Ajusto la iluminación. Finn se para detrás de mí. Tan cerca que siento su calor. Y era calor real - no metáfora. Finn irradiaba temperatura como una estufa. Podía sentirlo a medio metro de distancia.
-Michael -dice, señalando un holograma-. Tenía una risa que llenaba toda la estación. A veces me quedo tan quieto que juro que todavía puedo oírla.
Su voz se quiebra. Veo sus puños cerrarse, las cicatrices en sus nudillos blanqueándose.
Y hago algo increíblemente estúpido.
Extiendo mi mano y la poso sobre su puño cerrado.
Ambos nos sobresaltamos.
Su piel caliente. Marcada por quemaduras. La mía fría. Siempre fría. Pero donde nos tocamos, arde. Mi omega - la dormida, la que anoche ronroneó por primera vez en meses con Kai - se estremeció. Diferente a lo de anoche. Esto no era electricidad ni tensión ni juego. Esto era calor encontrando frío. Algo más básico. Más antiguo.
-Elara... -Susurro roto.
-Lo siento. Por tu pérdida. Por tus amigos. Por todo lo que cargaste solo.
-No tienes que...
-Lo sé. Pero quiero.
Sus dedos se relajaron bajo los míos. Lentamente. Como flor abriéndose. Su mano se giró envolviendo la mía.
Simple. Devastador.
Cada cicatriz en su palma. Cada quemadura. Cada momento en que arriesgó todo para salvar a alguien. Y su calor subiendo por mi muñeca, por mi brazo, llegándome al pecho donde mi omega absorbía cada grado como alguien que lleva años pasando frío.
-Gracias -susurró-. Por esto. Por verlos como eran. Por estar aquí.
Conté los segundos porque era lo único que me mantenía anclada. Retiré mi mano primero. Tuve que hacerlo.
Porque si me quedaba, iba a hacer algo peor. Como quedarme para siempre.
-Los hologramas están listos -dije. Voz ronca.
-Elara.
Me giré en la puerta. Sus ojos húmedos. No lloraba. Pero casi.
-Si alguna vez necesitas a alguien que solo escuche... -Tragó-. Estoy aquí. A cualquier hora. Siempre.
Asentí. No confié en mi voz.
Finn O'Connell no era como los otros tres. Kai me acechaba. Leo me desarmaba. Rhys me interrogaba. Finn simplemente estaba ahí. Caliente. Abierto. Esperando.
Y mi omega, debajo de todo, quería acurrucarse contra ese calor y no moverse nunca.
________________________________________
Esa noche. El Gato Negro.
Jax Mercer me esperaba en la mesa del fondo. Espalda contra la pared. Ojos escaneando cada sombra como si esperara que alguna atacara.
-Nuevas identidades -dijo, deslizando un disco cifrado por la mesa pegajosa.
Nuestros dedos se rozaron al tomarlo. Rápido. Áspero. Intencionado.
Sonrió. Expresión que no llegaba a sus ojos del color del hielo sucio.
-Te gusta vivir peligrosamente, ¿eh, pequeña Beta?
-No soy quien contrata mercenarios en bares clandestinos.
-No, tú eres quien crea las identidades para esos mercenarios. -Se inclinó, olfateando el aire entre nosotros-. Mucho más peligroso.
-Solo hago mi trabajo.
-Hueles raro.
Mi sangre congelándose. -¿Qué?
-Como Beta. Te mueves como Beta. Pero a veces... -Ojos entrecerrándose-. A veces hay un destello debajo. Como oro bajo pintura barata.
Mi omega se encogió. Esconderse. Más profundo. Que no la huela. Que no la encuentre.
-Es el perfume.
-Claro. Perfume. -Su pie encontrando el mío bajo la mesa. Presionando-. Sabes, todos mis clientes tienen secretos. Pero tú tienes un arsenal completo enterrado ahí dentro. Y un día, preciosa, voy a desenterrarlo todo. Cada. Maldito. Secreto.
No aparté el pie. Paralizada. Mi omega paralizada. Pero no de miedo - de algo peor. De la certeza de que este hombre era el más peligroso de los siete y que lo peligroso no la asustaba tanto como debería.
-Y cuando lo haga -continuó, sonrisa peligrosa-, vas a tener que decidir si me matas o me besas. Personalmente espero lo segundo. Pero estaré preparado para ambos.
-Estás loco.
-Estoy interesado. Hay una diferencia. -Se reclinó-. Ahora lárgate antes de que decida seguirte a casa solo para ver dónde vive una mujer que no existe.
Me fui. Sus ojos me siguieron hasta la puerta. Los sentí en mi espalda como mira de francotirador.
Jax Mercer era todo lo que debía evitar. Violento. Impredecible. Sin reglas.
Y mi omega - la que se encogía de miedo con los demás - se había quedado quieta con él. No calmada. Quieta. Como un animal que reconoce a otro animal y decide no huir.
________________________________________
Estudio de Cole Vance.
Las paredes cubiertas de pinturas. Todas eran yo. Pero no yo. Formas que sugerían mis curvas. Colores que evocaban mi piel. Sombras que susurraban mi nombre.
Perturbador. Hermoso. Obsesivo.
-Hoy es textura -anunció Cole, pincel entre los dientes-. Cierra los ojos.
-Cole...
-Confía en mí.
-Esa es una petición peligrosa.
-Lo sé. Por eso es interesante.
Cerré los ojos.
El pincel tocó mi clavícula. Las cerdas trazando una línea desde mi hombro hasta el esternón. Frío que se convertía en calor. Sentí su intención a través de las cerdas como corriente eléctrica.
-¿Sientes? -Voz cerca de mi oído-. La pintura lucha contra el lienzo. Pero sobre la piel es rendición absoluta.
El pincel descendió por mi brazo. Cada cerda dejando un rastro que mi omega seguía desde adentro. Con Kai había habido electricidad. Con Leo, liberación. Con Finn, calor. Con Jax, peligro. Con Cole era otra cosa. Era ser vista. No con los ojos que evaluaban o diagnosticaban o interrogaban. Con los ojos que componían.
-Estás temblando.
-Tengo frío.
-Mentirosa. El miedo y el deseo tienen el mismo temblor. La única diferencia es a qué le pones nombre.
Abrí los ojos. Los suyos, color óxido húmedo, me estudiaban como se estudia una obra que todavía no está terminada.
-¿Cómo le pones nombre tú? -pregunté.
-Inspiración. Obsesión. Necesidad. -El pincel rozó mi muñeca-. He pintado cien versiones de ti. Ninguna es correcta. Porque ninguna captura esto.
-¿Esto?
-El momento justo antes de que te rompas. Estás en ese filo ahora mismo.
Mi respiración cortándose. Mi omega temblando. No de miedo. De la sensación de ser leída por alguien que no usaba palabras ni datos ni leyes. Que leía en colores.
-Para -susurré.
-¿Por qué?
-Porque si no paras, voy a pedirte que sigas.
-Los mejores errores son los que cometemos con los ojos abiertos, musa. -Retrocedió-. Volverás. Porque ahora que sabes cómo se siente, vas a querer más.
Salí antes de demostrarle que tenía razón.
Cole Vance no tocaba como los demás. No medía distancia ni diagnosticaba ni interrogaba ni calentaba ni amenazaba. Cole pintaba. Y ser pintada por él era más íntimo que cualquier toque de piel.
________________________________________
Mi apartamento. Domingo.
Zane Thorne en mi umbral. Como cada domingo.
-Tu sistema tiene una falla. Ventana del baño. Sensor desalineado.
-¿Por qué vienes cada semana?
-Porque no eres simple. Probablemente no eres Beta. -Un paso adelante-. Y porque hueles a miedo y secretos.
-¿Y?
-Y porque cuando estoy aquí, el ruido en mi cabeza se detiene.
-¿Qué ruido?
-Voces. Explosiones. Gritos que nunca se apagaron. -Sus ojos recorriendo mi rostro-. Tú eres silencio.
Di un paso hacia él. Mi omega hizo algo que no había hecho con ninguno de los otros: se aquietó. No se agitó, no se encogió, no tembló. Se aquietó. Como si Zane fuera el único lugar del mundo donde ella podía dejar de estar alerta.
-¿Alguna vez para completamente? -pregunté.
-Nunca. Excepto aquí. Contigo.
Nos quedamos así. De pie. En mi umbral. Sin tocarnos. Sin necesitarlo. La distancia entre nosotros no era vacío - era conexión. El tipo que no necesita contacto para existir.
Dos minutos. Después retrocedió.
-Falla reparada. Hasta la próxima semana.
Se fue. Y yo me quedé en el umbral con la certeza de que Zane Thorne era el más peligroso de todos.
Porque los demás me hacían querer más.
Zane me hacía querer quedarme.
________________________________________
Medianoche.
Me quité la camisa frente al espejo.
Las siete líneas en mi espalda brillaban en la oscuridad. Suaves. Como las primeras estrellas cuando cae la noche.
Siete líneas. Siete hombres. Siete formas diferentes de derribar lo que llevo tres años construyendo.
Mi omega - la presencia sin nombre que se había agitado con Kai, acurrucado con Finn, escondido con Jax, temblado con Cole y aquietado con Zane - ronroneó en la oscuridad. Despertando un poco más con cada encuentro. Después de tres años de silencio, ahora era murmullo.
Pronto sería voz.
Y cuando lo fuera, iba a pedirme algo que no podía darle.
Más.
Afuera, siete hombres regresaban a sus vidas creyendo cada uno que era el único que sentía este tirón.
Y yo contaba los segundos hasta que todo se desmoronara.
Porque cuando pasara - y iba a pasar - no iba a ser una ola.
Iba a ser un tsunami.
Y yo nunca aprendí a nadar.