En el jardín, Verónica meditaba sobre cómo eludir discretamente a su prima, evitando levantar sospechas sobre la violencia y el abuso que sufría a manos de Antonio. Dorothea la contemplaba, incapaz de apaciguar su ansiedad, y tomó sus manos, buscando su mirada antes de que otro arrebato nervioso se apoderara de ella.
-Tranquila, mi niña, encontraremos la manera de protegerte de Elisa -susurró Dorothea, con una mirada compasiva hacia Verónica.
-Nana, conoces a mi prima. Es obstinada y no descansará hasta descubrir la verdad -respondió con la voz teñida de nerviosismo.
-Lo sé, mi niña -afirmó Dorothea, envolviendo a la joven en un abrazo reconfortante.
Verónica se refugió en los brazos de la mujer, implorando en silencio por un milagro. Y pareció que sus plegarias habían sido atendidas, pues en ese momento, Lucía, la sirvienta más joven de la mansión, se aproximó a toda prisa con noticias alentadoras.
-¡Señora Verónica, señora Verónica! -exclamó Lucía, recuperando el aliento tras su carrera.
-¿Qué ocurre, Lucía? ¿Por qué esa prisa? -inquirió Verónica, acercándose a la muchacha.
-Es sobre el señor -dijo Lucía, dirigiendo una mirada significativa a Verónica-. Partirá de viaje hoy mismo.
-¿De veras? -Verónica no pudo ocultar su asombro-. ¿Estás segura, Lucía?
-Por supuesto, señora. El señor ha ordenado a mi tía preparar su equipaje -respondió Lucía con una sonrisa que iluminaba su rostro-. Pero antes, me envió para informarle a usted.
Verónica se llevó una mano a la boca, sobrecogida por la noticia. Su corazón se aligeró, y buscó el abrazo de su nana, sabiendo que aquella ausencia de Antonio le brindaba la oportunidad de hablar con Elisa sin temor. Reflexionó sobre cómo abordar el tema con su prima, buscando evitar un conflicto mayor. Las tres mujeres compartieron una sonrisa de alivio ante la perspectiva de la partida de Antonio. Con paso firme, Verónica se dirigió a la casa para confirmar la noticia con su esposo.
Verónica
Con el corazón palpitante de una alegría que debía ocultar, me acerqué a la casa. Antes de cruzar el umbral, suavicé mi expresión para que Antonio no detectara mi alivio y entré fingiendo ignorancia sobre su inminente partida. Ascendía las escaleras cuando su voz me detuvo; inhalé profundamente y me giré para enfrentarlo, adornando mi rostro con una sonrisa artificial.
-¿Sí, Antonio? ¿Qué ocurre? -pregunté descendiendo los peldaños una vez más.
-Estaré fuera por unos días; hay asuntos que requieren mi atención personal -explicó, con una mirada penetrante.
-Oh, ¿deseas que llame a alguien para que prepare tu equipaje? -ofrecí con cortesía.
-No es necesario, Julia ya se encarga de ello -respondió con severidad, sujetando mi brazo con firmeza-. Y quiero que entiendas, Verónica, que no toleraré ninguna insensatez durante mi ausencia. Las consecuencias serán mucho peores que antes, ¿queda claro, querida? -amenazó, apretando mi brazo con más fuerza.
-Sí, Antonio, no habrá problemas -aseguré, sintiendo un nudo en el estómago al evocar aquellos oscuros recuerdos.
-Espero que te comportes, porque sabes lo que te espera si no lo haces -advirtió, su mirada fija en mí-. Si te atreves a desobedecerme, no serás tú quien sufra, sino que te haré daño donde más te duele. ¿Comprendido?
-Entendido, Antonio -murmuré, bajando la vista, intimidada-. Me comportaré, tienes mi palabra.
-Bien, entonces ve y dile a Albert que prepare el carruaje -ordenó sin apartar sus ojos de mí.
-Enseguida le aviso -respondí.
Estaba a punto de retirarme cuando él me tomó de la mano y me atrajo hacia sí, sujetando mi rostro entre sus manos y besándome con una pasión que rozaba la violencia. Sus besos revolvieron mi estómago y me llenaron de repulsión. Liberada de su agarre, salí al exterior y me apoyé contra una pared para expulsar la náusea que Antonio había provocado en mí. Alguien sostenía mi cabello con delicadeza mientras vaciaba el contenido de mi estómago.
Recuperada, acepté el pañuelo que me ofrecían y limpié mi boca, solo para descubrir que era Lucía quien me había asistido. Me obsequió una sonrisa compasiva.
-Gracias, Lucía -dije devolviéndole el pañuelo.
-No hay de qué, señora -respondió aceptando el pañuelo.
-¿Podrías pedirle a Albert que prepare el carruaje para el señor? -solicité, y le ofrecí una sonrisa.
-Por supuesto, señora -afirmó Lucía, sonriendo-. Iré a decírselo ahora mismo.
Antes de que se alejara, la detuve con una corrección.
-¿Hay algo más que necesite, señora? -preguntó, confundida por mi llamado.
-Solo quería agradecerles a todos por su apoyo -respondí mirándola con gratitud.
-No tiene que darnos las gracias, señora -habló Lucía, sonriéndome y tomando mis manos-. Usted es una luz en esta gran mansión y no merece lo que le hace ese hombre cruel. No debería sufrir abusos ni golpes -declaró, mirándome con firmeza.
Asentí y sequé una lágrima traicionera que había escapado por las palabras de Lucía. Ella me obsequió otra sonrisa y se fue en busca de Albert. Tras un breve momento, regresé a la casa para despedir a Antonio por cortesía. Me acerqué a él, que ya salía con su maletín en mano.
-¿Te marchas ya? -pregunté con una mirada que intentaba ocultar mi alivio.
-Así es -respondió él, acercándome bruscamente hacia su figura imponente-. Confío en que sabrás comportarte en mi ausencia, querida esposa.
-Por supuesto, Antonio. Te aguardarán buenas nuevas a tu regreso -repliqué, disimulando la repulsión que me provocaba su contacto.
-Así lo espero, querida. -Sus labios se apoderaron de los míos con una fuerza que rozaba la violencia, mordisqueando sutilmente mi boca-. Cómo voy a extrañar este cuerpo tuyo.
Tras besarme una vez más y marcar mi cuello con la huella de su deseo, se alejó y ascendió al carruaje. El vehículo se puso en marcha y yo quedé inmóvil; una oleada de repugnancia y nerviosismo me invadió, provocada por las palabras lascivas de Antonio y el recuerdo de las noches de tormento a su lado.
Una lágrima traicionera se deslizó por mi mejilla, pero la sequé con rapidez. Entré a la casa, ya sin rastro del carruaje, y respiré hondo, consciente de que disfrutaría de unos días de paz, libre de la coacción y el maltrato de Antonio. Me acomodé en el sofá, reflexionando sobre Elisa y el discurso que le debía por mi silencio ante sus cartas.
-Aquí tienes, mi niña, esto calmará tus nervios -dijo mi nana, ofreciéndome una taza de té.
-Gracias, nana. -Exhalé un suspiro-. He estado pensando... ¿Qué le diré a Elisa cuando venga a verme?
-¿Puedo sugerirte algo, niña? -propuso mi nana, sentándose junto a mí y capturando mi mirada.
-Por supuesto, Nana -asentí, entrelazando nuestras manos.
-Deberías confesarle la verdad a Eli -aconsejó, y sentí un escalofrío recorrerme.
-Nana, no puedo. Sabes que ella movería cielo y tierra para salvarme -confesé, mirándola directamente.
-Precisamente porque conozco a tu prima, creo que es hora de que sepa la verdad -insistió, apretando mi mano con ternura.
-No lo sé, Nana. Lo pensaré -murmuré desalentada.
-Reflexiona sobre ello, pequeña -me animó-. Pero creo que es lo correcto. Eli te adora y merece conocer tu realidad.
-Y si algo malo le sucede por mi causa... -balbuceé, las lágrimas asomando nuevamente-. No soportaría que ella o tú sufrieran por mi culpa.
-Entiendo, mi niña. -Me consoló con un abrazo-. Solo ten en cuenta mi consejo, ¿de acuerdo?
Asentí, y ella se retiró a continuar con sus labores. Yo me quedé sola, en el sofá, saboreando el té y meditando sobre las palabras de mi nana. La incertidumbre y el temor a la reacción de Elisa me atenazaban. Apoyé mi cabeza en el brazo del sofá, perdida en mis pensamientos.
La joven se dejó llevar por la corriente de sus reflexiones, perdida en un mar de contemplaciones y conjeturas. Mientras tanto, en la tranquilidad de su morada, Elisa también se encontraba sumida en pensamientos sobre su prima, tejiendo en su mente los hilos de una conexión invisible que las unía a pesar de la distancia.
Elisa
En la tranquilidad de mi habitación, mientras peinaba mi cabello, mis pensamientos vagaban hacia mi prima Verónica. El peso de su silencio me abrumaba, y las cartas sin respuesta se acumulaban como ecos de una preocupación latente. Con un suspiro, dejé a un lado el cepillo y saqué de mi joyero la delicada cadena con la estrella que una vez compartimos. La contemplé y una sonrisa nostálgica afloró en mis labios al evocar los días de nuestra infancia, cuando la vida era sencilla y nuestra unión, inquebrantable.
-¿Estás pensando, mi amor? -preguntó mi esposo, rodeándome con un abrazo reconfortante desde atrás-. ¿Y esa preciosa cadena?
-Es el recuerdo de los días de juego con Vero -respondí con un suspiro, girándome para encontrarme con su mirada comprensiva-. Su cambio me desconcierta, no logro comprenderlo -confesé, con la preocupación por mi prima tiñendo mi voz.
-Escucha, querida -habló él, arrodillándose ante mí y sosteniendo mi rostro con ternura-, lo que sea que ocurra, lo sabrás mañana. Y si ella nos necesita, estaremos allí -me aseguró con un beso en la frente, lleno de dulzura-. Pero ahora ven, vamos a descansar. Deja que te cuide y te consienta esta noche -invitó con una sonrisa cálida.
Correspondí a su sonrisa y acepté su beso, que él profundizó con un abrazo protector. Juntos, nos dirigimos hacia la cama, manteniendo el contacto en un baile de pasos sincronizados. Con delicadeza, me recostó y se acomodó a mi lado, respetando mi espacio. Nuestros labios se encontraron en un beso lleno de promesas y entendimiento mutuo, una danza de afecto que nos unía en un lazo perfecto.
-Eres tan hermosa, cariño -expresó George mirándome con deseo-, nunca me cansaré de ti, amor mío.
-Tampoco yo de ti, cariño. -Suspiré por sus besos-. Sigue, amor mío.
Y así, poco a poco, dejé que su lengua invadiera mi boca y se entrelazara con la mía en un juego que encendía la habitación. Los besos de George abandonaron mis labios y se deslizaron hacia mi cuello, provocándome gemidos de placer, mientras sus manos descendían desde mi cintura por mis piernas hasta el dobladillo de mi vestido de dormir, subiéndolo a medida que acariciaba la piel desnuda de mis piernas.
Suspiré con la maravillosa sensación de sus caricias sobre mí; mis manos empezaron a desabotonar lentamente su camisa para luego sacársela y acariciar su cuerpo tonificado con mis dedos, provocándole suspiros de deleite.
-Cariño, el roce de tus manos es fuego para mí -murmuró, besando mi cuello y mordiéndolo suavemente.
Sonreí y pasé mis manos por su cabello mientras George bajaba el tirante de mi vestido de dormir y se dedicó a besar el valle de mi busto. Se separó un poco para sacarse el resto de la ropa, tirándola al suelo rápidamente mientras yo me quitaba el vestido de dormir y, siguiendo su ejemplo, quedé completamente desnuda. Mordió su labio al mirarme con deseo y se acomodó encima de mí. Nuestros labios volvieron a besarse desesperadamente mientras nuestras partes íntimas se rozaban, haciéndonos gemir a ambos. Apartó suavemente mis piernas para acomodarse entre ellas y, rápidamente, entró haciéndome suspirar por su contacto. Comenzó a moverse lentamente dentro de mí, haciendo que mis piernas se enrollaran en su cintura para acercarlo aún más. Nuestros movimientos se volvieron cada vez más profundos, llenos de sentimientos, y nuestros cuerpos respondían al placer que obteníamos cada vez que hacíamos el amor.
George siempre fue delicado y dulce al tener intimidad. Me ha cuidado y me ha tratado siempre muy bien, especialmente cuando perdí mi virginidad con él. Realmente era un hombre maravilloso y eso me alegraba bastante, ya que me respetaba y me daba mi espacio.
Seguimos moviéndonos con deseo hasta que no pudimos aguantar más y llegamos a la sensación juntos. Él se retiró de mí y se acomodó a mi lado mientras nuestras respiraciones se calmaban. Lo miré con una sonrisa y él me atrajo hacia él correspondiendo a mi gesto. Besó mi cabeza mientras abrazaba mi cintura y me acomodé sobre su pecho, sintiendo cómo mi corazón se calmaba.
-Cada vez me sorprendes más, mi amor -murmuró acariciando mi espalda desnuda.
-Tú me sorprendes a mí, cariño -respondí sonriéndole, y besé su pecho-. Gracias, George, por lo que haces por mí, por venir hasta aquí y acompañarme con lo de mi prima.
-Cariño mío, siempre podrás confiar en mí -sonrió y me hizo mirarlo-. Aparte de ser tu esposo, soy tu amigo y siempre te apoyaré en lo que decidas, preciosa.
-Te amo, George, y me alegra mucho haber encontrado un hombre maravilloso como tú, además de ser un padre maravilloso para Emma.
-Ustedes son lo más importante para mí, cariño -mencionó, acariciando mi mejilla con delicadeza-. Si al principio nuestro matrimonio no fue por amor, hoy nos amamos y formamos una hermosa familia. -Me miró con amor, al igual que yo-. Ustedes son la luz de mi vida y las amo con cada latido de mi corazón.
Nos miramos y luego nos acercamos para besarnos dulcemente, con muchas emociones intensas por el otro, hasta que finalmente sentí mis ojos cerrarse por el cansancio y me quedé dormida en el pecho de mi esposo.