-¡Espéreme suegra, ya voy a dejar a las niñas! - Sentí un halón por el brazo.
-Amaya, pero ¿Qué haces?, ¿cómo se te ocurre gritar por todo el vecindario?
-Relájate, eso no fue nada. Ella empezó a tocar el claxon como loca. Iré a dejar a las niñas, espérame aquí, iré a dejar a Savannah y Nevada.
Alba en algunas ocasiones se quería pasar conmigo, no entendía cuál era el problema, qué era lo que se tenía en contra de mí, o bueno no en contra, porque nunca habíamos discutido y nunca nos habíamos faltado al respeto; pero desde que me conoció y supo que yo estaba a cargo de una fundación, la mujer se ha comportado un poco distante conmigo.
Las niñas se levantaron debido al ruido del claxon, pero no se pusieron a llorar en ningún momento, solo tenían su pecho agitado. Por lo general eran unas niñas muy bien portadas y no hacían berrinches por cualquier cosa.
-Mamá, ¿quién viene? - preguntó Savannah, estaba media dormida. Mientras que Nevada se mantenía sentada soltando bostezos.
-Su abuela Alba. Tienen que portarse muy bien con ella.
Savannah no dijo más, el sueño le había ganado. Bajé con las niñas hasta donde estaba el carro de Alba y ella me estaba esperando con una mirada gélida.
-Buenos días, señora Alba. Le dejo a mis tesoros en sus manos.
Alba abrió la puerta de los asientos traseros del auto y con mucho esmero colocó a Savannah y a Nevada en ellos.
- Estarán muy bien conmigo - dijo, mientras cerraba la puerta del auto.
-Las niñas no se han bañado, porque estaban dormidas. Pero usted se encargará de eso, ¿verdad?, hoy iré a la Fundación Deseo.
Alba dio media vuelta sobre sí misma, con su mano derecha se acomodó un poco sus lentes, soltó un suspiro y me dijo:
-Amaya, no te lo tomes a mal; pero considero que en lugar de estar perdiendo tiempo en cuidar niños que no te pertenecen, deberías de ocuparte de los tuyos. -Alba se dio media vuelta y se metió al automóvil, dando un leve portazo a la puerta.
¡Vaya!, pero que igualada me había salido la señora. No le cante algunas de sus cosas, claro por mantener la prudencia, aparte siempre me caractericé por ser una persona sumamente respetuosa y, a pesar de todo, ella era la madre de Leonardo y la abuela de mis niñas.
Me quedé picada con lo que me había dicho, hasta sentía que las mejillas me ardían, como si me hubiese dado una fuerte cachetada, cuando lo único que hizo fue expresar sus pensamientos.
Después de aquel pequeño encontrón que había tenido con mi queridita suegra, Cristina y yo nos dirigimos hasta la fundación. La etapa triste y nostálgica del día había cerrado con nuestra conversación de la mañana o bueno, al menos, eso creía.
Abrí la puerta de la fundación y la primera persona con la que nos encontramos no era otro que mi tío Enzo. Al verme, el me hundió en un profundo abrazo que parecía muy paternal. Me gustaba sentirme así, ambos tuvimos nuestros malos momentos, especialmente cuando yo me fui del país y sentía que él, por alguna razón, me creía culpable de la muerte de mis padres; pero al regresar a España, nuestros lazos cambiaron para bien.
-Amaya, ya días no te miraba. Es un gusto verte de nuevo, hija.
Yo cerré los ojos, ¿cómo era posible que me consideraran mala madre y mala socia de la fundación?, aunque bueno, había una diferencia abismal entre la forma en cómo me lo dijo la descarada de Alba a como me lo dijo mi dulce tío.
-Había estado con los niños toda la semana, tío, pero prometo que no me volveré a perder así. Es primera vez que sucede.
Cristina parecía reírse por lo bajo, yo le dediqué una mirada fulminante y ella carraspeó su garganta para dejar de reír.
-Bueno, hija, yo tengo que irme; pero los niños están con Lorena, así que puedes ir a verlos y hablar con ellos.
Enzo se despidió de Cristina y de mí. Ambas entramos a la fundación, tenía el aspecto de una casa vieja, pero no, no era una simple casa vieja. Cuando construimos el hogar de los niños a los que ayudaríamos me lo imaginé de esta forma y me gustó. La casa tenía todo lo que los niños podían necesitar: ropa, comida, agua, salud. Aparte de eso, la fundación se encargaba de pagar los estudios de cada uno de ellos.
La casa hogar no estaba totalmente terminada, al menos no como yo la quería, pero esperaba mejorarla. Para eso requeriría una fuerte inversión, que ya vería como me las arreglaría. Me sentía orgullosa de mi trabajo, todo esto lo había construido yo sola, nadie había puesto un cinco para su construcción, empezó como un sueño de una niña de diez y siete años y terminó convirtiéndose en el refugio para muchas personas, que, como yo, sufrían de una enfermedad.
-Al parecer, tienes descuidada también la organización - mencionó Cristina muy cerca de mi oído y yo le di un leve codazo para que dejara de hacer esas bromitas.
-Cállate, Cristal, no sabes lo que dices.
Ambas caminamos por la gran casa, recorríamos sus pasillos, que me daban un poco de decepción y a la vez alegría, solo quería tener algo mejor para ellos. La casa no estaba mal, pero tampoco estaba terminada quería algo mejor, algo para que ellos se desarrollarán. Traté de desviar la atención de ese tema, sabía muy bien que lo solucionaría.
Íbamos caminando rumbo a la sala de juegos, donde, precisamente, a esa hora se encontrarían los niños.
Mi celular empezó a sonar, era Leonardo quien quería conectarse conmigo por videollamada. Yo de inmediato contesté y enfoqué la cámara de forma que nos viéramos Cristina y yo.
-Hola, amor. Estamos en la fundación, saluda Cristina. - Mi rubia amiga hizo un gesto con la mano para saludar a mi esposo.
-Sí, ya me di cuenta - mencionó entre dientes, algo extraño en él, ya que siempre solía hablarme con cariño. Yo fruncí el ceño.
-¿Qué sucede?
-Mi madre me contó lo de las niñas - dijo tajante.
-¿Qué de las niñas?
-No las habías bañado.
Yo rodé los ojos, vieja chismosa. ¿Cómo pudo ponerle queja a Leonardo de eso?
-Tu mamá es una exagerada y no, no discutiré sobre eso en este momento. Estoy muy ocupada con Cristina, ella adoptará un niño de la fundación. -Cristina había escuchado toda la conversación, no se había incomodado en ningún momento.
-Mi madre tiene razón, debes ocuparte más de nuestras hijas que de otros. - Esa última frase la había remarcado con un tono despectivo hacia los niños de la Fundación Deseo.
Cerré los ojos un par de veces. No, no iba a discutir por culpa de mi suegrita.
-Dile a tu madre que la quiero mucho, pero por ahora no puedo atender sus sugerencias. Mejor acompáñame que recorreremos toda la fundación, aunque sea así puedas conocerla, ya que no quieres poner un pie encima.
Cristina abrió los ojos de par en par y me hizo un gesto con la mano para que parara la conversión y sí, paré. No quería herir a mi esposo y tampoco quería discutir.
-Vamos, mi amor. -Leonardo sonrió levemente, con ese simple "mi amor" había relajado el ambiente tenso entre ambos.
Al fin, habíamos llegado a la sala de juegos y nos encontramos con Lorena, quién les estaba repartiendo jugos a los pequeños de la casa. Cristina, al ver aquel lugar, le brillaron los ojos, supongo que no podía creer la gran cantidad de niños que había en el lugar. Saludó a cada uno de ellos con una gran amabilidad y dulzura que no podía creer que aquella mujer había enviado al otro mundo a varias personas que padecían enfermedades iguales o peores a los de esos pequeños.
Leonardo se mantenía en un segundo plano. Sin decir nada y sólo observaba las escenas que nos regalaba Cristina.
-No puedo creer lo lindo que son - dijo chillando Cristina, contemplaba y admiraba a los pequeños.
-Recuerda que no son muñecos, Cristina, son seres humanos que requieren un mayor cuidado que cualquiera, como...- me detuve por unos instantes y vi de reojo la pantalla del celular, aún seguía hablando con Leonardo - cualquiera de nosotros - dije con una falsa sonrisa en el rostro. Yo era igual que ellos y el desprecio que mostrada mi marido hacia los niños, sería el mismo que sentiría por mí, por una mujer, una esposa enferma que no merece vivir.
Sus palabras empezaron a retumbar en mi cabeza, eso no era bueno. Mi falsa sonrisa desapareció, aún me mantenía la calma; pero temía que aquella situación me llegara a herir.
-Sí, recuerda que también eres un médico que práctica la eutan... - De inmediato le bajé el volumen al celular, ¿cómo podía ser tan tonto de decir eso frente a esas criaturas inocentes?; moví mi cabeza de un lado a otro con gesto reprobatorio, me aseguré que observará mi rostro, mi cara, el momento en que movía la cabeza.
Leonardo era un esposo y padre maravilloso. Muchas veces no podía creer en lo que se transformaba. Un hombre tan bueno, sensible y amoroso como él, veía de menos a unos pequeños niños que perfectamente podrían ser sus hijos. Cuando se comportaba de esa forma, el valor que yo cogía para contarle la verdad se esfumaba, desaparecía, así como mi esperanza de seguir a su lado.
¿Qué pasaría cuando se diera cuenta que su esposa fue uno de esos niños indefensos que merecían la muerte?
¿Qué haría?
¿Qué decisión tomaría?
¿Sus sentimientos cambiarían?
Todas esas preguntas golpearon mi mente, como si se tratara de un clavo en la madera y me hacía un inmenso agujero que no sabía si podría ser capaz de tapar, o peor aún: salir con vida de esto.
Cristina tomó a un pequeño entre sus brazos, lo cargó, jugó con él y lo consintió, supongo que Leonardo no pudo soportar ver aquel momento de ternura entre su mejor amiga y el "defecto" porque, en ese momento, cortó la llamada.