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Una omega para siete alfas
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Capítulo 5 EL MÉDICO OBSESIONADO

POV: Leo

Veinte minutos después de que Elara se fue, Solace seguía gruñendo.

No en voz alta. Adentro. En ese lugar debajo de mis pensamientos donde mi lobo vivía desde que tengo memoria. Solace - el que me mantenía calmado en cirugía, el que diagnosticaba antes de que los instrumentos confirmaran, el que ronroneaba cuando un paciente se estabilizaba y gruñía cuando algo iba mal.

Solace nunca gruñía por una mujer. Nunca. En treinta y cuatro años, mi lobo había sido disciplinado, clínico, contenido. El lobo de un cirujano. Frío cuando necesitaba ser frío. Preciso cuando necesitaba ser preciso.

Ahora gruñía porque Elara se había ido y su calor ya no estaba en mi palma.

Me senté en el taburete. Miré mi mano derecha. Treinta y cinco segundos sosteniendo la suya. Treinta era el protocolo. Fueron treinta y cinco porque en el segundo treinta mis dedos se entrelazaron con los suyos y Solace dijo no sueltes con una autoridad que nunca le había escuchado.

Abrí la tablet. Los datos de la sesión. Revisados cuatro veces. Pero necesitaba mirar algo que no fuera mi mano.

Los gráficos. Su frecuencia y la mía convergiendo. Acercándose. Casi sincronizándose en el momento en que su pulgar rozó mi muñeca.

Solace ronroneó al ver ese punto en el gráfico. El punto donde dos cuerpos empezaron a latir juntos. Mi lobo lo reconoció como lo que era: compatibilidad real. No teórica. No de laboratorio. La clase que se siente en los huesos.

Cerré la tablet. Me levanté. Tres pasos. Regresé. La abrí.

Solace no me dejaba apartar los ojos. Porque para él los datos no eran números - eran diagnóstico. Y el diagnóstico era claro: esta omega nos pertenecía y la habíamos dejado irse.

Ridículo. Peligroso. Verdadero.

Lo que me costó durante esos treinta y cinco segundos no fue mantener la voz estable. Fue mantener a Solace quieto. Mi lobo quería más contacto. Quería poner las dos manos en ella. Quería diagnosticarla entera - no con instrumentos sino con piel contra piel, con olfato, con la intuición que Solace usaba en cirugía pero que ahora quería aplicar a cada centímetro de Elara.

En treinta y cuatro años de vida, Solace nunca había exigido algo así. Era el lobo más disciplinado que conocía. Y esta mujer lo había descontrolado en medio minuto.

¿Qué me estás haciendo, Elara?

La respuesta: deshaciendo todo lo que creía saber sobre mi propio control.

________________________________________

Mi teléfono vibró. Kai.

"Necesito los datos de la sesión. Antes de mi turno pasado mañana."

Kai querría prepararse. Meridian - su lobo, el calculador - querría variables y porcentajes. Como si treinta segundos con Elara fueran algo que se optimiza.

Respondí: "Te los envío en una hora."

Lo que no le dije: que necesitaba esa hora para limpiar las notas que no eran científicas.

Como: "Su mano es más pequeña de lo que esperaba. Pero su agarre es firme. Confía en mí, al menos en esto."

O la peor: "En el segundo treinta, cuando debí soltar, Solace se negó. Cinco segundos mi cerebro gritó 'suelta' y mi lobo dijo 'nunca'. En toda mi carrera médica, Solace jamás me contradijo. Esta fue la primera vez."

Sí. Eso iba a borrarse antes de que Kai lo viera.

Preparé un informe clínico. Frío. Profesional.

Omití la parte donde casi olvidé respirar. Donde el olor de su champú se grabó en mi memoria con más claridad que cualquier feromona estudiada. Donde Solace aulló - internamente, en silencio, pero aulló - cuando la solté.

Envié el informe. Limpio. Mentira por omisión.

Kai: "¿Alguna contraindicación?"

"Ninguna. Cuarenta y ocho horas entre contactos."

"Entendido."

Quise escribir: "Prepara a Meridian. Porque lo que vas a sentir cuando la toques va a cortocircuitar cada cálculo que tu lobo haya hecho. Lo sé porque Solace - que nunca pierde la calma - lleva tres horas gruñendo."

Borré sin enviar.

________________________________________

Las siguientes horas intenté trabajar. Fracasé.

Porque Solace no se callaba. Mi lobo - disciplinado, clínico, el compañero perfecto de un cirujano - se había convertido en un animal que solo procesaba una pregunta: ¿cuándo puedo tocarla otra vez?

No en dos días. Ese era Kai. Luego Finn. Luego cada uno. Dos semanas antes de mi turno.

El pensamiento debería haberme dado perspectiva.

En cambio, Solace encendió algo que nunca le había sentido. Posesividad. Algo oscuro que susurraba: fui el primero. El primero en tocarla. El primero en sincronizar. Meridian podría calcularla. Embry podría calentarla. Raze podría protegerla. Pero Solace la tocó primero. Y eso importaba.

Cerré los ojos. Esto era peligroso. En treinta y cuatro años Solace nunca fue territorial. Era sanador. Los sanadores no reclaman - cuidan. Pero esta mujer había convertido al sanador en algo que quería curar y poseer al mismo tiempo. Y la combinación era más peligrosa que cualquiera de las dos por separado.

Fui al lavabo. Agua fría. Froté la palma intentando lavar su calor.

Me miré en el espejo. Dr. Leo Croft. Cirujano cardiovascular. Control legendario.

Y Solace detrás de mis ojos. Gruñendo. Queriendo. Por primera vez en nuestras vidas, no siendo suficiente uno para el otro.

________________________________________

Medianoche. No había dormido. Libros sobre vínculos Omega-Alfa. Nada sobre Cíclopes con siete. Nada útil. Solace inquieto en mi pecho como animal enjaulado.

Mi teléfono vibró.

Casi me caí alcanzándolo. Solace saltó antes que yo.

Ella: "¿Sigues despierto?"

"Sí."

Tres puntos. Escribiendo. Borrando.

"¿Tu frecuencia cardíaca bajó?"

Pregunta clínica. Segura.

La verdad: "No."

Tres puntos. "La mía tampoco."

Tres palabras perfectas. Ella también luchaba. No era solo Solace y yo.

"¿Es incómodo?"

"No. Es intenso. Diferente."

"¿Asustada?"

Pausa larga. "Aterrada."

"Yo también."

"¿El brillante Dr. Croft tiene miedo? ¿De qué?"

De todo. De que Solace quiera más de lo que puedo darle. De ser uno de siete.

"De no poder ayudarte. De que esto sea más grande que la ciencia."

"¿Y si lo es?"

"Entonces tendremos que confiar en algo más que datos."

"¿Cómo qué?"

"Instinto. Conexión. Confianza."

Pausa. "No soy buena con la confianza."

"Lo sé. Por eso vamos despacio."

"Treinta segundos a la vez."

"Treinta y cinco" escribí antes de poder detenerme.

"¿Contaste mal?"

"Mentí."

Silencio.

"Yo también conté. También llegué a treinta y cinco."

Algo se aflojó en mi pecho. Solace ronroneó. Ella había contado. Había notado. Había querido esos cinco segundos tanto como nosotros.

"Duerme, Elara. Te necesito descansada para cuando Kai tenga su turno."

"¿Celoso?"

Directa. ¿Lo estaba? Solace gruñó la respuesta antes de que yo pudiera pensarla.

"Sí. Pero trabajando en ello."

"Honesto."

"Siempre. Al menos contigo."

"Buenas noches, Leo."

"Buenas noches."

Dejé el teléfono. Cerré los ojos.

La mía tampoco. Repitiéndose.

No estaba solo. Y eso hacía todo peor. Porque en dos días sentiría lo mismo con Kai. Con Meridian calculando lo que Solace sintió por instinto.

Y yo tendría que soportarlo. Ser profesional. Compartirla.

Solace gruñó. Bajo. Territorial. El lobo que nunca había sido territorial en treinta y cuatro años descubriendo que la disciplina de toda una vida se disolvía en treinta y cinco segundos.

Pero la alternativa - perderla porque mi lobo no podía manejar ser uno de siete - era peor.

Así que Solace respiraría. Esperaría. Se comportaría como el lobo disciplinado que siempre fue.

Y en dos semanas, cuando fuera mi turno, tomaría su mano por sesenta segundos.

Porque Solace fue el primero en tocarla.

Y eso - ronroneó mi lobo en la oscuridad, con una certeza que ningún dato podía refutar - significaba todo.

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