Una mañana agradable, en una hermosa villa de tres pisos, una familia de tres desayunaba alegremente; charlaban y reían.
El hombre era alto, de piel blanca, pelo negro como la noche, rostro apuesto y una sonrisa encantadora. Tenía un carácter muy bueno: amable, humilde y amoroso con su familia. Poseedor de unos ojos peculiares, tan bellos, capaces de hipnotizar a cualquiera que mirara más de la cuenta. Este par de ojos traía consigo un defecto congénito heredado que lejos de restarle atractivo, lo dotaba de un aire misterioso y encantador.
La mujer no solo era un encanto, era muy hermosa, tanto que despertaba la envidia en muchos corazones: tez blanca, una sonrisa cálida, alta, cuerpo perfecto, pelo largo y ondulado, tan oscuro como la noche misma. Sus ojos azul aguamarina eran deslumbrantes e hipnóticos; decían a voces que ver sus ojos era como contemplar el inmenso mar y perderse en ellos.
Un hombre apuesto y una mujer hermosa: eran la pareja perfecta.
Y la pequeña, oh, ella no era menos. Heredó lo bueno de ambos: belleza, encanto, carácter, modales y aquellos misteriosos ojos heredados de su padre. Aunado a ello, una inteligencia sin precedentes que superaba a cualquier niño o adulto en toda la región. Nació como una niña genio, prodigio del conocimiento y la sabiduría, sin embargo lo ocultaba bien; no quería ser vista como una rareza, sino solo como cualquier otro niño disfrutando de una infancia ingenua.
Mientras charlaban, la pequeña de la familia preguntó con encanto y ternura:
-¿Papá, podemos ir a pasear al lago de la ciudad? Vamos a pescar y mamá puede cocinar, ¿podemos...?, ¿si? Por favor -ese pequeño "por favor" llevaba consigo un gesto de súplica y un rostro regordete lleno de encanto infantil imposible de rechazar..
El padre no soportaba la idea de negarle nada a ese rostro perfecto, lleno de afecto y amor dijo
-¡Ey, mi pequeña! Por supuesto, eso sí mami está de acuerdo -miró en dirección a su esposa esperando una respuesta.
La pequeña, al escuchar a su padre, giró de inmediato hacia su madre.
-Mami, ¿qué dices? ¿Verdad que podemos...? -suplicaba con ojos brillantes y una sonrisa inocente.
La madre, suspirando con ternura fingió seriedad, que rápidamente sus ojos la delataron y respondió:
-Solo si terminaste tus deberes; no veo el problema.
La pequeña al escuchar aquello se apresuró a responder emocionada:
-¡Ya están hechos! Los terminé ayer. ¿Acaso olvidas que... soy muy inteligente?. Después de todo, soy tu hija.
Su risa burbujeaba por todo el comedor. El brillo en los ojos de la pequeña iluminaba el lugar; solo escucharla saltar de felicidad calentaba el corazón. Mirar sus inocentes gestos contaba la historia de una niña amada y cuidada como si fuera el tesoro más valioso del mundo, tal como debía ser.
La madre, al verla tan feliz, se enterneció. Miró a su esposo y ambos sabían que no podían negarle nada a su preciosa hija. La amaban con todo su corazón y lo único que deseaban era que pudiera crecer sana, feliz, tener una vida sin nada que la dañara y disfrutar de una infancia como cualquier otro niño.
Pero ambos entendían muy bien que eso no podría ser y que, a diferencia de otros niños, su hija tendría que caminar por un camino distinto al resto. Por ello querían darle lo mejor que podían en el poco tiempo que les quedaba juntos, sabiendo que un día tendrían que separarse. Poco sabían que ese día sería el último como familia.
Lo que más dolía y lamentaban era no ver crecer a su preciosa hija ni a su bebé nonato, quien no vería la luz ni disfrutaría de las cosas buenas que la vida podía ofrecer, pero que tendría que conocer la maldad sin haber vivido...
Pronto, la familia viajaba en dirección al lago de la ciudad.
De camino, en el asiento trasero del vehículo se encontraba Aitana Ángeles Clark, dibujaba bocetos de su próxima colección de invierno para la semana de la moda en Milán, quería dejar todo listo antes de partir. Era una reconocida diseñadora de moda, con una fama y fortuna que pocos alcanzaban siendo tan jóvenes. Cuando tenía 15 años se internó en el mundo de la moda y, desde entonces, su fama solo siguió en aumento, logrando ganarse el nombre de"Reina de la moda".
Sus diseños eran exquisitos, elegantes y únicos, y se agotaban tan rápido como eran lanzados a la venta, haciendo que la demanda superará la oferta.
Al volante se encontraba su esposo, Edward Scarlett Prince. Un hombre muy inteligente que llevó al Golden Group a nuevas alturas desde que se hizo cargo de la empresa a los 18 años. Su fortuna por sí sola era suficiente para vivir diez vidas sin complicaciones. Era un reconocido CEO, con una fama bien merecida y sólida; el ídolo de muchos jóvenes de su generación y, sin saberlo, también de las posteriores.
En el círculo de empresarios y la élite solían llamarlo "El León de la sonrisa triste", por su manera de hacer las cosas y lo que su sonrisa significaba para la competencia. Como alguien acostumbrado a ganar en el juego del poder, cada vez que se enfrentaba a un competidor o problema, su sonrisa era la respuesta anticipada a los resultados finales, como si no supusiera ningún desafío. Eso lo hacía parecer distante y desinteresado, y justamente esa sonrisa provocaba que sus contrincantes se rindieran antes de empezar.
Desde el asiento trasero, la pequeña Alissa decidió no molestar a su madre, y mucho menos a su padre, quien conducía, así que optó por el copiloto.
-Hermano Gus, papá dijo que sabes pescar. Enséñame, aprendo rápido -sonó su vocecita encantadora.
Gus, mirándola con un brillo tierno en sus ojos, le dijo con fingida solemnidad:
-Dudo mucho que así sea, pequeña. Además, las niñas bonitas deben ser elegantes y tiernas en todo momento. Eso de andar pescando déjaselo a los hombres -y se palmeó el pecho con orgullo.
Al escuchar esto, la pequeña Alissa rodó los ojos, se enfadó y respondió con desdén:
-¡Hugh! Ustedes los hombres siempre dicen eso. Nunca escuché que las mujeres no podamos pescar... ¿Sabes? Nosotras también tenemos habilidades, hum... Ya no quiero hablar contigo... ¿Papi, tú me enseñas? -preguntó mirando a su padre con esperanza en la voz.
El hombre, al escuchar esto, solo sonrió y dijo:
-Si mi princesa lo desea, entonces no veo por qué no.
Gus, negando con la cabeza, dijo:
-A fin de cuentas, sigues siendo una niña, no entiendes nada.
Alissa asintió con la cabeza afirmando ese hecho, ya que era verdad:
-Por supuesto que soy una niña; por eso me debo comportar como una. ¿Acaso no sabes que así actuamos los niños? Irracionales, malcriados, tercos y mimados -dijo mientras le sacaba la lengua.
Las carcajadas llenaron el auto.
-Exactamente, tú lo has dicho. Así actúan los niños normales, pero estamos hablando de ti... Tú, en cambio, eres una viejecita gruñona atrapada en el cuerpo de una niña. ¡Jajajaja!-, le rebatió Gus divertido.
Alissa no soportaba que se burlaran de ella por su extrema inteligencia, así que refutó como pudo:
-¡No soy una viejita! Yo no tengo la culpa de ser más inteligente que los demás... -dijo casi gritando, con las mejillas hinchadas y sonrojadas, una vista increíblemente adorable. Al ver que no podía sola, pidió ayuda a su padre-. Papá, ese muchacho me está molestando...
El hombre solo sonrió impotente, aunque en sus ojos había un toque de melancolía. Sabía que pronto ya no podría disfrutar de esos bellos momentos en familia. No podía permitir que su pequeña sintiera el cambio en el ambiente; con lo inteligente que era, no sería difícil para ella hacer suposiciones.
Alissa, al ver que su padre no respondía, se volvió hacia su madre con ojos de cachorrito:
-¡Mamá! Ese muchacho me está molestando. Castígalo, papi no quiere hacerlo -señaló al joven con mirada de agravio.
Estaba haciendo berrinche, algo que pocas veces ocurría, solo cuando se peleaba con Gus y no podía ganar. Cuando eso pasaba, ya no le decía "hermano Gus", optaba por "muchacho", omitiendo su nombre en señal de protesta.
Aitana sonreía e intervino con elegancia:
-Sr. Thomas, haga una concesión por mi bien.
Gus sonrió y asintió, dando por terminada la discusión. Así ambos hicieron tregua y guardaron silencio durante el resto del trayecto al lago.
Pero en medio de aquella alegría, había algo que no encajaba. Una sombra invisible que empezaba a ser sofocante.
Pasaron parte de la mañana platicando, jugando, pescando, comiendo, tomando fotos, grabando videos y cantando, simplemente disfrutando el momento. Qué bonita escena para plasmar en un hermoso cuadro.
Todo estaba perfecto hasta que el timbre del celular rompió el momento.
-Hola, ¿qué pasa...? -respondió Edward, con esa calma que hacía parecer que todo estaba bajo su control.
Del otro lado de la llamada, una voz ansiosa respondió:
-Señor, se están moviendo... Tome a su familia y corra tan lejos como pueda. No le queda mucho tiempo. Su familia es más importante que cualquier otra cosa...
Había urgencia, miedo y nervios ahogados en su tono de voz.
Edward cerró los ojos un momento, miró a la distancia, no se sorprendió por la noticia, era consciente de todo, solo pensó que era demasiado pronto, así que respondió con melancolía y resignación:
-Hay cosas que no podemos evitar, así como batallas que no podemos ganar. Hoy caeré, pero te aseguro que en el futuro, ellos pagarán el precio por su traición y codicia. Amigo mío -respiró hondo-, si tengo la oportunidad, espero verte algún día... Si no, deseo que en mi próxima vida nos volvamos a encontrar. ¡Adiós, mi buen amigo! ¡Cuídate!
La llamada terminó sin darle oportunidad de responder, el hombre al otro lado de la línea solo pudo suspirar y orar por la familia de su amigo mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Había visto crecer al hombre, cuidado a su familia en secreto y arriesgado su vida para darles tiempo y una oportunidad; aun así, no lo logró.
-Si tengo la oportunidad, no permitiré que esos malditos se salgan con la suya. Un día, prometo hacer que caigan. Cuídese, joven maestro, y que Dios lo bendiga a usted y a su familia -murmuró un juramento silencioso antes de alejarse en la oscuridad.
Edward terminó la llamada y miró a su esposa con pena, culpa y amor mezclados. La tristeza se reflejaba en su rostro y en sus ojos llorosos. Había llegado el momento y ya no podía dar marcha atrás.
Caminó a su lado, la abrazó, la tomó de las manos y dijo, -Es hora. Se están moviendo. Sabes lo que tienes que hacer.
Aitana asintió con pesar. Toda la familia, junto con el joven Gus, subieron al auto para volver a casa. Ya no se podía retrasar más.
Gus, al ver sus expresiones, dedujo rápidamente lo que se avecinaba y solo pudo llorar en silencio mientras su mirada se posaba en la pequeña Alissa, quien dormía plácidamente en el regazo de su madre, sin saber ni sentir lo que ocurriría pronto.
Qué bueno era ser niño, tan inocente y, al mismo tiempo, tan ajeno a la maldad del mundo. Lamentablemente, era esa misma inocencia el inicio de algo más oscuro, algo que traería renacimiento, destrucción y una promesa de sangre que tomaría forma con el tiempo y que solo tendría fin cuando aquel que lo rompió y transformó pagará el precio.
"El precio del perdón, es la muerte"... pero ¿realmente es así?
Porque hay personas que ni muertas pueden ser perdonadas, y hay otras que solo vivas pueden cargar con el peso de su culpa.
Porque a veces la muerte no es castigo... es escape
Y vivir no es misericordia... es la verdadera condena, cuando el alma queda atada a una promesa de sangre.
Algunas historias no empiezan con un crimen... Empiezan cuando alguien decide seguir viviendo después de haberlo cometido y no sentir culpa.
sin saber que nada de leo que pasaba a su alrededor.