Ya impaciente, Vivian le gritó al conductor: "¡Arranca! ¿Qué estás esperando?".
Vacilando porque Jane todavía estaba parada frente al auto y se negaba a irse, este volvió a mirar a la mujer y le dijo con nerviosismo: "Pero...".
"Solo haz lo que te digo. No tengas miedo. ¡Yo pagaré por todo si ella se muere!", gritó con saña. Ella casi ardía de ira porque quería irse del lugar de inmediato, y al ver a más y más gente reunirse y señalarlos, deseó que la otra muriera de una buena vez y los liberara de la vergüenza. Si no fuera por Jane, nadie hablaría de ellos.
El motor cobró vida con un rugido cuando el hombre al volante obedeció la orden de la mujer mientras que con el rostro cubierto de lágrimas, la otra no se rendiría. "Vivian, se lo ruego. Selina acaba de dar a luz y el médico dijo que no deberíamos preocuparla. Por favor, no se lleve al bebé". Acto seguido se arrodilló frente al vehículo, pues dado que todo era culpa suya, ella asumiría la responsabilidad.
La gente se reunió a su alrededor y comenzó a murmurar en voz alta al ver la escena, de hecho algunos casi lloraban porque no podían creer lo inhumano del asunto.
Sin poder soportar ver aquello, el conductor apagó el auto de nuevo y Vivian no pudo evitar volver a gritar: "¿Estás loco? ¿Cómo te atreves a no obedecer? ¡Si no conduces, te despediré sin pensarlo!".
Frunciendo el ceño, el hombre encendió el vehículo una vez más tras pensarlo por un minuto. Sin embargo, Selina salió corriendo del hospital para ese momento y los vio, por lo que buscó a su recién nacido con desespero dentro del auto. Como las ventanas de este estaban cerradas y ella no podía ver nada con claridad, comenzó a darle golpes al vidrio al tiempo que gritaba desolada: "Bebé... Mi bebé... Mi bebé...".
'¡Otra loca más!', pensó Vivian, volteando los ojos.
"Por favor, no hagas el ridículo en público. ¿Ya lo olvidaste? Cuando te casaste con Spenser hace un año, firmaste un contrato con él. ¿Acaso quieres que lo exponga al público?", recordó la mujer con la paciencia ya casi en su límite.
Selina se quedó paralizada ante la mención de ese asunto, ya que ella había sido demasiado ingenua cuando decidió aceptar esas condiciones. La verdad era que no esperaba que ese día llegara alguna vez.
Vivian le lanzó una mirada complacida porque sabía que el contrato era la debilidad de la chica. Entonces le sonrió para decirle en voz alta: "No te preocupes, ya que cuando el niño crezca le contaré acerca del amor de su madre por él. Le haré saber que ella lo vendió antes de que naciera".
Al escuchar esas palabras, las personas que sintieron simpatía por Selina de repente se sorprendieron y la miraron con desdén.
Los ojos llorosos de la primeriza se lanzaron hacia otra figura familiar dentro del auto.
¡Spenser! ¡Spenser estaba allí también! Él había estado observando todo sin decir una palabra. ¿Por qué hacía eso? Ese hombre siquiera fue a verla cuando se enteró de que ella había dado a luz a su hijo.
"¡Spenser!", exclamó al tiempo que daba unas palmaditas en la ventana, esperando que este dijera algo.
Al verla hacer eso y escucharla gritar su nombre, él al fin le ordenó al conductor que abriera la ventana. "Selina", comenzó él con voz firme. "¿Acaso olvidaste que el contrato entre nosotros tenía nada más un año de vigencia?".
Paralizada porque él también mencionó su acuerdo escrito, ella sintió que le aplastaba el corazón con eso. Aunque ahora de veras quería llorar hasta no poder más, sabía que con eso no resolvería nada, de modo que conteniendo las lágrimas, se atragantó mientras refutaba: "¡Pero en ninguna cláusula dice que tengo que entregarte el niño!".
"¡Pero tampoco dice que no puedo quedarme con el niño!" Al mirarle el rostro pálido, Spenser la sintió desconocida por alguna razón y el corazón le latió con ferocidad repentinamente. De todos modos fue solo por un par de segundos, así que parpadeó enseguida, desvió la mirada y continuó: "Nunca te he querido. ¡La persona a la que más amo es a Vivian!".
Nada podía herir más el corazón de Selina que esas palabras, puesto que el hombre al que solía adorar resultó ser un idiota sin sentimientos. No obstante, ya era demasiado tarde para que ella viera su verdadero yo.
De pronto fue como si el mundo se le fuera encima, y un profundo dolor la embargó por su amor no correspondido, haciéndola sentir que no tenía lugar alguno adónde ir.
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