Mientras el Alfa Magnus bajaba los brazos tras la invocación inicial, el silencio sepulcral que había recibido a Elara se transformó en un zumbido denso y sofocante. Las miradas de las manadas aliadas pesaban sobre ella como bloques de plomo.
Había tres manadas invitadas esa noche, pero la atención de todos giraba en torno a una sola: los Colmillos de Hierro del norte. Eran guerreros brutales, lobos enormes criados en las montañas heladas, conocidos por su ferocidad en la batalla y su intolerancia a la debilidad. Su líder, el Alfa Thorne, era un gigante de cicatrices profundas y mirada implacable. Y a su lado estaba Caleb, su único hijo, el heredero que esa noche debía encontrar o elegir a su Luna.
Elara se quedó inmóvil en el borde de la explanada, temblando por el frío de la nieve bajo sus pies descalzos y por la humedad del vino que se pegaba a su piel a través de los harapos de su vestido rasgado. Sentía cada mirada como una aguja clavándose en su nuca.
-¿Esa es la otra hija de Magnus? -gruñó el Alfa Thorne, su voz grave resonando por encima del crepitar del fuego. No se molestó en bajar el volumen; a los lobos fuertes no les importaba que los débiles escucharan sus insultos-. Parece un cadáver que la corriente arrastró hasta la orilla. ¿No tiene olor?
Magnus apretó la mandíbula, sus ojos relampagueando de humillación.
-Es... una anomalía, Thorne. Una deshonra que la Diosa nos ha impuesto probar. Pero no permitas que manche la celebración. Miremos hacia el futuro.
Con un gesto brusco de su mano, Magnus ordenó que comenzara el banquete. Los siervos (los omegas de rango más bajo) comenzaron a circular con enormes bandejas de carne cruda y asada, cuernos de hidromiel y frutas de invierno. La tensión, sin embargo, era tan gruesa que se podía cortar con un cuchillo de plata.
El destino de las manadas pendía de un hilo esta noche. Los Garras de Plata tenían riquezas y tierras fértiles, pero sus ejércitos habían mermado. Los Colmillos de Hierro tenían un ejército imparable, pero sus tierras del norte se estaban congelando, muriendo de hambre. Una alianza matrimonial era la única salvación para ambos territorios. Todos esperaban que la Diosa Luna bendijera la unión entre Caleb y Vanya, la hija fuerte, la loba perfecta.
Elara fue empujada bruscamente por un guardia hacia la mesa de los Iniciados, situada en el nivel más bajo del jardín, lejos del estrado principal. Se sentó en el borde del banco de madera, abrazándose a sí misma, intentando cubrir con sus brazos la piel expuesta donde Vanya le había desgarrado la ropa.
Desde su posición, Elara tenía una vista perfecta de la mesa principal. Observó cómo Vanya se deslizaba hacia la silla contigua a la de Caleb. Su hermanastra reía con elegancia, sirviéndole vino al futuro Alfa, inclinándose lo suficiente para que su embriagador aroma a sándalo y pino lo envolviera. Vanya era el cuadro exacto de una Luna poderosa y deseable.
Caleb, sin embargo, parecía tenso. Sus nudillos estaban blancos por la fuerza con la que agarraba su copa de plata. De vez en cuando, sus ojos dorados parpadeaban en dirección a la mesa baja. En dirección a Elara.
Cada vez que sus miradas se cruzaban, el corazón de Elara daba un salto traicionero. El vínculo... seguía ahí. A pesar del desastre, a pesar de la humillación pública, la conexión invisible tiraba de su pecho. Podía sentir la ansiedad de Caleb, una tormenta de confusión en su interior. Sabía que él sentía el aroma debajo del vino rancio, el sutil pero inconfundible llamado de las almas predestinadas.
«Mírame», suplicó Elara en su mente. «Ven a mí. Desafíalos. Demuestra que el vínculo es más fuerte que su política.»
Pero la tensión del destino es una cuerda que tira de ambos lados, y a menudo, la política pesa más que la magia.
-Mi hijo necesita una guerrera -le decía Thorne a Magnus, masticando un pedazo de carne sangrante-. Las fronteras del este están inquietas. Se rumorea que los chupasangres se están moviendo, y hay cuentos de sombras en los Bosques de Ceniza. No podemos permitirnos debilidad.
-Y no la tendrán -aseguró Magnus, señalando a Vanya con orgullo-. Mi hija Vanya derribó a tres guerreros veteranos en su último entrenamiento. Su loba está ansiosa por salir. Dará a luz cachorros que harán temblar la tierra.
Caleb escuchaba la conversación, pero su cuerpo estaba rígido. Su lobo interior aullaba, rasguñando las paredes de su mente, exigiéndole que fuera hacia la chica de cabello plateado y vestido destrozado que temblaba en la oscuridad. El lobo de Caleb sabía la verdad: la Diosa había elegido.
Pero el hombre... el hombre estaba aterrorizado.
Criado bajo la bota de acero de Thorne, a Caleb se le había enseñado que la imagen lo era todo. Un Alfa no podía gobernar si su manada no respetaba a su pareja. Si reclamaba a Elara, la pordiosera sin olor, la "anomalía", los Colmillos de Hierro se rebelarían. Sería el fin de su autoridad antes de que siquiera comenzara.
Elara vio la lucha en el rostro de Caleb. Vio el momento exacto en que la duda fue reemplazada por la resignación y, finalmente, por la crueldad.
Caleb se giró hacia Vanya, forzando una sonrisa, y le susurró algo al oído. Vanya soltó una risa cristalina y le acarició el brazo. Fue un gesto calculado, diseñado para que todos en el jardín lo vieran. El mensaje era claro: el futuro Alfa de los Colmillos de Hierro estaba tomando su decisión, y la Diosa Luna tendría que agachar la cabeza ante él.
Un nudo doloroso estranguló la garganta de Elara. La esperanza, esa chispa frágil que había nacido en la buhardilla esa misma mañana, se extinguió, dejando a su paso un frío mucho más profundo que el de la nieve de invierno. No iba a salvarla. La cobardía de Caleb era más grande que su destino.
De repente, un aullido solitario y escalofriante cortó la brisa nocturna.
No venía de ninguno de los lobos presentes en el banquete. Venía de lejos, del sur, más allá del Río de Ceniza, en los territorios prohibidos. Era un sonido tan denso, tan cargado de un poder oscuro y primigenio, que hizo que las llamas de las hogueras parpadearan.
Un silencio absoluto cayó sobre el banquete. Los lobos más jóvenes gimieron, sintiendo un impulso instintivo de someterse. Incluso el Alfa Thorne dejó de masticar, sus ojos fijos en la oscuridad del bosque.
-¿Qué fue eso? -preguntó Vanya, su voz temblando por primera vez en toda la noche.
-El viento en los cañones del sur -mintió Magnus rápidamente, aunque el sudor frío en su frente lo delataba-. No es nada. Ignórenlo.
Pero Elara no lo ignoró. Cuando ese aullido resonó, algo en lo más profundo de su ser vibró. No fue el tirón eléctrico del vínculo de pareja predestinada que sentía con Caleb. Fue algo diferente. Fue como si un cerrojo antiguo, oxidado por años de represión, hubiera crujido dentro de su pecho. Por un microsegundo, la humillación, el frío y el dolor desaparecieron, reemplazados por una sensación de majestuosidad oscura.
Miró su propia mano. Las yemas de sus dedos parecían latir con una extraña energía bajo la piel. Y luego, tan rápido como llegó, la sensación se esfumó.
-Es hora -anunció el Alfa Thorne, poniéndose de pie y rompiendo la tensión que el misterioso aullido había dejado en el aire-. El banquete ha terminado. Es momento de que los jóvenes acepten sus destinos. Es momento de los reclamos y los rechazos.
El corazón de Elara comenzó a latir con la urgencia de un animal acorralado. El verdadero juicio estaba a punto de comenzar.
Los cinco iniciados fueron llamados al centro de la explanada, frente a las mesas de los Alfas. Vanya caminó primero, radiante y segura. Elara fue la última, arrastrando los pies, obligada por la mirada feroz de los guardias a ocupar su lugar bajo la luz inclemente de la luna.
Caleb se levantó de su asiento. Su imponente figura proyectaba una larga sombra sobre la nieve. Caminó hacia el centro, deteniéndose a escasos metros de las dos hermanas. El destino había tendido su trampa. El banquete había preparado el escenario. Ahora, las manadas observaban en un silencio sepulcral, esperando ver si el poder del vínculo vencería al orgullo, o si la política terminaría de destruir el alma de la loba más débil de los Garras de Plata.