Al descender las escaleras, me crucé con mi tía. Su sonrisa es un bálsamo, y con un gesto tierno, alisó mi cabello alborotado. Juntos nos dirigimos al comedor.
-¿Sarah pasó la noche en tu cuarto? -indagó mi tía, tomando asiento mientras la asistía a acercarse a la mesa.
-Así es -confirmé, sentándome frente a ella-. Anoche leímos la carta de papá y se quedó dormida.
Mi tía soltó una carcajada.
-Es tan niña aún... me recuerda a Francisca a esa edad -comentó con una sonrisa melancólica, desviando la conversación de su hermana fallecida-. ¿Qué dice la carta de tu padre?
-Nos invita a regresar. Dice comprender nuestro malestar por su boda -respondí con un suspiro, aún indeciso.
-Conoces a tu padre, siempre tan cambiante. Todo es posible con él. -Mi tía me observó con atención-. ¿Qué planean hacer?
-Pienso ir solo primero, para entender sus verdaderas intenciones - expliqué dando un sorbo a mi desayuno-. Si es lo que espero, llamaré a Sarah para que se una a mí. De lo contrario, regresaré sin demora.
-¿Y Sarah qué opina? -preguntó mi tía mientras desayunamos.
-Ella me respaldará en lo que decida -aseguré, mirándola a los ojos-. Su bienestar es mi prioridad.
-Cuentan con todo mi apoyo, Charles -afirmó mi tía-. ¿Has considerado que conocerás a la nueva esposa de tu padre?
-Lo he pensado, pero no me preocupa -respondí bebiendo mi jugo-. Solo quiero entender las intenciones de papá. No busco amistad con ella.
-Entiendo, pero intenta llevaros bien durante tu visita -aconsejó mi tía.
-Veré, tía, pero no prometo nada -repliqué, sincero en mis sentimientos hacia mi padre y su esposa-. Ahora debo ir al pueblo para preparar mi partida. Brandon quedará a cargo.
-¿Cuándo planeas viajar?
-No estoy seguro. Lo discutiré con Sarah, pero probablemente en una semana -respondí levantándome-. Debo irme. Cuida de nuestro pajarito.
Mi tía asintió, entre risas, y me despedí con un beso en su frente antes de partir hacia el pueblo. Debía organizarlo todo antes de mi viaje, cuya fecha aún era incierta. Subí al carruaje y me dirigí al pueblo, reflexionando sobre mi padre, su carta y la mujer que ahora ocupaba el lugar de mi madre.
Verónica
Paseaba por el jardín, disfrutando de una rara sensación de felicidad; era la primera mañana que amanecía sin las marcas de la violencia de Antonio. Una sonrisa se dibujó en mi rostro al pensar en su ebriedad, que lo había sumido en un sueño tan profundo que no me buscó. El clima era perfecto, y el sol me envolvía con su cálido abrazo.
Me acomodé en el banco del jardín, dispuesta a sumergirme en la lectura y la calma del día. Inspiré profundamente, preparándome para las primeras líneas, pero mi concentración se rompió al ver a mi nana acercándose con prisa, su mirada cargada de algo que me heló el alma. Dejé caer el libro y me levanté para encontrarme con ella, mi expresión reflejaba la confusión que sentía.
-¿Qué ocurre, nana? -pregunté, la ansiedad tiñendo mi voz.
-Al fin te hallo, mi niña -respondió intentando calmarse-. Hay un problema.
-Dime, Nana, ¿qué pasa? -insistí, cada vez más inquieta.
-Elisa te ha enviado una carta -reveló, entregándome un sobre con manos temblorosas-. Albert me la dio a escondidas de Antonio.
-¿Eli? -balbuceé, el nombre de mi prima evocando un torbellino de emociones y temores.
Tomé asiento nuevamente, el sobre entre mis dedos temblorosos. La posibilidad de que esta no fuera la primera carta de Eli y de que su paciencia se estuviera agotando me llenaba de inquietud. Eli era un ser de luz y paciencia, pero su instinto protector no conocía límites cuando sospechaba que algo andaba mal. Levanté la vista hacia mi nana y dejé escapar un suspiro.
-¿Albert mencionó cuántas cartas ha enviado Eli? -pregunté, buscando alguna pista en su mirada.
-No lo especificó, pero sospecha que hay más -confesó, sentándose a mi lado-. Sabes cómo es Antonio; se queda con todas las cartas cuando visita el correo.
-Y conozco a Eli; no descansará hasta descubrir la verdad -murmuré, la resignación pesando en mi voz-. Leeré su carta y, según lo que diga, tendré que enfrentarme a Antonio y soportar su ira.
-Pero, mi niña, es peligroso confrontarlo -advirtió apretando mi mano con fuerza.
-Lo sé, Nana, pero si Eli decide venir... -Tragué saliva, considerando las consecuencias-. Conoces su determinación.
-La conozco bien, mi niña -asintió Doty, exhalando un suspiro pesado-. Oremos para que aún haya tiempo y no cometa la imprudencia de venir.
Con un gesto de asentimiento, tomé una bocanada de aire y abrí el sobre con cuidado, extrayendo la carta de Eli.
Mis ojos recorrieron las palabras escritas, cada línea un posible presagio de lo que estaba por venir.
~ 6 de Julio de 1864 ~
Querida Verónica,
Con un corazón lleno de incertidumbre, tomo la pluma para escribirte. La ausencia de tus palabras ha dejado un vacío en mi correspondencia y me encuentro perpleja ante tu silencio. Me pregunto si, sin saberlo, he cometido algún error que te haya llevado a distanciarte. Aunque he considerado que las ocupaciones diarias o un desafortunado extravío de mis cartas podrían ser la causa, algo me dice que no es el caso.
La falta de claridad en tu ausencia me lleva a cuestionar si, inadvertidamente, te he ofendido. He repasado nuestros últimos intercambios en busca de alguna pista, pero nada parece justificar tu retiro. Creo firmemente que merezco al menos una explicación, y en mi búsqueda de respuestas, recurrí a mis tíos hace ya un mes. Su desconocimiento de tu paradero en los últimos ocho años solo añade misterio a tu silencio. Entiendo que puedas tener diferencias con ellos, pero ¿conmigo? ¿Qué he hecho para merecer esta prolongada ausencia?
No sé si mis palabras escritas han llegado a tus manos, pero quiero que sepas que siempre puedes contar con mi apoyo incondicional. Si te encuentras en una situación que te impide responder, no dudes en pedir mi ayuda. Es por esta razón que he decidido emprender el viaje para descubrir la verdad, aunque ello signifique dejar a mi querida hija y esposo por unos días. Sí, maravillosa prima, he sido bendecida con la maternidad hace tres años. Ignoro si estás al tanto o si esta noticia te ha causado algún disgusto, pero estoy resuelta a esclarecer esta situación, ocurra lo que ocurra. Incluso si decides responder a esta carta, mi determinación de visitarte es inquebrantable y espero que estés preparada para recibirme, pues no partiré hasta conocer la verdad detrás de tu retiro.
Con la esperanza de un pronto reencuentro, te envío un abrazo fraterno.
Atentamente, Elisa Marianne Bronwing de Frederick
Al terminar de leer las palabras de Elisa, un escalofrío recorrió mi cuerpo. La certeza de que, independientemente de mi respuesta, Elisa se presentaría en mi hogar, me llenó de temor ante la posibilidad de enfrentamientos con Antonio. Mis manos, traicioneras, comenzaron a sudar, reflejando el miedo y la ansiedad que me invadían. Conocía bien la determinación de Elisa; una vez que algo se anidaba en su mente, no había vuelta atrás.
-Mi niña, ¿qué ocurre con Eli? -preguntó mi nana, alarmada al ver mi estado.
-Eli... Eli vendrá -logré articular, aún en estado de shock-. No importa lo que haga, ella vendrá en busca de respuestas.
-Esto no puede estar sucediendo -murmuró mi nana, su voz teñida de temor-. ¿No hay manera de disuadirla? ¿Quieres que intente escribirle?
-No, Nana -respondí, las lágrimas asomando en mis ojos-. Conoces su tenacidad, una vez que se propone algo, es inamovible -afirmé, temblando ante la idea de la ira de Antonio.
-Mi querida niña. -Me consoló con un abrazo-. Debemos encontrar una solución para evitar su llegada.
-Nana, sabes que es inútil -repliqué, sosteniendo su mirada-. Solo un milagro podría detenerla.
-Entonces, oremos por ese milagro -dijo abrazándome con fuerza.
La posible visita de Elisa no solo me preocupaba por los conflictos que podría generar con Antonio, quien rechazaba cualquier vínculo con mi familia, sino también por las consecuencias que podría acarrear. A pesar de mis esperanzas por un cambio de planes por parte de Elisa, sabía que su resolución era férrea y que vendría, sin importar los obstáculos.
Verónica no se equivocaba en sus presentimientos: en ese preciso instante, un carruaje se detuvo ante una residencia suntuosa. De él descendió Elisa, ataviada con un vestido de tonos rojos y adornos negros que destacaban su elegancia. Sus manos estaban cubiertas por guantes de raso negro, y con gracia desplegó su paraguas carmesí para resguardarse de los rayos del sol matinal. A su lado, emergió de la carroza su esposo, el coronel George Andrew Frederick, un hombre de aspecto noble, con ojos de un azul profundo y cabellos de un castaño claro. Aunque le llevaba quince años, su presencia era de una seriedad imponente, que reflejaba su cultura y la devoción y protección constante hacia Elisa.
Elisa
Bajé del carruaje y mis ojos se posaron en la casa que George había adquirido en Cassidy, el lugar que me vio crecer. Una sonrisa se dibujó en mi rostro al evocar los días de infancia jugando con Verónica. La mano de George en mi brazo me devolvió al presente, y le correspondí la sonrisa.
-¿Estás bien, amor? -preguntó George, observando el entorno.
-Sí, solo revivía recuerdos de mi niñez aquí -respondí con una sonrisa-, es reconfortante regresar.
-Recuerda que es solo por unos días -comentó, besando mi mano con afecto.
-Lo sé -afirmé sonriendo- y entiendo que tienes compromisos en el cuartel de Dombrich. Podría haber venido con Emma, sola.
-Nunca permitiría que viajaras sola, menos con los riesgos que acechan en los caminos -dijo, besando mi mano tiernamente-, y menos aún con nuestra pequeña Emma.
Al entrar en la casa, la belleza del lugar me cautivó. Los tonos suaves de las paredes y las alfombras rojizas adornadas con plumas creaban un ambiente de ensueño. George había cuidado cada detalle pensando en nosotros y en Emma.
-Es preciosa -exclamé, admirando la casa y las lámparas colgantes-. Es de una elegancia excepcional.
-Mientras estemos aquí, quiero que estemos a gusto -dijo uniéndose a mi lado.
-Es maravillosa -dije, aún fascinada-, aprecio mucho que me acompañes.
-Siempre estaré contigo, y sé que te preocupa tu prima -expresó, acariciando mi mejilla con dulzura-. Quizá no sea nada y solo sea tu imaginación.
-No comprendes, George -dije, angustiada por Verónica-. Ella no es así, puede estar molesta con sus padres, pero no conmigo. -Lo miré con pesar-. Algo sucede y no puede decírmelo.
-Entiendo, querida -dijo, tomando mis manos con gentileza-, y por eso estamos aquí, para darte paz.
-¿Y si ese hombre le ha hecho daño? -pregunté, preocupada.
-No lo sabremos hasta que hables con ella -habló sosteniendo mi rostro para besarme la frente-. Ahora descansa del viaje, mañana hablarás con Verónica con calma y resolverás todo.
Asentí y lo abracé. George era protector y siempre me brindaba su apoyo. A pesar de la diferencia de edad, era un caballero en todo sentido y siempre me trató con respeto. Mis padres me casaron con él sin amor, pero con el tiempo, su trato y personalidad me hicieron quererlo.
Luego, la nana de Emma apareció con mi hija. Al ver a nuestra pequeña princesa, George y yo sonreímos. Emma, con solo tres años, cabellos castaños como los míos y ojos azules como los de su padre, tenía una personalidad vivaz y aventurera. George la alzó en brazos y me acerqué para abrazarlos a ambos.
-¿Te gusta tu nuevo hogar, mi pequeña? -pregunté, acariciando su mejilla.
-Sí, mamá -respondió con los ojos brillantes como los de su padre.
-Me alegra, porque tengo un regalo para ti, princesa -anunció George, sonriendo.
-¿Qué es, papá? -inquirió Emma, llena de emoción.
-Pronto lo descubrirás -dijo George sonriendo.
Negué con una sonrisa hacia George, quien siempre nos mimaba con regalos. Los tres nos dirigimos al jardín, y mientras George iba por la sorpresa, sostuve a Emma en mis brazos. Momentos después, apareció con una caja rosa adornada con un lazo a juego.
-Aquí tienes tu sorpresa, mi pequeña -dijo George, colocando el regalo en el suelo-, espero que sea de tu agrado.
Dejé a Emma en el suelo y la ayudé a desatar el lazo para abrir la caja. Ambas quedamos encantadas con el contenido.
-Papá, ¡qué bonito! -exclamó Emma, sacando un cachorro blanco y esponjoso-. Es precioso, gracias.
-No tienes por qué, mi niña -respondió George, sonriendo-, cuídalo y quiérelo como nosotros te queremos a ti, ¿de acuerdo, Emma?
-Sí, papá -dijo Emma, acariciando al perrito.
Le sonreí a George, agradecida por el regalo para nuestra hija. Su amor por Emma era inmenso, y siempre la cuidaba y consentía. George era un padre excepcional. Nos pusimos de pie para observar a Emma jugar con su nueva mascota.
-Te adora aún más cuando la consientes -exclamé sonriendo.
-Y yo las amo aún más a ambas -dijo George abrazándome-, son mi vida y mi alegría.
Le devolví la sonrisa y le di un beso tierno, acariciando su mejilla. Continuamos mirando a nuestra pequeña disfrutar con su nuevo amigo peludo.