Había salido temprano del trabajo esa tarde, con el corazón tranquilo y los brazos cargados de comida de su restaurante favorito, una botella barata de champán escondida bajo el brazo. Durante todo el trayecto me había imaginado su sonrisa, la forma en que se reiría cuando le dijera que moría de ganas de celebrar su ascenso y nuestro futuro juntos.
Otro gemido llegó desde el pasillo, más agudo que el anterior. -¡Javier, quiero sentirte por completo... por favor no pares!-
-No voy a parar- Era su voz, seguida del inconfundible sonido de piel contra piel. -No hasta que tus piernas tiemblen y tu cuerpo entienda que me pertenece y solo debe desearme a mí-.
-¡Ahhh, te amo!- llegó el grito, más fuerte esta vez.
La mansión se sintió de repente más fría, sus pisos pulidos y sus altas paredes cerrándose sobre mí, cargadas de dinero viejo y secretos que nunca debí descubrir. Mis pasos eran lentos y vacilantes mientras avanzaba por el pasillo, como si mi cuerpo ya supiera lo que mi corazón todavía se negaba a aceptar.
Empujé la puerta y ahí estaban. Javier Montoya, completamente desnudo, moviéndose sobre otro cuerpo con el sudor cayéndole por el rostro, sin percatarse de mi presencia. Mis rodillas se debilitaron mientras permanecía de pie en el umbral mirando la escena. Entonces la mujer debajo de él volvió a gritar con esa voz inconfundiblemente familiar, y mis ojos se abrieron de par en par cuando encontraron su rostro.
Paloma. Mi mejor amiga.
La misma Paloma que había ayudado voluntariamente a repartir mis invitaciones de boda, que se había sentado a mi lado llorando en la prueba del vestido como si de verdad lo sintiera, la misma Paloma que prometió ser la madrina de mis hijos.
Por un instante el mundo se quedó completamente en silencio. Luego todo se hizo añicos de golpe.
El ruido seco de la puerta los devolvió a la realidad. Paloma lanzó un grito ahogado y sujetó la sábana contra su pecho, mientras Javier se sobresaltó, sintiéndose atrapado como un criminal pero sin mostrar suficiente arrepentimiento.
-Catalina...- su voz se apagó, cargada de conmoción y culpa.
-No- dije en voz baja. Mi voz sonó demasiado tranquila, demasiado firme para lo que acababa de presenciar, sorprendiéndome incluso a mí misma. -No te atrevas a decir que no es lo que parece-.
Paloma se pasó una mano por el cabello, temblando visiblemente. -Catalina, no quise que esto pasara-.
-¿De verdad, Paloma?- Solté una carcajada, pero sonó cortante y cruel. -¿Entonces estás arrepentida, o simplemente te sientes culpable?-
Javier se puso la camisa y su expresión pasó de la culpa a la irritación. -Necesitas calmarte-.
-¿Calmarme?- Mi voz subió de tono, desbordada de incredulidad. -Me estás engañando con mi mejor amiga y esperas que me calme. ¡Javier, nuestra fecha de boda ya está fijada!-
Se pasó una mano por el cabello, cada vez más molesto. -¿Puedes dejar el drama? Los dos sabíamos que esto ya se estaba cayendo a pedazos- Hizo una pausa, dejando que las palabras me golpearan antes de prepararse para las siguientes. -Eres una buena persona, Catalina, pero eres demasiado simple, demasiado común, demasiado predecible. Necesito a alguien que encaje en mi mundo-.
-¿Tu mundo?- Todo el color se fue de mi rostro mientras lo miraba fijamente. -¿Y tardaste cinco años en darte cuenta de que no encajo en tu mundo? ¡Javier, nuestra boda es en dos semanas!-
-Ya fue cancelada- dijo él, soltándolo como si no tuviera ninguna importancia.
Se me abrió la boca. -¿De qué estás hablando?-
-Cancelé la boda- repitió él, con la misma indiferencia que la primera vez.
-Javier, este matrimonio se supone que es entre los dos. No puedes cancelarlo sin mi consentimiento- dije en voz baja, con una náusea formándose en la garganta. -¿Cuándo hiciste eso?-
-Te iba a mandar un mensaje, pero entonces...- Me interrumpió, compartiendo una mirada cómplice con Paloma antes de continuar. -De todas formas no hubiera servido de nada. Solo invitaste a Paloma, y ella ya lo sabe- Hizo una pausa, y luego murmuró las palabras que siguieron como si no tuvieran ningún peso. -No tienes familia. No tienes amigos-.
-Javier, no puedes hacerme esto- susurré, con los labios temblando. -Dijiste que me amabas-.
Su mirada recorrió lentamente la habitación, deteniéndose en los muebles de diseño y las copas de vino caras, como si las estuviera viendo por primera vez. -No me recuerdes lo que dije. Sigues viviendo al día. Siempre estás hablando de voluntariado y de ayudar a los que más lo necesitan. Yo estoy tratando de avanzar y tú me estás frenando-.
-Pero tú...- jadée, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano.
-No le des tantas vueltas- dijo Paloma en voz baja, como si me estuviera haciendo un favor. -Tiene razón. No eres como nosotros. Siempre has sido buena persona, pero la bondad no te lleva lejos aquí. Javier pronto estará al frente del imperio de su familia, y lo que necesita es una mujer que sepa ejercer el poder, no simplemente una chica amable-.
Ahí estaba. Claro y simple. No era suficiente. Demasiado buena. Las palabras que parecían seguirme a todas partes.
Había trabajado duro, me había mantenido honesta y leal, creyendo que el amor haría que todo mi esfuerzo valiera la pena. Pero ahora, parada frente a las dos personas en quienes más había confiado en el mundo, veía con claridad lo que había significado para ellos. Un escalón en el camino de alguien más.
Con el corazón pesado tragué saliva, con las piernas temblando bajo mi cuerpo. -¿Saben qué?- dije, apenas por encima de un susurro. -Se merecen el uno al otro-.
Y sin mirar atrás, me fui.
En cuanto salí, el frío me golpeó la piel con fuerza, llevándose consigo todas mis pérdidas con la brisa suave. Para cuando llegué a mi apartamento ya era de noche. El lugar era pequeño, una sola habitación con baño y cocina, apenas suficiente para mi cama. Cerré la puerta detrás de mí y me apoyé contra ella, tratando de recuperar el aliento, dejando que mis lágrimas finalmente cayeran y recorrieran mi rostro sin parar.
Mi teléfono vibró con una notificación y con desgano encendí la pantalla, esperando una disculpa de Paloma o de Javier, algo que explicara que todo lo que acababa de pasar era una broma. En cambio encontré un mensaje de mi arrendador.
"EL PAGO DE LA RENTA ESTÁ VENCIDO. TIENE HASTA EL VIERNES PARA DESOCUPAR."
-Dios mío- susurré, con los dedos temblando mientras sostenía el teléfono. -¿Sin opción de renovar?-
Todavía estaba tratando de asimilar eso cuando el teléfono volvió a vibrar, un correo de Diah's Corporation.
"LAMENTAMOS INFORMARLE QUE SU CONTRATO HA SIDO RESCINDIDO CON EFECTO INMEDIATO."
A principios de esa semana había escuchado que la agencia de marketing para la que trabajaba como freelance había quebrado y iba a despedir a la mitad de su personal. Solo que no sabía que yo sería una de ellas.
Mirando la pantalla, no sentí nada. En un solo día había perdido mi trabajo, mi prometido y mi mejor amiga, y en pocos días perdería también mi hogar. Sin poder evitarlo, mis rodillas cedieron y caí al suelo, rompiéndome en carcajadas que no tenían nada de humor. Puro agotamiento.
-Perfecto- me reí entre dientes. -Simplemente perfecto-.
La habitación estaba en silencio, en total contraste con el caos que reinaba en mi cabeza. Entonces el último recuerdo que tenía de mi madre llegó a mí, palabras de aliento resonando suavemente en el silencio. "Cuando la vida se derrumbe, no llores. Vuelve a construir."
Tenía que hacer algo. Tenía que reorganizar mi vida, o terminaría en la calle, en peor situación que las personas a las que había pasado años intentando ayudar.