Me quité la camisa, luego el brasier, costó un poco desabrocharlo, ya que me quedaba apretado; pero lo logré. Ahora, era el turno del pantalón, apreté mis ojos, siempre que me cambiaba esa era la peor parte, simple y sencillamente por dos razones: en mi pierna izquierda tenía una cicatriz, podía sonar como algo tonto para cualquier otra persona, pero para mí no. Esa cicatriz fue el inicio de mi enfermedad, desde ese momento me detectaron a una acompañante que se encargaría de estar conmigo en todo momento, en momentos felices y momentos tristes.
Como de costumbre, bajé mi mano hasta mi pierna y con un gesto de nostalgia acaricié la cicatriz. Tenía una forma larga y con varios puntos, la marca no era tan fea a simple vista, pero si la persona que la veía conocía la historia detrás de ella se daría cuenta que algo tan pequeño, puede esconder una historia tan grande.
Ya no me afligía por eso, desde que conocí a Leonardo y Cristina pude superar todo sentimiento de culpa hacia mí, hacia mi cuerpo y nunca más volví a pensar en el suicidio como una opción. Por aquel entonces, la muerte de mis padres me había afectado tanto que creía que yo les había consumido su vida. Pero no, ya no, esa Amaya desapareció y resurgió la Amaya fuerte que soy ahora.
Mi enfermedad, no era otra razón más que por la que seguir luchando. Mi vida no acababa ahí, de eso estaba segura, mi vida empezó en ese instante. Maduré tanto y crecí tanto, que si no me hubiesen detectado a mi amiga (como solía llamar a mi enfermedad) no sería ni por cerca la persona que soy ahora.
Por esa razón, me aferraba tanto en ayudar a los pequeños de la Fundación Deseo.
Quité la mano de mi pierna y ahora me fijé en las pequeñas marcas que había dejado las inyecciones en mí, hace un día Cristina me había inyectado la dosis de medicamento que correspondía a mi tratamiento para poder controlar la enfermedad.
Las marcas casi no se notaban, algo imposible para cualquier ojo humano, pero menos para los míos, claro que no, yo había sido la protagonista de esa escena.
-¿Amor, te puedes apurar? - escuché a Leonardo decir al otro lado de la puerta, seguramente estaba acostado.
Abrí un poco la puerta, de forma que mi cabeza pudo salir sin ningún problema, y ahí lo vi, estaba acostado con las niñas. Ver a Leonardo jugar con Savannah y Nevada no tenía precio.
Cargaba a las dos entre sus brazos como si no pesaran nada, les hacía gestos con su rostro y ellas sólo podían sonreír ante la simpatía de su padre.
Los tres jugaban juntos y yo no les hacía ninguna falta.
En momentos como aquellos, dudaba un poco acerca la decisión que había tomado. ¿Era el momento para que le dijera a Leonardo lo que le llevo escondiendo desde hace una década de matrimonio?, ¿cómo cambiaría mi vida?, ¿me seguiría amando?, ¿las niñas estarían a mi lado?
Todas aquellas preguntas se resumían en dos simples palabras: sí o no. Un par de simples adjetivos de afirmación o negación podían determinar mi vida.
-Espérenme un poco, ¿sí?; ya saldré, los amo. -Cerré la puerta y traté de salir de aquel frenesí lo más rápido posible, pero no podía salir de algo con lo que ya me había acostumbrado a vivir.
Lentamente, me coloqué el pantalón de dormir, mientras admiraba la luz del techo, era un poco opaca y los colores tan tristes del baño me estaban haciendo enloquecer.
Llamaron a la puerta y yo abrí de inmediato, casi automáticamente. Savannah se encontraba frente a mí viéndome con su seriedad tan característica, sus ojos marrones como los de su padre me veían fijamente y casi podía sentir la mirada de Leonardo a través de ellos. De las dos niñas, ella era quien más se parecía a su padre.
-Mami, me ensucié las manos por estar jugando con mi papi. - Savannah estiró sus brazos y me mostró sus manos. Hizo un puchero y de inmediato me dijo-: Necesito que me ayudes a lavarme.
Yo me sorprendí por el gran parecido que tenía con Leonardo. Se parecía en todo, desde su físico, hasta sus gestos. Esa forma tan "amable" de pedir las cosas, pero ¿qué podía hacer?, era mi hija.
Ambas nos acercamos hasta el lavamanos y empecé a enjaguar sus pequeñas manos. Estaban un poco polvosas. El agua estaba haciendo su trabajo, pero de un momento a otro... Dejé de sentir el recorrido del agua por mis manos, incluso llevé mi mirada hasta el grifo para estar segura de que no estaba cerrado.
Las manos de Savannah estaban tocando las mías, pero yo no podía sentir su tacto. Con un movimiento semi brusco aparté las manos de mi hija, sin embargo, traté de disimular mi sorpresa.
-Bueno, pequeña, ya tus manos están limpias. Anda, vamos con tu hermana y con papá.
Savannah corrió hasta la cama y se tiró sobre ella. Yo caminé a un paso moderado hasta llegar donde estaba mi familia. Leonardo y Nevada estaban dormidos. Ambos tienen un sueño pesado. Me acosté justo al lado de mi esposo, mientras las niñas se acomodaron al otro extremo, dejando a su padre en medio.
Vi a Leonardo detenidamente, estaba dormido o bueno eso creía. Acaricié su cabello, metí mis manos en medio de sus finas hebras, luego con mi dedo índice empecé a dibujar su rostro. Su frente ya tenía unas pequeñas, pero pequeñas arrugas. Cuando lo conocí no las tenía, su nariz seguía igual y sus ojos, también, con la diferencia que ahora me miraban de otra forma.
Dibujé el círculo de sus ojos, sin darme cuenta, podía sentir su piel y algo dentro de mí se alegró al percatarse del detalle. Hace unos minutos no había podido sentir una parte de él: su hija. Pero en ese instante, pude sentir su tacto...
Seguí dibujando sus ojos, hasta que de pronto él los abrió de golpe. Lo había despertado.
-Amaya, cariño, ya es hora de dormir. - Él sujetó mis manos y las envolvió con las de él.
-Sí, tienes razón. Ya es hora de dormir. - Leonardo tomó mi cabeza y la hundió en su pecho, beso mi cabello y me dijo:
-Eres lo mejor que me ha pasado, junto con mis hijas. Es hora de dormir, te amo. - Sentí su fuerte abrazo, no sé porque, pero en ocasiones Leonardo me decía justo lo que yo necesitaba escuchar. Sentí una gran paz invadir mi cuerpo, acompañado de felicidad, un poco de nostalgia y melancolía.
¿Por qué estaba melancólica?
Era por una sencilla razón: tenía miedo de su reacción.
Tenía miedo a su rechazo, a su abandono y a la destrucción de nuestra familia. Eran palabras muy fuertes que hubiese deseado nunca pensar, un caso hipotético que era muy probable que tristemente se convertiría en realidad. Esa noche no pude dormir, la nostalgia y los recuerdos me invadieron.