El sonido de la tormenta golpeando los ventanales de la mansión Blackwood era ensordecedor, pero para Ivy Sinclair, el verdadero estruendo provenía de los latidos desbocados de su propio corazón.
El sonido de la tormenta golpeando los ventanales de la mansión Blackwood era ensordecedor, pero para Ivy Sinclair, el verdadero estruendo provenía de los latidos desbocados de su propio corazón.
De pie frente a las pesadas puertas de roble de la habitación principal, Ivy apretó las manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Sus palmas estaban marcadas por pequeñas cicatrices; quemaduras de la estufa por prepararle la sopa a la temperatura exacta que él exigía, cortes de los vasos rotos que él lanzaba contra la pared en sus peores ataques de ira y frustración. Durante trescientos sesenta y cinco días, ella había sido su enfermera, su sirvienta, su saco de boxeo y, en el silencio opresivo de la noche, su consuelo.
Ella había sido su esposa sustituta.
Cuando la familia Sinclair se enteró de que el todopoderoso magnate Damian Blackwood había quedado ciego tras un accidente automovilístico, el pánico se apoderó de ellos. El contrato matrimonial estaba firmado, pero Elena, la hermana gemela de Ivy, la "hija dorada" y heredera oficial, se negó rotundamente a atar su vida a la de un "inválido amargado". Así que, como siempre, Ivy fue arrojada a los lobos. La obligaron a tomar el lugar de su hermana.
Durante un año entero, Damian creyó que la mujer que soportaba sus gritos, la que le leía los informes financieros hasta quedar afónica, y la que finalmente logró calmar sus demonios nocturnos con suaves caricias en la oscuridad, era su prometida, Elena.
Y hoy, los vendajes de sus ojos serían retirados.
La puerta de roble se abrió con un crujido suave. El doctor Harris salió, quitándose las gafas y esbozando una sonrisa que hizo que a Ivy le faltara el aire.
-La cirugía fue un éxito absoluto, señorita Sinclair -susurró el médico, asintiendo con la cabeza-. Puede ver. Su visión es perfecta.
El mundo de Ivy se detuvo. Puede ver. Finalmente, Damian la miraría. Vería la devoción en sus ojos, reconocería la voz que le había susurrado que todo estaría bien, y quizás, solo quizás, el hombre que le había hecho el amor con tanta desesperación la noche anterior la aceptaría por quien realmente era.
Con paso vacilante, Ivy cruzó el umbral.
La habitación estaba sumida en una penumbra calculada para no dañar sus ojos recién curados, pero la luz de los relámpagos que se colaba por las cortinas entreabiertas lo iluminaba a la perfección. Damian Blackwood estaba de pie frente al ventanal. Su imponente figura, enfundada en un traje oscuro hecho a medida, irradiaba un poder que la ceguera nunca pudo arrebatarle. Se dio la vuelta lentamente. Sus ojos grises, antes nublados y perdidos, ahora eran afilados, fríos y penetrantes como cuchillas de acero.
Ivy sintió que se derretía bajo esa mirada. Separó los labios, lista para decir su nombre, lista para confesarle todo.
-Dami... -empezó.
Pero antes de que la primera sílaba terminara de formarse en el aire, un estrépito en el pasillo interrumpió el momento. El sonido de unos tacones de aguja resonó como disparos contra el suelo de mármol.
-¡Damian! ¡Mi amor!
Ivy se congeló. El eco de esa voz aguda y melodramática la paralizó por completo. Se giró justo a tiempo para ver a Elena irrumpiendo en la habitación. Su hermana gemela estaba empapada por la lluvia, con el maquillaje estratégicamente corrido y el cabello pegado al rostro, luciendo como la imagen perfecta de la heroína trágica y desesperada.
Elena pasó corriendo por el lado de Ivy, empujándola bruscamente por el hombro, y se arrojó a los brazos de Damian.
El cuerpo de Damian se tensó por una fracción de segundo antes de envolver a la mujer que lloraba en su pecho. Cerró los ojos con fuerza y hundió el rostro en el cuello de Elena.
-Elena... -murmuró él, y el tono ronco y cargado de alivio en su voz fue una estaca directa al pecho de Ivy-. Estás aquí.
-Por supuesto que estoy aquí, mi amor -sollozó Elena, aferrándose a las solapas de su chaqueta-. Tan pronto como supe que la operación se había adelantado, tomé el primer vuelo. He sufrido tanto lejos de ti, buscando a los mejores especialistas en Europa como prometí.
¿Especialistas en Europa? La mente de Ivy dio vueltas. Elena había estado viviendo en la Riviera Francesa con un heredero italiano, gastando el dinero que la familia Blackwood les transfería mensualmente.
-Espera -Ivy dio un paso adelante, su voz temblando por la incredulidad-. Damian, no...
Damian levantó la vista. Por primera vez, pareció registrar la presencia de Ivy en la habitación. Sus ojos grises escanearon el rostro de Ivy, idéntico al de la mujer que sostenía en sus brazos, pero su expresión no mostró reconocimiento, solo una profunda y oscura aversión.
Elena se apartó ligeramente del pecho de Damian, girándose hacia Ivy con una expresión de horror manufacturado.
-¡Ivy! -jadeó Elena, llevándose una mano a la boca-. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo pudiste? Damian... -Elena lo miró con lágrimas en los ojos-. Mi hermana me encerró. Cuando supo de tu accidente, me ocultó mis pasaportes y me amenazó. Me dijo que iba a aprovecharse de tu ceguera para robar mi lugar y quedarse con tu fortuna. ¡Traté de volver tantas veces!
-Eso es mentira -susurró Ivy, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. Miró desesperadamente a Damian, buscando alguna chispa de duda en su mirada-. Damian, por favor, mírame. Escucha mi voz. Fui yo. Yo fui quien se quedó a tu lado. Yo te preparaba el café negro sin azúcar a las tres de la mañana. Yo te leí el contrato de la fusión de Vangold. Fui yo quien te abrazó anoche cuando...
-Cállate -la voz de Damian cortó el aire como un látigo. Era un sonido bajo, gutural y cargado de un odio absoluto.
Ivy retrocedió un paso, como si la hubiera abofeteado.
Damian soltó a Elena suavemente y caminó hacia Ivy. La diferencia de altura era intimidante. Él la miró desde arriba con una repugnancia que le quemó la piel.
-Siempre supe que tu familia era un nido de víboras, pero tú, Ivy Sinclair, eres la peor de todas -dijo él, arrastrando cada palabra con veneno-. ¿De verdad creíste que podrías engañarme? ¿Crees que un hombre ciego pierde todos sus sentidos? Sentía tu falsedad en cada momento. Sabía que la mujer que se coló en mi cama no podía ser la mujer que amo.
El dolor en el pecho de Ivy fue tan agudo que apenas podía respirar. No podía ser la mujer que amo. Las palabras destrozaron el frágil cristal de sus esperanzas. Él nunca la amó. Incluso en la oscuridad, él le había hecho el amor al fantasma de su hermana.
-Damian... -intentó de nuevo, con las lágrimas desbordando finalmente por sus mejillas-. Yo te amo. Te cuidé...
-¡Me diste asco! -rugió él, perdiendo la compostura. El eco de su grito resonó en las paredes de la mansión-. Me daba asco tu presencia, pero era demasiado débil para echarte. Jugaste a ser mi esposa mientras la verdadera sufría por tu culpa. Eres una impostora repugnante.
Elena, de pie detrás de él, esbozó una pequeña y cruel sonrisa que solo Ivy pudo ver.
-Sáquenla de aquí -ordenó Damian sin girarse, llamando a los guardias de seguridad que esperaban en el pasillo-. No quiero volver a ver su rostro en mi vida. Si intenta acercarse a esta propiedad o a mi futura esposa de nuevo, me aseguraré de que no vuelva a caminar.
Dos hombres corpulentos entraron de inmediato, agarrando a Ivy por los brazos con brusquedad.
-¡No! ¡Suéltenme! ¡Damian, por favor, estás cometiendo un error! -gritó Ivy, luchando inútilmente mientras la arrastraban hacia la puerta.
Damian ya le había dado la espalda. Estaba abrazando a Elena de nuevo, murmurándole palabras de consuelo, ajeno a los gritos desgarradores de la mujer que le había entregado su alma durante un año.
La arrastraron por el largo pasillo, bajaron las escaleras de mármol y la empujaron a través de las puertas principales.
El impacto contra el asfalto frío fue brutal. Ivy cayó de rodillas, rasgándose la piel. La lluvia torrencial la empapó en segundos, helándola hasta los huesos. Escuchó el estruendo metálico de las inmensas rejas de hierro de la mansión Blackwood cerrándose de golpe frente a ella. El sonido de una prisión bloqueando su entrada, desterrándola al vacío.
Se quedó allí, de rodillas en el lodo, tosiendo y temblando incontrolablemente. La lluvia se mezclaba con sus lágrimas, bajando por su rostro hasta gotear en el suelo. Levantó la vista hacia el segundo piso de la mansión. Las luces cálidas de la habitación principal iluminaban dos siluetas abrazadas frente a la ventana. Él había recuperado la vista, pero estaba más ciego que nunca.
Un trueno retumbó en el cielo, sacudiendo la tierra bajo sus rodillas.
Lentamente, Ivy bajó una de sus manos temblorosas y la posó sobre su vientre aún plano. La ironía de su destino era un sabor a sangre en su boca. Hacía apenas unas horas, se había enterado. Llevaba dentro la semilla del hombre que acababa de desecharla como si fuera basura.
Las lágrimas de Ivy cesaron repentinamente. El frío calaba profundo, pero una nueva sensación comenzó a extenderse por sus venas, quemando desde el centro de su estómago hasta su pecho. No era tristeza. Era una rabia pura, volcánica y transformadora.
Apoyó las manos en el asfalto mojado y, con un esfuerzo sobrehumano, se puso de pie. Su vestido ligero estaba arruinado, manchado de barro y agua, pero su postura cambió. Ya no estaba encorvada bajo el peso de las expectativas de su familia ni bajo el amor no correspondido de Damian Blackwood.
Miró una última vez hacia la ventana iluminada.
Disfruta tu mentira, Damian, pensó, y la voz en su cabeza ya no sonaba sumisa ni asustada. Sonaba fría. Letal. Porque cuando la verdad te alcance, no estaré aquí para atraparte. Y te juro por el hijo que llevo en mi vientre, que el imperio que tanto amas terminará arrodillado a mis pies.
Ivy Sinclair se dio la vuelta y caminó hacia la oscuridad de la tormenta. Esa noche, la esposa sustituta murió bajo la lluvia, y de sus cenizas mojadas, nació alguien que jamás volvería a suplicar por amor.
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