CLARIDAD EN EL PUERTO
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Capítulo 4 Parte Cuatro

Capítulo 4

Una mañana de domingo mientras Romero y Gertrudis paseaban por el muelle, vieron llegar un gran buque de Nuevo Orleans.

-En un barco así me gustaría ir a Portugal - dijo Gertrudis.

-Portugal es muy bello en esta época del año - dijo Romero.

-¿Ya ha estado allí usted?

-Así es señorita. Tres veces el año pasado... pero en asuntos de trabajo.

- Usted cada día me sorprende más Romero.

- ¿En verdad eso le parece?

-Absolutamente y además me...

En eso doña Leocadia madre de Gertrudis, raspó su garganta desaprobando el comportamiento de su hija. Lo que hizo que la joven guardara la compostura.

-Viajar a donde usted guste no es problema para mí - dijo Romero -. Soy copropietario junto con un socio de un buque parecido a ese.

- ¿En verdad? - preguntó doña Leocadia impresionada.

-Así es señora, aunque por lo pronto el trasatlántico se encuentra en la lejana China, sólo es cuestión de elegir una temporada del año y una fecha en que viajaríamos y listo. Sólo tendríamos que disfrutar de los placeres de la vida, ¿no lo cree Gertrudis?

-Por supuesto Romero - respondió la mujer sonrojándose.

Repentinamente después de unas horas, las campanas del pueblo retumbaron llamando a misa. Las dos mujeres decidieron asistir, mientras Romero tuvo que dejarlas ya que recibió un telegrama urgente por parte del mismísimo presidente de la república. En el documento, le solicitaban su apoyo para recibir en alguna de sus propiedades a un grupo de criminales de alta peligrosidad para la estabilidad del gobierno. Por lo cual, era imperativo que esta información se mantuviera en el más estricto secreto. Ante la petición de su amigo, Romero no podía negarse por lo que de madrugada, dieciocho presos políticos serían llevados en finos carruajes a las propiedades que el joven millonario ya había dispuesto.

Justo cuando el padre Melitón había terminado de oficiar la misa y se disponía a descansar en su despacho, una dama muy elegante y refinada lo interrumpió.

-Disculpa hija pero hoy no es día de confesiones y...

- Lo sé - dijo la mujer con cierto acento extranjero.

-¿Deseas hablar conmigo?

-Padre soy Clara. Usted me envió esta carta hace dos meses y medio - dijo sacando de entre su bolso el documento.

-¡Hija mía! ¿Eres tú?

- Así es.

- ¡Pero mírate nada más...! ¡Eres toda una dama! ¡Eres hermosa en verdad!

Después de unas cuantas horas ambos se pusieron al tanto. La joven estaba muy mortificada por su hermano, y por el peligro en el que se encontraba.

-No podía permanecer allá sabiendo que Federico podía estar sufriendo no sé que infierno.

- Tranquilízate hija. Los muchachos querían que tú estuvieras enterada de todo, pero creo que fue un error.

- No padre, fue lo mejor... Pero dijo ¿los muchachos?

- Si Refugio, Anastasio y los demás están libres...

-¡Tengo que verlos!

Así Clara se hospedó esa noche en la casa del padre en la iglesia, y concertaron una reunión de madrugada ahí mismo con sus antiguas amistades. A la hora pactada todos los hombres llegaron, y no daban crédito al ver a Clara.

- ¡No me miren así por favor!

Los hombres se veían sorprendidos, y a la vez se sentían apenados ante ella por alguna extraña razón.

-Soy yo, la misma de siempre.

- ¿Y qué le pasó a tu apellido? - preguntó Refugio.

-Domeq o Ramos no importa.

- Para nosotros si - dijo Refugio -. Todos nos apellidamos igual... Ese era nuestra promesa.

- Siempre seré una de ustedes, aunque haya hecho una vida con otro nombre.

-Bueno - dijo el padre -, ahora lo importante es concentrarnos en encontrar a Federico.

- Hoy recibí una noticia de mis informantes - dijo Anastasio -. Al parecer el ejército trasladó algo muy valioso en unos carruajes de un riquillo. Eso es algo muy raro.

-¿Y que pueden haber trasladado en esos carruajes? - preguntó Clara.

-No sabemos. Pero es poco común que el ejército disfrazado utilice carruajes de un rico.

- Pues debemos averiguar - dijo ella -. Cualquier detalle es importante. Cualquier cosa puede ser útil para liberar a Federico.

- ¿Y cómo vamos a averiguar más? - dijo Refugio.

-¿Cuál es el nombre del dueño de esos carruajes? -preguntó Cecilio.

- Un tal Romero Benítez y Benítez... Tiene una hacienda muy grande en las afueras del pueblo.

-Si pero nosotros no podemos ir a un lugar así - dijo Gilberto.

-Eso déjamelo a mí - dijo el cura ante la mirada de asombro de todos -. Ustedes no pueden ir... pero tú si hija.

Así el padre preparó una reunión entre la clase aristócrata del pueblo, e invitó por supuesto a Benítez y Benítez. Todo para presentarle a Claridad Domeq Faure-Dumont, la supuesta nieta de su entrañable amiga francesa.

Llegada la noche de la presentación de la bella jovencita de 20 años a la sociedad, ella estaba ansiosa y sobretodo angustiada por su hermano.

La recepción se llevó a cabo en el lujoso hotel Oliv'. Y a dicho lugar al caer la noche, comenzó a arribar parte de la alta sociedad veracruzana. Allí se encontraba el señor gobernador, su esposa y su hija Gertrudis, acompañada de Romero. Estaban ahí también poderosos terratenientes, así como comerciantes como Atilano y su joven esposa Rita. Todos murmuraban sobre la identidad de la joven.

Por su parte, Claridad estaba muy nerviosa, no por el hecho de saber que todos los ojos estarían encima de ella; sino debido a la desesperación por no poder ayudar de una mejor manera a su hermano.

Y a las siete en punto, el padre Melitón llegó al salón llevando del brazo a la elegante joven. Claridad se había esmerado por dar la mejor de las impresiones, y lo logró; tanto que su perfume inundó el lugar. Todas las mujeres reconocieron la belleza de la muchacha, lo fino de su vestido y lo delicado de su perfume.

Al momento de verla, Atilano se vio gratamente sorprendido. No podía dejar de mirarla. Para él, algo tenía esa joven que lo hipnotizaba. Fue tan evidente su comportamiento que su esposa no tardó en sentirle celos a la mujer. El mismo efecto lo sufrió por supuesto Romero, quien al verla de cerca al ser presentada por el sacerdote, besó su mano y no tardó en ponerse a sus órdenes. Por su parte, Claridad al conocer al hombre se sintió nerviosa. No lograba comprender si ese nerviosismo era debido a que Romero podía saber algo sobre el paradero de Federico, o su trataba de algo más. En todo momento ella atinó a sonreír delicada y complaciente.

Para Gertrudis y su madre se habían disparado todas las alarmas. El comportamiento que Romero había mostrado hacia la joven recién llegada, nunca se lo había mostrado a ella. La joven había logrado encajar a la perfección en ese mundo burgués, totalmente frio y despiadado.

Minutos después, el sacerdote propuso un brindis en honor a Claridad.

Durante la noche, un grupo de mujeres preguntaban a la joven sobre la clase de tela de sus vestidos y su perfume.

-Bueno - dijo el clérigo a todos -. Creo que debemos mostrar a esta señorita la calidez mexicana, y alguno de ustedes debería mostrarle el pueblo y sus alrededores.

Al unísono Atilano y Romero se pusieron de pie.

-Si me permite yo podría... - dijeron ambos.

Esto desató la risa de todos. Y la rabia y la furia de Gertrudis y su madre; y por supuesto también de Rita, la esposa de Atilano. Este último fue obligado por su esposa a tomar asiento. Mientras Gertrudis comprendiendo que aún ni siquiera era novia de Romero, no exigió que éste le diera su lugar. Inesperadamente él se volvió hacia Gertrudis.

- ¿Me permite ser yo quien le muestre el pueblo a la señorita?

Ella con una sonrisa por demás forzada ante la mirada de todos, sólo asintió.

- Bueno no se hable más... don Romero Benítez será tu guía de turistas hija - dijo el padre.

A Claridad le sudaron las manos sin saber por qué. Repentinamente las notas de un par de violines y un piano comenzaron a sonar en el salón. Romero se acercó a Claridad.

-¿Me permite esta pieza?

- Claro - dijo ella un tanto apenada.

Gertrudis que por obvias razones no podía bailar, terminó por marcharse del lugar cual niña berrinchuda. Su ausencia no fue notada por nadie. Pero ella y su madre juraron hacerle la vida imposible a Claridad.

Al momento en que Romero puso su mano en la delicada cintura de la joven, una descarga eléctrica los recorrió a los dos. La química entre ambos casi se podía ver. Ambos en silencio tan sólo se limitaron a bailar y mirarse. Él acercándola más contra su pecho, parecía querer grabarse en la memoria cada detalle del rostro de ella. Pero la joven terminó bajando su rostro con pena. Por un instante olvidó la angustia por su hermano y se lo reprochó.

-Perdóneme señorita - dijo Romero retirándose un poco de ella al notarla incomoda -. No debí...

- Usted no ha hecho nada.

- Creo que la incomodé por mirarla en la manera en que lo hice.

-Usted ha sido muy amable.

-Tal vez quiso decir patán.

Esto provocó la sonrisa de la joven.

-Tal vez se lo han dicho millones de veces pero... es realmente hermosa.

Ella volvió a bajar el rostro.

- Perdón lo hice de nuevo... Pensará que soy un vulgar y atrevido... Pero no pude resistirme.

-Usted sólo ha tenido palabras de respeto hacia mí y se ha ofrecido a mostrarme el pueblo... Ha sido muy cortés y caballero. Sólo espero que igualmente éste sea el trato que usted da a todos los turistas.

Esto hizo sonrojar al hombre casi de manera automática.

-Bueno debo decirle que si todas fueran como usted....

Ella de nuevo sonrió apenada.

- ¿Y por cuanto tiempo nos honrará con su presencia en el pueblo?

-Tal vez un mes. Tengo compromisos en Francia.

- ¿Tal vez el novio?

- ¡Esa es una pregunta muy osada!

-Cierto, no debí. Yo...

- Mire. La noche ha sido algo cansada, si me disculpa voy al tocador - dijo ella dejándolo con la palabra en la boca.

Él se sintió un imbécil, pero sólo quería conocer si alguien la esperaba en Francia.

Mientras tanto el padre Melitón recibió un recado por parte de Anastasio. Según uno de los conductores de los carruajes de Romero, personas habían sido transportadas en ellos. El cura debía informar de todo eso a la mujer, por lo que al salir del tocador, se lo reveló.

-Tal vez Romero si tiene algo que ver con la desaparición de tu hermano.

- ¿Qué puedo hacer ahora? - dijo Claridad.

- El único que puede despejarnos las dudas es el mismo Romero hija.

            
            

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