Una vez fuera mire a Jordán seriamente.
-No puedes dejar que te traten así, te tienes que hacer respetar. -le dije.
-Da igual, no te preocupes.
-Bueno, tú verás. Pero yo de ti empezaría a hacerme respetar. Me voy a mi habitación ahora mismo, te recuerdo que llevo encima todas mis cosas todavía.
-Hasta luego, más tarde me paso por tu habitación. -me dijo sonriendo.
Me puse en camino hacia mi habitación, tenía bastantes ganas de verla y también de soltar todo el peso que llevaba en mi mochila, la cual es increíblemente grande.
De camino a mi habitación, no podía dejar de darle vueltas a esa chica insoportable y maleducada. Al mismo tiempo, Emily venía a mi mente; tampoco podía evitar preguntarme qué estaría ocultando.
-Entre unos y otros van a hacerme perder la paciencia -murmuré, deteniéndome justo enfrente de la puerta número 54.
Giré el picaporte y empujé la puerta, entrando en lo que sería mi celda por el próximo año. El cuarto era pequeño, dividido por dos camas idénticas, dos escritorios de madera oscura y un único armario que parecía demasiado pequeño para dos personas. Mi lado ya estaba ocupado por una mochila deportiva tirada y unos cuantos libros apilados de forma caótica sobre uno de los escritorios.
Junto al escritorio se encontraba mi nuevo compañero. Estaba de espaldas, revisando una caja en el suelo. Llevaba unos auriculares grandes que cubrían sus orejas, ignorando completamente mi entrada. Su cabello, de un tono rubio, caía un poco sobre el cuello de su camiseta negra, y sus hombros se veían anchos y tensos.
Dejé mi pesada mochila junto a la cama libre. El ruido lo hizo girar. Se quitó los auriculares lentamente, revelando unos ojos de color verde claro que me miraron con una expresión de tedio total.
-Así que tú eres mi compañero de habitación. Me llamo Alex.
-Sí, lo soy. Me llamo Luck, encantado -dije, extendiendo la mano por inercia.
Alex clavó la mirada en mi mano extendida por un segundo antes de ignorarla por completo. Sin decir una palabra más, me dio la espalda para seguir absorto en su caja.
Genial. Esto es lo único que me falta. Primero, el director me arrastra a su despacho sin motivo, me separa de Jordán por una tontería y ahora tengo que compartir espacio con el tipo más apático y grosero que he conocido. Parece que la universidad se propone hacerme perder la paciencia desde el minuto uno, y apenas son las primeras horas.
Suelto un suspiro ruidoso, intentando llamar su atención, pero Alex ni se inmuta. Perfecto. Al menos este no me distrae con tonterías ni bromas pesadas. Puedo concentrarme en mis estudios, que al fin y al cabo es lo único que realmente importa.
-Siéntete libre de hacer lo que quieras con el otro lado. Solo no toques mis cosas -dice Alex de pronto, sin girarse, como si la presencia de mi mirada le resultara irritante.
-Pues es difícil que no toque tus cosas cuando tu mochila está tirada en mi lado -conteste, clavando mi mirada en su espalda. Es un desafío directo, y lo sé, pero no soporto su actitud.
Alex se queda inmóvil por un segundo. No se gira, pero sé que me ha escuchado. Luego, con un movimiento lento y exasperado, se inclina y tira de la correa de la mochila, arrastrándola hasta su lado de la cama sin siquiera dignarse a mirarme.
-Satisfecho -dice con voz áspera, volviendo a su caja. Luego, se pone los auriculares de nuevo, silenciando cualquier otra oportunidad de conversación.
Tomo mi mochila y la abro. Si quiero tener alguna esperanza de orden en mi lado de la habitación, tengo que establecer mis fronteras ahora mismo. Saco mi ropa, doblada meticulosamente, y mis libros de texto. Siento una punzada de molestia al ver la clara diferencia entre mi orden y su caos.
Este va a ser un largo y complicado primer día, y parece que la convivencia con Alex va a requerir la paciencia de un santo. Y yo no soy un santo.