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¡Ese príncipe es una chica! La pareja esclava cautiva del rey vicioso

¡Ese príncipe es una chica! La pareja esclava cautiva del rey vicioso

img Hombre Lobo
img 1 Capítulo
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img Kiss Leilani
5.0
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Acerca de

No saben que soy una chica. Todos me miran y ven a un chico. Un príncipe. Esos seres compran humanos como yo para satisfacer sus deseos lujuriosos. Y, cuando irrumpieron en nuestro reino para comprar a mi hermana, intervine para protegerla. Hice que me llevaran también. El plan era escapar con ella en cuanto encontráramos una oportunidad. ¿Cómo iba a saber que nuestra prisión sería el lugar más fortificado de su reino? Se suponía que debía quedarme al margen. Yo era la que realmente no necesitaban. La que nunca quisieron comprar. Pero entonces, la persona más importante de sus tierras bárbaras, su despiadado rey bestia, se interesó por el "hermoso principito". ¿Cómo sobrevivimos en este reino brutal, donde todos odian a los de nuestra clase y no nos muestran misericordia? ¿Y cómo alguien, con un secreto como el mío, se convierte en esclavo de la pasión? *** NOTA: este es un romance oscuro, con contenido maduro y oscuro. Clasificado para mayores de 18 años. Espera temas y contenido fuerte. Si eres un lector experimentado de este género, buscando algo diferente, preparado para aventurarse a ciegas sin saber qué esperar en cada giro, pero ansioso por saber más de todos modos, ¡entonces sumérgete! *** De la autora del bestseller internacional: "La esclava odiada del rey alfa".

Capítulo 1 Introducción

UREKAI:

En tiempos antiguos, los Urekai eran los seres más fuertes y poderosos de la Tierra.

En la lengua antigua los llamaban "bestias aterradoras", ya que, como los hombres lobo, podían transformarse en bestias; como los vampiros, consumían sangre; y, además, caminaban entre los humanos sin que nadie lo supiera.

Los seres inmortales, pacíficos y desinteresados preferían mantenerse al margen, pero a pesar de que desconfiaban de ellos, nunca respondían con agresividad.

Permitían el paso a cualquier especie que deseara entrar en sus tierras más allá de la gran montaña y recibían a todos con hospitalidad.

Sin embargo, hace cinco siglos, una especie inesperada atacó a la raza Urekai durante su noche de mayor debilidad. Eran los humanos.

Mientras protegía a su pueblo, el Gran Rey Daemonikai perdió el control de sí mismo y se volvió salvaje, convirtiéndose en un peligro para las mismas personas que había jurado proteger.

A pesar de que parecía imposible, los Urekai consiguieron capturara su rey en forma bestia, lo encerraron en una jaula segura y se aseguraron de que nunca pudiera escapar.

Sin embargo, consumidos por el odio que sentían hacia los humanos, los Urekai se sumieron en la oscuridad y se convirtieron en las bestias aterradoras que los demás siempre habían temido, y aceptaron su monstruosidad con orgullo.

HUMANOS:

Después de la invasión de los Urekai, se produjo el brote de un virus misterioso.

Nadie sabía de dónde procedía, pero muchos especulaban que el ataque a los Urekai había sido la causa.

Aunque la mayoría de los hombres lograron recuperarse tras una larga lucha, el virus resultó ser mortal para la mayoría de las mujeres.

Las supervivientes rara vez daban a luz niñas. Las pocas que quedaban o nacían se convertían en bienes escasos y codiciados.

En muchos reinos, los padres codiciosos vendían a sus hijas a casas de reproducción. Algunas eran obligadas a entrar en burdeles, donde existían únicamente para el placer de los hombres. Otras sufrían terribles abusos a cambio de protección.

Ni siquiera los ricos y los privilegiados podían garantizar la seguridad de las mujeres en sus vidas, ya que la mera visión de una mujer, sin importar su edad, atraía atención no deseada.

Las niñas y jóvenes se enfrentaban a un peligro constante, pues la sociedad no era un lugar seguro para ellas.. . . .

Prólogo

Tierras humanas: Reino de Navia.

"E-es una niña, su alteza".

El príncipe Garret se paralizó.

Al girarse para mirar al médico del palacio, las manos que tenía apoyadas sobre el cuerpo agotado de su esposa temblaron sin control.

Había organizado el parto en secreto meses atrás, y ahora se escondían en una de las salas subterráneas del palacio, donde su amada esposa, Pandora, daba a luz.

"¿Qué acabas de decir?". Garret esperaba haber oído mal, pues tal vez se había equivocado.

¡Por favor, dioses, que fuera un error!

Sin embargo, la lástima en el rostro del anciano era inconfundible. El curandero del palacio giró el pequeño bulto que sostenía en sus brazos y confirmó: "La bebé es una niña".

El terror cruzó el rostro de Pandora mientras se incorporaba para ver más de cerca a su bebé.

"No. Oh, dioses, por favor, no...". Sacudió la cabeza con fuerza, mientras nuevas lágrimas se acumulaban en sus ojos.

Al sanador se le llenaron los ojos de lágrimas. "Lo siento mucho, alteza".

"¡¡¡No!!!", gritó Pandora, hundiendo el rostro en los brazos de su esposo, mientras soltaba sollozos desgarradores.

Garret se quedó entumecido mientras abrazaba a su esposa.

Su primogénita, Aekeira, ni siquiera tenía cuatro años, y el rey ya estaba negociando con el reino de Cavar para venderla al mejor postor.

Todo porque, al parecer, Navia "necesitaba más fondos".

El rey Orestus era el hermano de Garret, pero era un tirano, y su palabra era la ley.

¿Y ahora qué? ¿Y ahora otra niña? ¿Dos hijas?

A Garret se le llenaron los ojos de lágrimas mientras miraba al bulto lloroso que se retorcía en los brazos del sanador.

El mundo no era seguro para ninguna de sus dos hijas.

"La criaré como si fuera un niño", declaró Pandora de pronto.

Los ojos del sanador se abrieron de par en par. "¿Sugiere que mantengamos su identidad en secreto?".

"Sí", afirmó Pandora, con la determinación fortaleciéndose en su voz. "Nunca nadie la verá como niña. ¡Nadie se enterará jamás!".

"P-pero es imposible ocultar algo así, majestad". El sanador entró en pánico y exclamó: "¡El rey ordenará nuestra ejecución!".

"Entonces, nos llevaremos el secreto a la tumba". La voz de Pandora sonó feroz al responder: "Fui incapaz de proteger a mi primera hija, pero por los Dioses de la Luz, protegeré a la segunda".

'Es demasiado peligroso', pensó Garret, pero aun así estaba de acuerdo. Esta era su mejor oportunidad para mantener a salvo a su hija, así que la aprovecharían.

"Por lo que a nosotros respecta, el bebé que di a luz hoy es un varón". Pandora miró al bebé y añadió: "Su nombre es Emeriel. Emeriel Galilea Evenstone".

Emeriel era un nombre neutro, y también significaba "Protección del Cielo" en la antigua lengua. A Garret le gustó el nombre.

Además, era apropiado, ya que su hija necesitaría toda la suerte y la protección del mundo.

"Estoy de acuerdo", dijo Garret en voz alta, con el plan ya claro en su mente.

El príncipe hizo jurar a los otros dos hombres de la habitación que guardarían el secreto.

Esa noche, Garret y su esposa se pararon junto a la pequeña cuna del bebé, mientras observaban a su recién nacida dormir. Al otro lado de la habitación, su hija de tres años, Aekeira, estaba acurrucada bajo una manta, y su pequeño pecho subía y bajaba tranquilamente.

"En todos mis años en este mundo, nunca había visto a nadie dar a luz a dos niñas, Garret", susurró Pandora, con la voz quebrada.

Luego lo miró, con los ojos brillantes por las lágrimas. "No sé qué significa esto para nosotros... o para ellas".

Garret le puso una mano en el hombro y le dijo con voz tranquilizadora: "Quizá signifique que tienen un gran destino que cumplir".

"O una gran pena en su futuro". Los ojos de Pandora se desviaron hacia su hija mayor, con una expresión preocupada. "Tengo tanto miedo por ellas. ¿Cómo pudo ocurrir algo así?".

"Tal vez has sido tocada por los dioses, mi amor", dijo Garret para consolarla.

"Lo dudo mucho. ¿Por qué yo? ¿Por qué nosotros?".

Él no supo qué responder.

"Si eso es cierto", sollozó Pandora, mientras acariciaba la suave mejilla del bebé con sus dedos. "Que ese dios proteja siempre a mis niñas. Nosotros no siempre estaremos aquí para hacerlo".

Garret atrajo a su esposa hacia sus brazos, abrazándola con fuerza, mientras luchaba por ocultar su propia preocupación.

Porque ella tenía razón:

¿Qué probabilidades había de que una pareja en estos tiempos diera a luz no solo a una, sino a dos hijas?

Ninguna, absolutamente ninguna.

Mientras contemplaba a sus hijas dormidas, una oración surgió en su corazón y rezó: "Seas el dios que seas, por favor... protege a nuestras ángeles".

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