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Marcada por el Rey Prohibido
img img Marcada por el Rey Prohibido img Capítulo 2 LA SOMBRA DE VANYA
2 Capítulo
Capítulo 6 EL RECHAZO PÚBLICO img
Capítulo 7 LA ELECCIÓN Y LA MARCA DE SANGRE img
Capítulo 8 CORAZÓN ROTO Y EL GOLPE DE LA TRAICIÓN img
Capítulo 9 LA SENTENCIA DE DESTIERRO img
Capítulo 10 LA HUIDA BAJO LA LLUVIA DE HIELO img
Capítulo 11 CACERÍA HUMANA Y EL JUEGO DEL TERROR img
Capítulo 12 LA HERIDA MORTAL Y EL ABISMO img
Capítulo 13 EL RÍO DE CENIZA Y EL SALTO AL VACÍO img
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Capítulo 2 LA SOMBRA DE VANYA

El eco de la voz del Alfa Magnus aún resonaba en las altas bóvedas del gran salón cuando los aplausos estallaron. Era un sonido ensordecedor, lleno de anticipación salvaje. Para los lobos, la ceremonia del Despertar no era solo un rito de paso; era el momento en el que la Diosa Luna dictaba el futuro de la manada, revelando a los más fuertes y desenmascarando a los débiles.

Los cinco jóvenes que cumplían dieciocho años fueron guiados por los ancianos hacia la Antesala de Cristal, un cuarto contiguo de paredes translúcidas donde debían prepararse mental y espiritualmente antes de caminar hacia el altar bajo la luz de la luna llena.

Elara caminaba como en un sueño. Apenas sentía el suelo bajo sus pies. El zumbido en sus oídos no era por la multitud, sino por la sangre que corría a toda velocidad por sus venas. Él. Caleb. La chispa en su mirada, el aroma a lluvia ácida y menta que de repente se había vuelto el único oxígeno que sus pulmones deseaban respirar. El vínculo era real. No estaba loca. No estaba rota. La Madre Luna le había otorgado al futuro Alfa de la manada vecina.

Una vez que las pesadas puertas de roble de la Antesala de Cristal se cerraron, aislando el ruido del banquete, el ambiente cambió drásticamente. El aire se volvió denso, cargado de las feromonas ansiosas de los jóvenes lobos.

Vanya se giró sobre sus talones. Su vestido de seda roja ondeó como un charco de sangre fresca. Sus ojos, normalmente de un castaño cálido, ahora brillaban con un destello amarillento, señal de que su loba estaba al borde de la superficie, agitada y territorial. Y su mirada estaba clavada directamente en Elara.

-¿Qué fue eso? -exigió Vanya. Su voz no era un grito, sino un gruñido bajo, gutural, que hizo que los otros tres jóvenes retrocedieran instintivamente hacia las paredes, bajando la cabeza en sumisión ante la innegable dominancia de la hija del Alfa.

Elara se quedó congelada en el centro de la sala. El modesto vestido de lino blanco, que con tanto esmero había lavado y remendado, de repente se sentía como una hoja de papel frente a una tormenta.

-No sé de qué hablas, Vanya -respondió Elara, intentando mantener la voz estable. Su loba interior aún no se había manifestado, no tenía los instintos para agachar la cabeza, pero su cuerpo humano temblaba ante la amenaza.

Vanya acortó la distancia entre ellas en dos zancadas depredadoras. El aroma a sándalo y pino se volvió asfixiante, casi tóxico.

-No te atrevas a mentirme, rata sin olor -siseó Vanya, agarrando a Elara por el brazo con una fuerza que amenazaba con astillarle el hueso-. Vi cómo lo mirabas. Y vi cómo él te miraba a ti. Caleb. El futuro Alfa de los Colmillos de Hierro.

Elara intentó zafarse, pero el agarre de su hermanastra era como una tenaza de acero.

-Suéltame. Es el vínculo, Vanya. Tú no puedes controlar a la Diosa Luna...

-¡La Diosa Luna no comete errores tan patéticos! -escupió Vanya, empujando a Elara hacia atrás.

Elara tropezó, apenas logrando mantener el equilibrio.

-Caleb es mío -continuó Vanya, paseándose alrededor de Elara como un depredador evaluando a una presa herida-. Nuestras manadas han estado negociando esta unión durante meses. Es política. Es poder. Él necesita una Luna fuerte, una loba de linaje puro que pueda darle guerreros imparables. ¿De verdad crees, en tu delirante y pequeña mente, que un Alfa de su calibre va a aceptar a una vergüenza humana como tú?

Las palabras golpearon a Elara con más fuerza que un puñetazo físico. Las dudas que habían plagado su mente durante años volvieron a surgir, oscureciendo la chispa de esperanza que había nacido apenas unos minutos antes. Pero entonces recordó el tirón en su pecho, la conexión innegable.

-El vínculo es sagrado -susurró Elara, alzando el mentón, encontrando un valor que no sabía que poseía-. Si él es mi pareja, ninguna negociación política puede cambiar eso.

Los ojos de Vanya se oscurecieron. Una furia gélida reemplazó el calor de su ira.

-Tienes razón -dijo Vanya con una calma repentina que resultaba mucho más aterradora que sus gritos-. El vínculo es una fuerza poderosa. Puede confundir incluso a los lobos más racionales. Cuando Caleb sintió tu aroma... si es que siquiera tienes uno... se sorprendió. Esa fue su debilidad momentánea. Pero cuando camines hacia ese altar y te vea frente a todos, debe ver exactamente lo que eres: basura.

Antes de que Elara pudiera procesar la amenaza, Vanya se movió con una velocidad sobrenatural.

En la mesa del centro de la sala había varias jarras de plata con vino de moras silvestres, preparadas para el brindis final de los iniciados. Vanya agarró una de las jarras y, en un movimiento fluido y calculado, "tropezó" violentamente contra Elara.

El impacto lanzó a Elara al suelo de mármol. Escuchó un desgarro ensordecedor. Las garras de Vanya, que habían brotado en una fracción de segundo, se engancharon en la fina tela de lino del hombro de Elara, rasgando el vestido en diagonal a través del pecho hasta la cintura.

Pero eso no fue lo peor. El contenido de la jarra entera cayó sobre Elara, empapando el remanente blanco de su vestido con un líquido espeso, pegajoso y de un color púrpura tan oscuro que parecía sangre coagulada.

Elara se quedó sin aliento por el golpe contra el mármol, tosiendo mientras el vino se le metía por la nariz y los ojos.

-¡Oh, por la Diosa, qué torpe soy! -exclamó Vanya, fingiendo llevarse una mano a la boca. Los otros tres jóvenes soltaron risitas nerviosas, demasiado cobardes para intervenir. Vanya miró a Elara desde arriba, con una sonrisa que destilaba veneno puro-. Qué lástima. Ese trapo andrajoso era lo único decente que tenías, ¿verdad? Ahora pareces exactamente lo que eres: un cadáver desangrado que alguien arrastró fuera del bosque.

Elara se miró. El vestido estaba destruido. La tela rasgada exponía la modesta enagua gris que llevaba debajo, y el vino la hacía lucir sucia, miserable, como una mendiga que se había colado en el palacio real. Trató de juntar los bordes rasgados del lino con sus manos temblorosas, pero la tela estaba arruinada.

Las lágrimas de humillación picaron en el fondo de sus ojos, pero se negó a dejarlas caer. No le daría a Vanya el placer de verla rota. No aquí. No ahora.

Las pesadas puertas de roble resonaron cuando alguien golpeó desde afuera.

-¡Iniciados! -llamó la voz del Beta de la manada-. La luna está en su cenit. El altar los espera. Salgan de inmediato.

El pánico se apoderó de Elara. Miró desesperadamente a su alrededor, buscando una aguja, un imperdible, cualquier cosa.

-No puedo salir así -susurró, el pánico estrangulando su voz-. Por favor...

-Oh, claro que saldrás -dijo Vanya, acercándose y agarrando a Elara por el cabello, obligándola a levantarse y susurrándole al oído-. Y Caleb verá exactamente a la pordiosera que la Luna intentó encadenarle. Y sentirá tanto asco, que el vínculo se romperá antes de siquiera formarse.

Vanya la soltó con un empujón, se alisó su inmaculado vestido de seda roja y caminó hacia la puerta, seguida por los otros tres. Elara se quedó sola en la sala durante unos segundos que parecieron horas.

Intentó atar los extremos rasgados de su vestido con un nudo torpe sobre su estómago. El vino frío se pegaba a su piel, haciéndola tiritar incontrolablemente. Estaba cubierta de manchas oscuras, su cabello plateado estaba desordenado y húmedo por la caída, y se veía como si hubiera sobrevivido a un ataque brutal.

"No puedo hacerlo", pensó, retrocediendo hacia las sombras de la habitación. "Si salgo así, seré el hazmerreír de todo el continente. Él... Caleb sentirá vergüenza".

Pero la voz de la anciana Martha hizo eco en su memoria: Hoy todo cambia. Y el recuerdo de la mirada de Caleb, la electricidad del vínculo, la empujó hacia adelante. Tal vez, si el vínculo era real, a Caleb no le importaría un vestido arruinado. Tal vez él vería más allá de las manchas y los harapos. Tal vez él vería su alma.

Con un dolor sordo en el pecho y el nudo de su vestido amenazando con deshacerse a cada paso, Elara caminó hacia las puertas dobles.

Cuando salió de la Antesala de Cristal, el silencio cayó sobre el gran salón como un manto de plomo.

Los cientos de invitados, vestidos con sus mejores galas, se quedaron mudos. Todas las miradas se clavaron en ella. Elara sintió que el aire se volvía cuchillos que le cortaban la piel. Podía escuchar los susurros crueles floreciendo entre la multitud.

"¿Qué es esa criatura?"

"Parece un animal atropellado."

"Qué deshonra para el Alfa Magnus."

"Huele a vino barato y a miedo... ni siquiera tiene olor a loba."

Elara mantuvo la cabeza gacha, sintiendo que la cara le ardía de vergüenza. Caminó por el pasillo central que llevaba a las grandes puertas dobles de cristal, las cuales se abrían hacia los jardines nevados donde se erigía el altar de piedra bajo la luna llena.

Delante de ella, Vanya caminaba con la elegancia de una reina, atrayendo miradas de admiración y respeto. El contraste entre ambas era brutal. La luz y la sombra. La princesa y la pordiosera.

Al llegar al final del salón, antes de salir al jardín, los líderes de las manadas esperaban. Y allí estaba Caleb.

Elara reunió todo el valor que le quedaba en el cuerpo y levantó la vista, buscando los ojos dorados del futuro Alfa de los Colmillos de Hierro. Buscaba el apoyo, el reconocimiento que le confirmara que este sufrimiento valdría la pena.

Caleb la miró. Y el mundo de Elara se resquebrajó.

La chispa de reconocimiento había desaparecido por completo. En su lugar, el rostro de Caleb era una máscara de absoluta mortificación. Su mirada recorrió el vestido rasgado de Elara, las manchas púrpuras que parecían suciedad, su postura encorvada y temblorosa. Los puños del joven Alfa se apretaron a sus costados, y sus fosas nasales se ensancharon, no para captar su aroma, sino como si estuviera oliendo algo rancio.

Elara vio cómo Caleb cerraba los ojos por una fracción de segundo, y cuando los volvió a abrir, solo había frialdad. Una frialdad teñida de vergüenza pública. Era el futuro líder de la manada más temida del norte; su orgullo era su vida. Y la Diosa Luna acababa de emparejarlo con el hazmerreír de la noche.

Vanya, que había estado observando la interacción de reojo, sonrió con suficiencia y avanzó hacia el altar bajo la luz de la luna.

Elara se quedó helada en el umbral, sintiendo que el poco calor que le quedaba en el cuerpo se desvanecía. El vínculo en su pecho, que antes palpitaba con esperanza, ahora se sentía como una herida abierta, sangrando lentamente.

El sabotaje de Vanya no solo había destruido su vestido; había destruido la única oportunidad de Elara de ser vista como una igual. Y mientras el Alfa Magnus levantaba las manos hacia el cielo estrellado para dar inicio a la invocación, Elara supo con una certeza aterradora que la pesadilla apenas acababa de comenzar.

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