Capítulo 2 El jugador de básquet

BRIANNA

Llegar a la escuela es un caos, estacionar es aún peor. No encuentro lugar en ningún lado, lo que me lleva a dejar mi auto - el de mi abuelo que me dejó a mí porque ya no puede conducir - tan lejos que debo caminar mucho hasta llegar a la puerta principal de la escuela.

Veo a Sasha y Zayra, mis mejoras, de pie junto al casillero de esta última. Su novia está jugueteando con su cabello mientras Zay parece estar revolviendo el interior en busca de Dios sabe qué.

-¡Brinny!- Sasha me abraza en cuanto me ve y Zayra saca la cabeza del casillero para sonreírme.

-Que onda, Bri.

-He llegado temprano, estrictamente temprano para poder ir al buffet antes de clases, pero el estacionamiento estaba atascado de gente y tuve que dejar el auto súper lejos- cuento mi drama mientras apoyo mi costado en un casillero desconocido.

-Lo sé, me pasó igual -Sasha blanquea los ojos-. Odio la pretemporada de basquetbol, esos malditos jugadores llenan todo los lugares con sus porquerías.

-No son porquerías, solo se preparan para la temporada.

Sasha y Zayra son muy unidas, salen desde los dieciséis cuando Zayra aceptó su bisexualidad y desde entonces solo se han separado una vez porque Zay viajaba a Venezuela con su familia por la temporada de verano y no quería que Sasha la esperara. Fue puro drama esa semana. Pero dejando de lado eso, se entienden muy bien, son un gran equipo y su único desacuerdo es el deporte. Mejor dicho, es Sasha y su pensamiento de que los deportistas no tienen capacidad para pensar. Y Zay que es súper fan del deporte.

Yo digo que se debe a su ex pareja, Taylor Cooper, el jugador de baloncesto que le rompió el corazón. La engañó tan solo con una semana de novios, ella quedó destruida y luego se hizo lesbiana. Al principio, debo admitir, que creí que era otro acto de drama, pero después comprendí que verdaderamente le gustaban las chicas. Mierda, le encantan. Tuvo un mes de meterse con toda chica que cruzaba por su camino. Hasta que Zayra y yo le hicimos comprender que tenía que recapacitar, que debía apoyarse en nosotras para superar esa ruptura. Lo hizo, pero se apoyó de más en Zayra. Ya saben, apoyó completamente su cuerpo sobre el suyo.

Y ahí empezaron las duras de orientación de Zayra. Otro drama más que superaron al año siguiente y desde entonces son pareja.

El grupo del capitán del equipo venía por el pasillo tonteando con el balón como siempre. Sasha refunfuñó y logré oír unos cuantos comentarios despectivos. Zayra siguió revisando su casillero en busca de su cuaderno de filosofía. Y yo miré al equipo.

Connor Van Doren. Mi futuro esposo. No puedo evitar que las pupilas se me vuelvan corazones cuando lo veo pasar. Es hermoso.

Es alto y masculino. Sus mechones castaños caen sobre su frente y se agitan a medida que avanza. Él no es como los brutos de sus compañeros que van lanzando el balón de una esquina del pasillo a la otra y molestando a la gente. Él es diferente, solo camina de costado charlando con su mejor amigo, Taylor - si, el innombrable-.

Llevo enamorada de él desde que regresé de Texas. Me mudé con mis padres allí al cumplir doce años, me gustaría decir que porque mamá tenía un caso que resolver o papá un paciente de grave salud que atender. Pero no es así, solo quisieron mudarse porque sí. Mamá creció en Texas, pasó toda su infancia allí y tuvo una crisis de "extrañitis", como lo llamó papá, y nos mudamos ahí hasta que cumplí diecisiete y decidieron volver para que terminara mi vida académica en la escuela en la que había ido de pequeña. Una estupidez, pues mi vida adolescente ya estaba hecha en Texas y mudarme implicó dejar a todos mis amigos atrás.

Lo bueno fue volver a encontrar a Sasha y Zayra, jamás habíamos perdido el contacto y solían ir a visitarme o yo venir Manhattan a verlas, pero verlas todos los días en clases era algo muy distinto a unas cuantas llamadas durante la semana.

Bueno, lo admito, no dolió tanto como esperaba. Logré amoldarme rápido aquí y ponerme al día con mis estudios.

¿Y qué fue lo primero que vi la primavera pasada cuando iniciaban las clases? El pecho duro y masculino de Connor Van Doren.

Y no fue tan romántico como me gusta pensarlo. Solo fui yo perdiendo mis gafas y tropezando en las escaleras de la biblioteca. Connor estaba subiendo por lo que no solo salvó mi vida de algún traumatismo craneal o alguna quebradura expuesta de fémur, sino que también se ganó mi amor.

Mi corazón comenzó a acelerarse cuando empezaba a acercarse a nuestro lado. No venía a nosotras, él no sabe que existo, pero pasa siempre cerca mío y logro oler su colonia que huele a paraíso.

Sentí como el mundo comenzó a moverse en cámara lenta mientras el daba paso tras paso. Uno de sus compañeros lo llamó y acto seguido lanzó el balón para que lo atrapara. Balón, que vale aclarar, venía a mí a una velocidad que no logré calcular porque Connor se envió el cabello hacia atrás para poder correr a la pelota -que seguía viniendo directo hacia mi cara, solo para recordarlo-, se veía extremadamente atractivo. Su brazo se flexionada mostrando sus fuertes músculos tapados por esa miserable tela de su chaqueta. Apoyo la idea de venir desnudos a la escuela para no privar a nadie de la musculatura perfecta que tienen los deportistas. Claro, la ley de desnudez solo aplica para ellos, no quisiera ver a ningún profesor mostrando cosas íntimas. Diug, que asco.

Tuve que salir de mi cámara lenta e ilusión porque UNA PELOTA ESTABA VINIENDO HACIA MI CARA. Grité y levanté las manos para cubrirme. Pero entonces, la pelota nunca llegó. No y casi fue peor que me hubieran dejado un hoyo en medio de la cara.

Lo que ocurrió fue diferente. Otro balón llegó a la escena, lanzado en diagonal cruzándose sobre el camino del otro y golpeándolo en el proceso sacándolo bruscamente de su destino -mi cara, no lo olvidemos-.

Austin Finnegan, alias Satán.

Claro que sí, no podía ser otro.

Venía del otro lado del pasillo con su equipo tan imponente e intimidante, como siempre. La escuela consta con muchos equipos deportivos. Basquetbol es el principal y cuenta con sub ligas divididas por complejidad. Austin y Connor son de la liga sub 18, la mejor, la que compite con otros clubes, esa que tiene VIP para universidades. Este año se elegirá un nuevo capitán. ¿Y quiénes son los candidatos? Si, adivinaste. Connor Van Doren y Austin Finnegan.

No se llevan para nada bien. Austin es un imbécil con todas las letras, escritas al derecho y al revés. Se la pasa molestando, jugueteando con todas las chicas, y usando a los de primero como sus conejillos de indias. Como dije, es un imbécil.

Austin caminó por el pasillo hasta volver a tomar la pelota que había arrojado y miró a Connor por encima de su hombro. Luego, casi por un segundo fugaz, me observó. Finalmente, ingresó a su aula. Dos de sus compañeros lo siguieron y los demás se repartieron por toda la escuela para ir a cada una de sus clases. Siempre hacen eso, se creen los dueños del colegio.

-¿Estás bien?- me quedé paralizada al escuchar esa voz angelical.

Me había quedado mirando el lugar donde Austin desapareció que no me di cuenta cuando Connor me miró. Connor. Me. Miró. Y me preguntó... ¿Qué me preguntó?

La voz no me salía.

-Ehh...ah...es que, si...ohh...

-Voy a tomar eso como un sí- sonrió de lado marcando esos pómulos tan hermosos que tiene en su hermosa cara.

Comencé a reír. Si. Reír. Yo sola. De algo que no era gracioso. Me estaba poniendo cada vez más nerviosa y no podía dejar de mirarlo. Es hermoso, ¿Ya lo había dicho? Ese uniforme rojo y negro deportivo le queda tan bien. Sus ojos avellanas brillan detrás de sus largas pestañas.

-Oh, mierda. Ella está bien, no se hizo daño- interviene Sasha y me agarra del brazo para arrastrarme-. Gracias por preocuparte.

Me empujó dentro del salón de matemáticas y me miró espantada, Zayra estaba partiéndose de risa detrás de ella.

-¿Qué diablos fue eso? Por poco le babeas encima.

-Estábamos charlando.

-¿Char.. Qué? Tú no estabas charlando estabas haciendo el ridículo. Eres una ridícula.

-Vale, amor, no seas tan dura con ella. Solo está enamorada.

-Shhh, no lo digas tan alto- la callé.

Sasha estaba por decir algo cuando la campana sonó y refunfuñó.

-Me tengo que ir a clases, hablaremos seriamente de este acto de...-señaló afuera intentando encontrarle un nombre- humillación.

-¿Me humillé?

-Si, totalmente- besó a su novia y se fue.

Zayra me miró y dejó sus manos en mis hombros. Los lunes no tenemos ninguna clase en común.

-Debes hacer algo para conquistarlo, o algo para superarlo. Porque no estás haciendo nada, ni siquiera hablando y te va fatal. Hablamos en el almuerzo, ¿Si?

-Si.

Besó mi mejilla si se fue. Tiene literatura en el salón de al lado y yo química.

Fui a mi asiento. Gabo, mi compañero de laboratorio no había llegado aún.

¿Tan mal me veía por Connor? Llevo enamorada de él meses. No, ya va a ser un año. Apenas hemos entablado dos o tres palabras, porque siempre me quedo muda cuando le veo. No puedo evitarlo, las palabras se me esfuman cuando lo tengo cerca. Me hace cortocircuito el cerebro.

He tenido conversaciones con él. En la ducha, en la soledad de mi habitación, fingiendo que era Tinky, mi oso de peluche que me regalaron mis padres cuando era pequeña. En mi mente, hablamos mucho. En la vida real, nada.

La profesora ingresó a clases y Gabo llegó tras ella. Es un nerd en todo su esplendor. Trae sus medias altas, su cabello desarreglado y sus lentes chuecos.

-¿Te quedaste dormido?- pregunté en cuanto se sentó a mi lado.

-El despertador no sonó.

Comenzó la clase de química. Vimos fórmulas las últimas semanas y hace unos días nos tomó una prueba sorpresa.

-Ya tengo las notas listas y déjenme decirles que son una decepción. ¿Qué pasó, chicos? Creí que estábamos bien- se apoyó en el escritorio con una cara de drama terrible-. Si no entienden algo deben preguntarme, si no yo doy todo por sabido. Tengo solo dos alumnos aprobados- empezó a repartir los exámenes mientras seguía con su discurso-. Muy bien, Lowell. Richard, tú también.

Nos dejó los exámenes a ambos y sonreímos cuando una A++.

Soy muy buena en química, física y matemáticas. Los números son lo mío.

-Finnegan, ninguna sorpresa- habló justo detrás de nosotros y miré sobre mi hombro. Austin sacó una F. Una F muy grande y en rojo.

No parecía importarle demasiado. Estaba con la espalda apoyada en la silla, la pierna flexionada sobre el palo que cruza la mesa por debajo y una cara de resaca que podía distinguirse de acá a la China.

Levantó su vista y sus ojos verdes conectaron con los míos. Resplandecieron pícaros y me guiñó un ojo. Me giré enseguida. Es un imbécil.

            
            

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