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La última carta de Aike
img img La última carta de Aike img Capítulo 5 4
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Capítulo 5 4

El valor de la verdad es muy importante, he intentado de todas las maneras posibles en que lo que pasó, haya sido algo muy ligero. Pero la manera en la que nos complementábamos, la manera en que eludíamos nuestras responsabilidades.

Siempre creí que Aike era el tipo de persona que no tenía nada en su corazón, pero sus acciones demostraron lo contrario.

Aike, aún te amo como amé aquel cuadro...

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- Ni siquiera pareces alguien con dinero-espeté.

- El que no me vista con las mejores ropas no quiere decir que no sea rico, de hecho, la casa en la que vivimos la compré yo, y la ropa que uso es mucho más cómoda, barata, y me sigo haciendo rico. Nunca entenderé por qué la gente se compra ropa y zapatos tan caros, sin contar de las joyas de las mujeres, es... extraño, porque si ellos no se compraran todo eso, aparentando lo que no son, simplemente ya tuvieran más dinero.

Me quedé callada, y me molestaba hacerlo, porque eso muy pocas veces pasaba, y el hecho en que Aike lo esté haciendo mucho más seguido, me está empezando a enfadar. El quedarme sin argumentos es algo demasiado ridículo para mí, porque me gustaría cerrarle esa boca que tiene, la misma que una vez... besé.

Mierda.

- ¿Quieres ir a recorrer la feria? -dijo Francis.

Realmente su propuesta me salvó. Incluso de mis propios pensamientos.

Asentí y nos levantamos, no es justo, ni siquiera terminé mi helado. Ni siquiera él tampoco, pero lo tenía más avanzado que el mío. Dejó dinero sobre la mesa, y nos fuimos. Dejando a Aike ahí, sentado.

Quise voltear a ver su expresión, de lo que fuera que haya sido, pero quisiera verla, el detalle es que, si lo hacía, se podía malinterpretar.

- ¿Lo conoces? -preguntó Francis, con una mirada un poco perdida.

- Desearía no hacerlo.

Pues yo no creo lo mismo.

Tu no cuentas, cállate.

Soy tu conciencia, no me callarías ni, aunque quisieras.

Igual, shhh.

Francis entendió, por lo que no hizo muchas más preguntas. Recorrimos la feria, jugamos en algunos juegos y reímos hasta más no poder. Francis sin duda era una buena compañía.

De pronto, sentí mi monedero un poco más gordito de lo que yo había recordado, por lo que lo revisé. Una nueva hoja de papel, estaba allí adentro.

No puedo negarlo, un cosquilleo recorrió mi espina dorsal, un aleteo de esas que llaman la sensación de mariposas, invadió mi estómago.

Estaba nerviosa por tener una nueva carta de Aike.

- ¿Estás bien? -preguntó Francis-pareces algo pálida.

Él estaba volviendo, con dos refrescos en la mano y una expresión extraña en su rostro.

- Claro que sí, es solo que hace calor, y ya sabes, al parecer va a llover.

El clima es muchas veces extraño, porque hace mucho calor cuando llovería más tarde. Y era como sentido común darse cuenta.

- Ya debo volver a casa-musité.

Su semblante cambió, se veía confundido.

- ¿Hice algo mal? Pensé que nos la estábamos pasando bien, y de hecho, creí... creí que disfrutabas mi compañía.

- Tranquilo-le dije- me la estoy pasando bien, pero ya es tarde y mi madre debe estar esperando por mí. ¿Quieres acompañarme a casa?

Él soltó el aire que estaba conteniendo, estaba aliviado.

- Me quedaré por una semana, ¿puedo verte mañana?

No, no quiero, no necesito estar con nadie, sé tus intenciones, sé que después de esto tendrás esperanzas, sé que me odiarás cuando te rechace...

- Veremos-murmuré.

Francis, poco convencido con mi respuesta, me dedicó una sonrisa un poco apagada, pero no dijo nada, se levantó, hice lo mismo acomodando mi vestido, y emprendimos camino a casa.

El corto camino, se volvió de alguna forma, silencioso, ninguno de los dos hablaba.

- ¿Está todo bien? -pregunta cuando llegamos, frente a la cerca de la casa.

Me quedo quieta por un buen rato. Sin decir ni una sola palabra.

- Eres alguien encantadora, y hermosa, y fantástica.

Era tierno, era en verdad tierno.

- Y si me dejas demostrarte que puedo ser mucho mejor que hoy...

Muchas veces no es la forma en la que te comportes, es la persona...

- Quisiera poder dejar de hablar, pero me siento nervioso, y quisiera poder calmarme, pero, es que eres en realidad hermosa, y quisiera saber si tú...

No, no, no. Mis alarmas se encendieron al instante.

- Veremos qué pasa con el tiempo, Francis, no te precipites a nada.

Habla la que se besó a alguien cuando no lo conocía.

A veces mi conciencia podía ser muy pesada.

- Y sí, claro que puedes venir mañana y pedirle permiso a mi madre, de ahí, veremos qué pasa.

Entonces se acercó bruscamente y sorprendentemente me dio un abrazo, sí, un abrazo. Y me lo dio por encima de los brazos, por lo que ni siquiera podía devolverle aquel gesto.

Yo ni se lo hubiera devuelto, a mí me cae mal ya.

- Bien...-me puse incómoda, no voy a negarlo- nos vemos otro día, Francis.

Se separó, se disculpó una vez más y se fue.

Al entrar a casa, mamá tenía una sonrisilla pícara, con la cual decía que tenía muchas preguntas y yo muy pocas respuestas. Se veía entusiasmada, emocionada, y alterada, creo que era un poco de todo.

Le conté todos los detalles, obviamente excluyendo lo del chico de las cartas, Aike definitivamente era un demente. De hecho, mencioné que un amigo se había acercado y simplemente habíamos conversado un poco.

Mamá al final, tuvo muchas preguntas de las cuales no pude responder varias, pero se cansó y definitivamente no siguió preguntando más.

Al entrar a mi habitación, la observé durante un momento, esto era un refugio, algo para mi sola, donde nadie más entraba y me gustaba tener este espacio.

Claro, quisiera poder decir que tengo toda la privacidad que deseara, pero no es así. Aunque había momentos, en la noche, donde lograba tener un poco de paz, aquellas altas horas de la noche, en donde mamá dormía.

Muchas veces me quedaba así, porque no siempre se tenía esto, este pequeño tiempo y espacio en el que nadie molestaba.

Caminé hacia mi cama y me recosté en ella, quería descansar, aún debía quitarme la ropa que llevaba puesta, pero me apetecía acostarme y pensar. Tranquilidad, eso es lo que quería.

Estas últimas semanas, fueron un total cambio y uno muy brusco.

Saqué la hoja blanca doblada en varias partes y empecé a leerla.

No puedo negarlo, mi cabeza indica que no la lea, que va a ser malo, que ni siquiera debería tenerla en mis manos.

Pero de un momento a otro, ya la estaba leyendo.

«En las palabras más sabias, de alguien que seguro esté muerto, indica que uno no sabe cuándo ama a una persona, uno lo siente, cuando llamas la atención de alguien, cuando incluso tu corazón se alegra porque esa persona esté presente, cuando no puedes negar los sentimientos ni a ti mismo, ahí es cuando estás enamorado.

De alguna forma duele saber que quieres olvidarte de mí, de nuestro beso, de nuestros fugaces encuentros, debo admitir que no he sentido por nadie lo que me pasa contigo, que cuando pienso en ti, una sonrisa se escapa y deja entrever lo que quiero. Y ya has de haber deducido que es a ti.

Eres tan especial, Alma, no lo dudes, no nos conocemos, pero debo tener el atrevimiento a decirte lo que siento, y que, a través de una carta, lucharé por aquello.

Alma, mi Alma, ¿podré alguna vez decir que he sido alguien especial para ti?

Y si alguna vez ese gran sueño se cumple, déjame decirte que seré el chico más afortunado, lo gritaré a los cuatro vientos, le contaré a cada persona que pase por la calle y me reiré de tus malos chistes.»

Alguna vez quisiera poder explicar lo que me pasa con el chico de las cartas, porque parece ser un idiota, porque muchas veces quiero no sentir algo por él, porque no sé ni lo que siento, pero está en una delgada línea entre el desprecio y el cariño.

Aike, ¿qué estás haciendo conmigo?

¿Tienes algún plan? ¿Quieres algo de mí? Solo dímelo...

Creo que ha sido bastante explícito en la carta, chica. Dah.

Guardo la carta en aquella caja donde están las demás, la escondo, porque si mamá se entera que le estoy ocultando esto, creo que mínimo me asesinaría.

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- ¿Cómo está doña Alma? Hoy solo vengo a saludarla, he pensado en quedarme un rato, pero lamentablemente me queda mucho trabajo, le he traído frutas. ¿Le gustan las manzanas?

Manzanas...

- Declan, querido, claro que sí, quieres pasar? -le pregunto-perdona que no vaya a abrir la rejilla, pero mis huesos viejos y deteriorados no pueden más.

Declan viene con su traje un poco húmedo, porque ha estado lloviznando todo el día. Él pasa y deja la bolsa con manzanas en la mesa.

- Espero no enfermarme-dice él.

- ¿Quieres algo caliente? -le pregunto.

- No se preocupe doña Alma, ya me voy a casa, solo quiero saber si usted está bien.

- Estoy bien-le aseguro.

Declan tiene algo familiar, algo en su rostro que podría decir que lo conozco o que lo he visto antes. Claro, a parte de estos días.

No conversamos mucho, le pregunto sobre su novia, y me asegura que está bien, después de eso se va muy tranquilamente, la llovizna no cesa aún.

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