Género Ranking
Instalar APP HOT
Una omega para siete alfas
img img Una omega para siete alfas img Capítulo 4 EL MÉDICO
4 Capítulo
Capítulo 6 EL ESTRATEGA img
Capítulo 7 EL BOMBERO img
Capítulo 8 LA PRIMERA FISURA img
Capítulo 9 EL ABOGADO img
Capítulo 10 EL ARTISTA img
Capítulo 11 EL CAZADOR img
Capítulo 12 PRIMERA SANGRE img
Capítulo 13 JAULA img
Capítulo 14 TODOS O NINGUNO img
Capítulo 15 VÍNCULO img
Capítulo 16 ENTRE LA TORMENTA img
Capítulo 17 INFILTRACIÓN img
Capítulo 18 TOKIO EN 48 HORAS img
Capítulo 19 TOKIO NOCTURNO img
Capítulo 20 NEGOCIACIÓN img
Capítulo 21 ESCAPE IMPOSIBLE img
Capítulo 22 PERSECUCIÓN img
Capítulo 23 REFUGIO img
Capítulo 24 RECUPERACIÓN img
Capítulo 25 FANTASMA DEL PASADO img
Capítulo 26 VERDADES img
Capítulo 27 ENTRENAMIENTO img
Capítulo 28 PRIMERA ELECCIÓN img
Capítulo 29 PELIGRO CONTROLADO img
Capítulo 30 CONTROL PERDIDO img
Capítulo 31 CLÁUSULAS ROTAS img
Capítulo 32 SANADOR img
Capítulo 33 CICATRICES img
Capítulo 34 PROCESANDO img
Capítulo 35 DÍA DIECIOCHO img
Capítulo 36 PARTIDA img
Capítulo 37 INFILTRACIÓN img
Capítulo 38 TRAMPA img
Capítulo 39 SALVACIÓN DESESPERADA img
Capítulo 40 EL REGRESO img
img
  /  1
img

Capítulo 4 EL MÉDICO

POV: Elara

Dos días después del colapso, me paré frente al edificio del Distrito de las Artes.

Las escaleras crujieron bajo mis pies. Toqué dos veces.

Leo estaba del otro lado. Solo él.

-Puntual. Bien. Entra.

El estudio era enorme. Techos altos, ventanas enormes. Y en una esquina, Leo había montado una mini-clínica. Mesa de examen. Monitores. Cajas de suministros.

-¿Dónde están los otros?

-Les pedí que no vinieran. Solo yo. -Me guió hacia su sección-. Necesito entender qué pasa en tu cuerpo. Y para eso necesitas estar tranquila. Los siete aquí sería contraproducente.

Tenía razón. Solo estar con él hacía que mi pulso se acelerara. Mi omega - la que llevaba dos días más despierta que en tres años - se orientó hacia Leo como brújula que encuentra norte. Reconociéndolo. Queriéndolo cerca.

-Siéntate.

Me senté en el borde de la mesa. El papel crujió.

-Primero, líneas basales. Todo antes de cualquier contacto.

Tensiómetro en mi brazo. Termómetro en mi frente. Leo anotando con la eficiencia de quien ha hecho esto miles de veces. Pero sus ojos volvían a mí entre cada número. No como médico. Como hombre que intenta no mirar y no puede evitarlo.

-Elevada -dijo-. Todo un poco elevado. Pero considerando lo del martes, es esperado.

-Estoy nerviosa.

-Lo sé. Es normal. -Pausa-. Ahora necesito examinar las líneas de tu espalda. ¿Puedo?

Mi omega se tensó. La espalda significaba las líneas. Las líneas significaban la verdad visible de lo que era.

Asentí. Me giré. Levanté la camisa hasta los omóplatos.

-Siete líneas principales -dijo. Voz profesional con tensión debajo-. Irradiando desde la columna vertebral. ¿Puedo tocar? Solo para verificar textura.

-Sí.

Su dedo índice rozó la primera línea. Apenas contacto.

Un escalofrío recorrió mi columna. Mi omega gimió dentro de mi pecho - no de dolor. De reconocimiento.

-Reacción inmediata -dijo Leo mirando el monitor-. Tu cuerpo responde al contacto con las líneas de una forma que no he visto en ningún texto médico.

Tocó la segunda. Luego la tercera. Con cada toque, mi respiración más superficial. Mi omega más despierta. Para cuando llegó a la séptima, estaba temblando.

-Para -susurré.

Se detuvo. Paso atrás. Guantes fuera.

-¿Dolor?

-No. Demasiado intenso.

-Entiendo. -Anotando-. Cada línea parece corresponder a uno de nosotros. Cuando toco, tu cuerpo reacciona como si estuviera reconociendo compatibilidad.

Me bajé la camisa. Me giré.

-¿Qué significa?

-Que es real. Biológico. Tu cuerpo está programado para vincular con siete Alfas específicos.

-¿Tú también lo sientes?

Asintió. La honestidad costándole algo visible.

-Cuando te toqué, sentí una descarga. Reconocimiento. No a nivel mental. A nivel celular. -Dejó los guantes-. Quiero probar algo. Con tu permiso.

-¿Qué?

-Contacto piel con piel. Sin barreras. Mi mano en la tuya. Treinta segundos.

Mi corazón se disparó. Mi omega empujó hacia adelante - queriendo, necesitando.

-¿Es necesario?

-Necesario para entender el rango completo de la respuesta vincular. -Me miró-. Pero solo si aceptas. Puedo detenerme en cualquier momento.

Miré su mano. Grande. Con cicatrices. Luego la mía. Temblando.

-¿Solo treinta segundos?

-Solo treinta. Lo prometo.

Respiré. Extendí mi mano. Palma arriba.

Leo extendió la suya. Se detuvo a centímetros.

-Última oportunidad para negarte.

-Hazlo.

Nuestras palmas se encontraron.

El mundo explotó.

No calor. Incendio. Cada terminación nerviosa encendiéndose. El calor trepando por mi brazo, fluyendo por mi pecho, instalándose como brasa en mi abdomen.

Jadeé.

Mi omega rugió. No el ronroneo tímido de los últimos días. Un rugido de algo que despierta después de años de hibernación forzada y encuentra exactamente lo que necesitaba. Las manos de Leo. La piel de Leo. El calor de Leo entrando en mi cuerpo como medicina que no sabía que necesitaba.

-Esto es muy significativo -dijo Leo. Voz tensa. Profesional resquebrajándose.

Empezó a contar. Los dos sabíamos que treinta segundos era el límite.

Su pulgar se movió. Acariciando el dorso de mi mano. Tan pequeño. Tan devastador. No era parte del protocolo. Los dos lo sabíamos. Ninguno se detuvo.

Mi respiración acompasándose con la suya. Mi omega sincronizándose con algo dentro de Leo - su lobo, el que todavía no tenía nombre, respondiendo al mío con un ronroneo que sentí a través de la piel.

Abrí los ojos. Leo me miraba. En sus ojos vi lo que sentía: asombro. Miedo. Deseo contenido con cada gramo de disciplina médica que tenía.

Sus dedos se entrelazaron con los míos.

Treinta segundos pasaron. No soltó. Ni yo tampoco.

-Deberíamos... -empecé.

-Sí. -Pero sus dedos apretaron-. Deberíamos.

Cinco segundos más. Diez. Cada segundo una negociación entre lo profesional y lo primitivo.

Finalmente soltó.

El frío fue brutal. Como perder algo vital. Me abracé frotando la palma. El fantasma de su calor todavía ahí. Mi omega gimió por la pérdida - un sonido interno que fue físicamente doloroso.

Leo miraba sus datos. Manos temblando.

-Conclusión preliminar. El contacto directo aumenta la sincronización de forma controlada. No como el colapso. -Se aclaró la garganta-. Porque es uno solo. Porque es consensuado. Tu cuerpo no está en shock. Está aceptando.

Se levantó.

-Necesitaré hacer esto con cada uno. Pero no hoy. Tu sistema necesita recuperarse. Uno cada dos días.

-Eso son dos semanas solo para evaluaciones.

-Mejor dos semanas que otro colapso. -Tono que no admitía discusión-. Y después, incrementar duración y tipo de contacto gradualmente.

-¿Cuánto tiempo?

-No lo sé. Nunca ha habido un caso de Omega Cíclope con siete vínculos. Estamos escribiendo el manual mientras avanzamos.

-¿Y si no puedo? ¿Si mi cuerpo no aguanta?

Leo se acercó. No me tocó. Pero su presencia era sólida.

-Entonces nos detenemos. Salida en cualquier momento. -Pausa-. Pero Elara, creo que puedes. Tu cuerpo quiere esto. Solo necesita tiempo.

-¿Y ustedes? ¿Pueden esperar?

-Tendremos que hacerlo. -Sonrisa pequeña. Triste-. Aunque desde que soltamos las manos, hay una parte de mi cerebro que solo quiere volver a tocarlas. Es desconcertante.

-Bienvenido a mi vida de los últimos tres años.

Me ayudó a bajar. Guante puesto. Barrera segura.

-Ve a casa. Descansa. Hidrátate. Y reporta cualquier efecto secundario.

-¿Habrá?

-Posiblemente. Dolores de cabeza. Sensibilidad. Sueños vívidos. Tal vez anhelo. De contacto. De presencia específica. -Sus ojos en los míos-. Si se vuelve abrumador, llámame.

-¿Ya estás sintiendo eso?

Su mandíbula se tensó.

-Desde el segundo treinta y cinco. Y empeora cada minuto.

La honestidad golpeándome. Este médico controlado luchando con la misma necesidad irracional que yo.

-Leo. Gracias. Por ser cuidadoso.

-No estás rota. Estás mal entendida. Hay una diferencia. Y voy a probarlo.

Salí. Afuera, el sol me cegó.

Miré mi palma. Fantasma de su mano.

Y entonces me golpeó.

¿Qué estoy haciendo?

Me apoyé contra la pared. Náusea trepando. Treinta segundos sosteniendo la mano de Leo. En dos días haría lo mismo con Kai. Luego Finn. Luego Rhys. Cole. Jax. Zane.

Siete hombres. Siete toques. Siete vínculos que iban a crecer hasta que treinta segundos de manos se convirtieran en noches enteras de cuerpos.

La culpa me mordió. Fea. Brutal. ¿Qué tipo de mujer hace esto? ¿Qué tipo de mujer siente lo que sentí con Leo y sabe que en dos días sentirá lo mismo con Kai?

Una Omega Cíclope, susurró mi mente. Es biología.

Pero se sentía como elección. Porque había disfrutado. Había querido más.

Los tres hombres del Instituto. Los maté con mi placer. Con mi incapacidad de controlar lo que era. Y ahora tenía siete más. Siete hombres buenos. Y yo iba a arrastrarlos a mi desastre.

Mi omega gruñó. No de acuerdo. De furia. Contra la culpa. Contra la voz que me llamaba cosas que no merecía. Porque mi omega recordaba Neo-Eden - las inyecciones, las pruebas forzadas, los alfas de laboratorio que no eligieron estar ahí como ella no eligió - y sabía la diferencia entre lo que Kove hizo y lo que Leo estaba haciendo.

Kove forzó. Leo pidió permiso.

Kove midió. Leo tembló.

Kove la trató como sujeto. Leo la trató como persona.

La diferencia no era biología. Era elección. Y treinta segundos de manos entrelazadas con un hombre que dijo "última oportunidad para negarte" antes de tocarla no era destrucción.

Era el principio de algo.

Mi omega lo sabía. Yo todavía no.

Caminé a casa con el calor de Leo en la palma y el hielo de la culpa derritiéndose grado a grado. Siete hombres esperando su turno.

No iba a matarlos. No iba a destruirlos.

Iba a dejarlos entrar. Uno a uno. Treinta segundos a la vez.

Y si al final me rompía - si la omega cíclope que llevaba dentro era tan peligrosa como temía - al menos habría elegido romperse con los ojos abiertos.

Era lo único que tenía. Y tendría que ser suficiente.

Anterior
            
Siguiente
            
Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022