualmente solo gruñía en respuesta, escuchando a medias mientras su mente estaba en el trabajo o en Brenda. Ahora, la ausencia de su voz era una presencia física.

Finalmente salió del Periférico y dio la vuelta, una sensación desconocida de pavor instalándose en su estómago mientras entraba en su garaje. Salió del coche, medio esperando, medio deseando ver el coche de ella de vuelta en su lugar. No estaba.

Entró en la casa. El pollo rostizado frío todavía estaba en la barra, ahora cubierto con plástico. Un solo plato estaba puesto en la mesa. Su plato.

Una ola de irritación lo invadió. Esto era tan dramático. Estaba tratando de demostrar algo, de hacerlo sentir mal. Estaba funcionando, y eso lo irritaba aún más.

Vio a la señora de la limpieza, María, terminando en la cocina.

-Buenas noches, Dr. Patterson -dijo ella, sus ojos llenos de una compasión que él no quería.

-María. ¿Ha... ha vuelto la señorita Vázquez? -preguntó, tratando de sonar casual.

-No, Doctor. Se fue anoche. Se llevó una maleta pequeña. -La mirada de María era de complicidad. Llevaba años con ellos. Lo había visto todo.

-Claro -dijo él, dándose la vuelta-. Bueno, ya terminó por hoy. Yo cierro.

Después de que ella se fue, el silencio descendió de nuevo, más denso esta vez. Caminó por las habitaciones. Todo estaba ordenado, limpio, exactamente como Valeria siempre lo mantenía. Pero se sentía estéril, vacío. Como una habitación de hotel.

No podía soportarlo. Agarró sus llaves y se dirigió a El Depósito.

Leo ya estaba en la barra, con una cerveza esperándolo.

-¡Ahí está! ¡El recién soltero! -Leo le dio una palmada en la espalda-. ¡Por la libertad!

Damián le dio un largo trago a su cerveza, el líquido frío haciendo poco para adormecer el nudo en su estómago.

-¿Así que de verdad se fue? -preguntó Leo, su tono más serio ahora.

-Parece que sí -dijo Damián, encogiéndose de hombros-. Finalmente entendió el mensaje.

-¿Qué mensaje? ¿Que la has estado engañando por tres años? -Leo lo dijo con una risa cínica, pero las palabras quedaron flotando en el aire.

-No fue así -espetó Damián, más a la defensiva de lo que pretendía.

-Claro que no -dijo Leo, levantando las manos en señal de rendición-. Mira, me alegro por ti, amigo. Finalmente terminaste con la farsa. Brenda está mejor, puedes estar con ella. Es lo que siempre quisiste, ¿no?

-Sí -dijo Damián, forzando la palabra.

-Digo, Valeria era buena onda y todo -continuó Leo, ajeno al humor de Damián-. Un poco demasiado buena, ¿sabes? Como de esas esposas perfectas de película. Siempre cocinando, siempre limpiando, siempre preguntando por tu día. Debe haber sido agotador.

Damián se estremeció. Nunca lo había pensado de esa manera. Simplemente... era lo que Valeria hacía.

-Me envió los papeles del divorcio -dijo Damián, cambiando de tema. Había recibido el correo de su abogado esa tarde. Se había sentido surrealista.

-¿Divorcio? No estaban casados -dijo Leo, confundido.

-Es simbólico, supongo -murmuró Damián-. Su forma de dejar clara su postura.

-Bueno, bien -dijo Leo, haciéndole una seña al cantinero para otra ronda-. Fírmalos, envíalos de vuelta, y se acabó. Borrón y cuenta nueva. Ahora puedes concentrarte en Brenda. Ella es a la que amas, ¿verdad?

-Por supuesto -dijo Damián, su voz plana. Se lo repitió a sí mismo, un mantra que había estado cantando durante años. Amo a Brenda. Estoy haciendo esto por Brenda.

Pero por primera vez, una pizca de duda se coló. Pensó en el rostro de Valeria anoche, la forma en que la luz se había drenado de sus ojos cuando le dijo la verdad. Pensó en su fuerza silenciosa, su lealtad inquebrantable, la forma en que le había sostenido la mano durante horas después de la muerte de su propio padre, sin decir una palabra, solo estando ahí.

-¿Estás bien, amigo? -preguntó Leo, dándole un codazo-. Pareces estar en otro mundo.

-Solo estoy cansado -dijo Damián, terminando su segunda cerveza-. Día largo.

Bebieron durante horas, Leo hablando del trabajo, de mujeres, de deportes, todas las tonterías de siempre. Damián solo asentía, su mente repasando las últimas 24 horas. Su rostro. La carta. La casa vacía.

Cuando Leo finalmente le dio una palmada en el hombro para irse, era mucho después de la medianoche.

-En serio, amigo, felicidades. Eres libre. No lo arruines.

Damián condujo a casa, el alcohol haciendo que su cabeza diera vueltas. Entró tropezando en la casa oscura, el silencio gritándole. Sacó su teléfono, su pulgar flotando sobre el contacto de Valeria. Quería llamar. Para gritarle por ser tan dramática. Para preguntarle dónde estaba. Para escuchar su voz.

Se detuvo. No. Esto era lo que quería. Borrón y cuenta nueva.

Entró en la habitación y se dejó caer en la cama, completamente vestido. Se giró de lado, mirando el espacio vacío junto a él. Un aroma débil y dulce flotaba en el aire. Su champú. Vainilla y algo floral.

Un dolor extraño y agudo atravesó la neblina alcohólica. Ya no era solo irritación. Se sentía como una pérdida. Apretó los ojos, tratando de alejar el sentimiento.

Ella volvería. Tenía que volver.

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