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Camila
Luego de la reunión con Ignacio y habiendo decidido que iniciaría la auditoría por el departamento de pediatría, me dispongo a subir directamente al piso correspondiente. Ahora más que nunca necesito "hacer", para evitar "pensar" porque cada vez que dejo volar mis pensamientos, los traicioneros me llevan a un lugar en que Ignacio no lleva precisamente ropa de profesión. Seamos sinceros... no lleva ropa de ningún tipo.
Iniciar por pediatría fue una sugerencia estratégica. Mis años en esto me enseñaron que lo mejor es comenzar con el área menos conflictiva, y la energía que me transmitió la jefa del departamento fue bastante positiva desde el primer momento.
Las puertas del ascensor se abren y a través de los vidrios que invaden el lugar la puedo divisar riendo junto a una paciente de unos once años, la niña lleva una bata rosa y habla animadamente con Lucía, no puedo dejar de reparar en que más que una médica y su paciente parecen dos amigas disfrutando de un buen momento y pienso que es el estilo de médicos que todo Centro necesita, sin dudas esta auditoría tiene oportunidades de salir bien.
Me acerco a la sala en que se encuentran y me apoyo por el marco de la puerta con la intención de no interrumpirlas, cuando la niña depara en mi presencia saluda con un movimiento de manos y entonces noto algo que no había comprendido antes. No hay sonido en la habitación, ambas están en completo silencio. Su comunicación era tan natural que antes no lo había entendido, pero es evidente que se trata de una niña sorda. Hago un intento por recordar las clases de lengua de señas que tomé antes de viajar a África y logro saludarla y decirle mi nombre.
Lucía advierte que la niña dirige su atención hacia mí y se gira para mirarme también. Cuando salgo de mi esfuerzo mental por comunicarme adecuadamente, caigo en la cuenta de que ambas tienen los rostros entre alegres y emocionados. La niña seña un agradecimiento y dice que no puede creer que haya dos médicas con las que se pueda entender, y que no le sorprende que ambas seamos mujeres. Lucía y yo reímos ante el comentario y tras unos intercambios más, nos excusamos con Perla y salimos de la habitación.
Inmediatamente después de atravesar la puerta, Lucía se pone frente a mí y con una sonrisa amplia y transparente me tiende la mano y me dice "Soy Lucía, mucho gusto" entiendo perfectamente que no se está presentando simplemente, ya habíamos compartido encuentros y trabajado juntas pero ahora es diferente, por lo que entiendo que este saludo significa que tengo su aceptación. Con una sincera felicidad que espero se exprese en mi sonrisa, le tiendo la mano y contesto "Soy Camila, el gusto es mío" y ambas reímos por que el formalismo de la escena no se condice con nosotras ni con lo que verdaderamente estamos compartiendo. Mi intuición grita muy alto que estoy ante el inicio de una linda amistad.
Pasamos el resto de la jornada trabajando de forma tranquila y natural, ella me explica la organización de su departamento, los cambios que implementó desde hace un año y medio cuando quedó al frente tras la renuncia del responsable anterior y yo voy realizando sugerencias que ella acepta sin la menor molestia, puedo advertir que entiende que en mí puede encontrar una aliada y no una enemiga y eso me genera una paz inexplicable.
Son las 17:30, estoy terminando mi jornada laboral del día y me siento muy contenta y relajada por lo productiva que fue. Pero entonces el teléfono de Lucía suena sobre la mesa y veo que la pantalla se ilumina, no puedo evitar ver la foto de Ignacio con un mensaje debajo que dice...
>> ¿Y? ¿Cenamos o nos vemos después? Hoy Lorena no se queda ;)
Siento mi corazón detenerse y toda la alegría que traía se baja a mis pies. Siento una inmediata decepción y una opresión se instala en mi pecho, no me pude haber confundido así, pensaba que en Lucía encontraría una amiga pero jamás la hubiera podido ver como la mujer que se ve a escondidas con la pareja de una compañera de trabajo (si es que no son amigas). ¿Y qué hay de Ignacio? ¿Qué clase de hombre tiene una imagen de él feliz, abrazado a su pareja y al mismo tiempo mantiene algún vínculo con la compañera de jornadas de ambos? Miles de preguntas, imágenes y situaciones incómodas vienen a mi mente pero sobre todo no puedo negar que los celos punzan más fuerte.
Ignacio es un hombre tan atractivo y sexi, con esa imagen de hombre serio que al mismo tiempo te hace temblar hasta las medias con solo rozar la piel con la punta de los dedos, que es lógico que tenga cuanta mujer quiera, pero al mismo tiempo hubiera jurado que sería un hombre fiel.
Lucía sale del baño y me habla animadamente pero no logro salir de mi enojo así que prefiero poner distancia y me limito a excusarme con cuestiones de trabajo urgentes para salir huyendo del lugar. En mi afán de irme cuanto antes contesto que sí a todas las cosas que me pregunta, sin pensar en ellas verdaderamente.
- Perfecto, entonces mañana a la noche cocino algo rico. Que descanses hoy.- La escucho decir antes de que la puerta se cierre tras de mí.
¿Qué hice? Es evidente que acepté una invitación a cenar con mi "casi amiga, ahora ex casi amiga, casi enemiga" mi cabeza da vueltas y me dirijo rápidamente al auto para buscar a Julián a tiempo. Hoy más que nunca necesito sentir la paz que me produce estar con él.
Lucía
Marcela se despierta incluso antes de que suene el despertador, siento sus movimientos al lado mío y una sensación de plenitud me hincha el corazón. Su tono de piel color café contrasta con la palidez de la mía y lo revoltoso de su pelo con la perfección de mi lacio. No puedo dejar de mirarla cuando camina desnuda hacia el baño en suite de nuestra habitación. Si bien no fue fácil, pedirle que se mudara conmigo fue la mejor decisión que pude tomar, nuestra relación es un oasis de paz y felicidad frente a las cosas horribles que día a día tenemos que enfrentar en el Centro de Salud.
-¿Pensas mirarme mucho más o vas a activar para ir a trabajar juntas?- Me pregunta en un tono que finge ser inquisidor pero en realidad suena mucho más provocativo que otra cosa.
- Podríamos decir que estamos enfermas y quedarnos en casa por lo menos el resto de la mañana.- sugiero en forma traviesa con una media sonrisa mientras me acerco a ella por detrás y la abrazo mirando nuestro reflejo en el espejo del baño.
- Mi jefa es muy exigente, no creo que pueda tomarme esas atribuciones.- Dice con gracia mientras coloca pasta en su cepillo y se dispone a comenzar con su aseo personal.
Me río ya que su comentario no puede estar más alejado de la realidad, su jefa soy yo y aunque eso jamás significó un beneficio indebido para ella, no tendría problemas en aceptar la mentira piadosa de una enfermedad para tenerla conmigo en la cama por el resto de la mañana.
Salimos y vamos en colectivo hacia el hospital comentando todas las sensaciones que nos genera saber que hoy comienza la auditoría, en lo personal le cuento que sinceramente me cuesta ver a la colega que conocí ayer como una enemiga, confío en mi sentido para detectar la maldad en las personas y esa mujer particularmente no me generó negatividad sino todo lo contrario.
- Sos demasiado buena amor, y aunque eso me encanta de vos, me gustaría que te cuides. Fuiste la última jefa en asumir, sos mujer y homosexual, querramos o no tenemos que cuidarnos más que el resto y lastimosamente, más de otras mujeres.
Sus palabras me trasladan inmediatamente a pensar en Lorena. La había creído mi amiga cuando en realidad el tiempo me demostró que solamente me usó para tener información que quería de Ignacio. Sumado a eso, cuando comenzaba a definir mi orientación sexual, hizo hasta lo imposible por evitar que comprendiera que lo mejor para mí era sincerarme y su falta de apoyo realmente hizo que todo me costara más. Aunque me esfuerzo por perdonarla, todas esas cosas me quedaron doliendo y la verdad es que no logro olvidarlo.
- Te prometo que me cuido y te tengo al tanto de todo.- Calmo a mi hermosa novia dejando un dulce y corto beso en sus labios. Al separarme de ella veo a una señora mayor sentada unos asientos detrás e inmediatamente siento el rubor subir por mis mejillas y temo haberla incomodado, la señora parece leer mi mente y me regala una sonrisa disimulada pero llena de dulzura. Entonces pienso que quizás Marcela solo necesita apreciar mejor que también a veces, la bondad nos rodea.
Al llegar al Centro de Salud, Marcela y yo tomamos cada una su camino y nos encomendamos a las tareas diarias, veo la hoja de atención que me tiende la jefa de guardia saliente y el primer nombre en la lista me genera esa mezcla de alegría por verla y a la vez tristeza de que tenga que estar aquí.
Se trata de Perla, una dulce jovencita de once años, sorda de nacimiento, que precisa una serie de intervenciones para mantener su estado de salud por haber nacido con una enfermedad autoinmune. Justamente por ella fue que hace tres años comencé a estudiar lengua de señas y descubrí que con muy poco se puede ayudar mucho. Esa niña, de entonces ocho años me abrió las puertas a la comunidad sorda, que cada vez que necesitan un profesional de la salud vienen conmigo sabiendo que pueden contar con la posibilidad de comunicarse y lo que es más importante para ellos aún, con la confidencialidad y confianza que todo paciente debería tener.
Pensar en Perla y en cómo ayudarla a nivel anímico esta vez hace que los nervios por la auditoría desaparezcan por unos momentos y así es que me encuentro conversando animadamente con ella cuando reparo en la presencia de la auditora en el marco de la puerta. Para mi sorpresa, comienza a señar.
Me convenzo inmediatamente que era el indicio que me faltaba para entender que puedo confiar en ella. Conversamos las tres animadamente hasta que nos toca seguir con la labor diaria. Al salir de la habitación decido que le daré una oportunidad a la Dra. Suárez.
- Soy Lucía, mucho gusto.- Le digo tendiendo la mano con una sonrisa. Siento que ella entiende inmediatamente mis intenciones cuando con cariño me contesta:
- Soy Camila, el gusto es mío. – Y nuevamente esa sinceridad y transparencia que me transmiten su mirada se hace presente y voy afirmando cada vez más que no me estoy equivocando con ella.
Trabajamos durante toda la jornada y lejos de ser una molestia, puedo verla como una compañera de trabajo. En cada comentario o sugerencia que me hace no percibo retos ni críticas sino aportes que verdaderamente pueden sumar. Es más que evidente que tiene mucha experiencia en lo organizativo y que entiende a la perfección la labor de un médico, eso hace que todo sea fácil y que hablemos en un mismo idioma.
Hoy me toca hacer guardia con Ignacio, agradezco que sea con él ya que desde ayer no podemos hablar y siento la necesidad de contarle mi percepción sobre la auditoría y sobre Camila, estoy segura que él también pensará que darle una oportunidad es lo mejor. Pero la influencia que tienen a veces sobre él Lorena y Marcos me preocupa. Lorena por esa pizca de maldad y Marcos porque sus permanentes inseguridades tienden a hacerlo desconfiado y poco accesible. Pero Ignacio no es como ninguno de ellos, él es un alma pura, por eso y muchas cosas más somos mejores amigos y en lo personal lo quiero como a un hermano.
Salgo del baño ya finalizando la tarde de horario regular y puedo advertir que la actitud de Camila hacia mí cambió. Me imagino que debe ser la vorágine de llegar a la última hora de su jornada y pensar en las cosas pendientes y ella me lo confirma asegurando que tiene unos recados importantes que terminar antes de irse y que lleva prisa para poder salir a tiempo.
No pierdo la oportunidad y le pido que cenemos mañana para conocernos mejor y presentarle a mi novia. Por un momento me parece que no termina de comprender la invitación pero asiente rápidamente y cuando lo reafirmo con un "Perfecto, entonces mañana a la noche cocino algo rico. Que descanses hoy" y ella sigue asintiendo hasta que la puerta se cierra, confirmo que la cita queda firme.
Vuelvo a la mesa en que estábamos trabajando y me encuentro con un mensaje de Ignacio para cenar hoy, sin Lorena, y me alegra mucho saber que tendré ese momento para hablar con él. Estoy segura de que a ambos nos hace falta.