Había visto a mi madre entrenar como loca los últimos cuatro años después del nacimiento de mi hermano Arne. La vi llorar, maldecir, sufrir, enojarse y gritar de frustración, diciendo que no era lo suficientemente fuerte y que no sería capaz de ganarle a esa bestia que venía por ella.
Vi a mis padres pelear infinidad de veces por esa misma razón. Mi padre era un fiel creyente de que el esfuerzo de mi madre daría frutos y que por fin podrían deshacerse de esa maldición que acosaba a mi familia desde hacía generaciones. Aunque mi madre era más lógica que él en todo sentido y sabía bien lo que iba a pasar esa noche. Sabía que ni todo el esfuerzo y el empeño que había puesto en esos últimos años harían que sobreviviera. Ella lo sabía, y yo también.
Ella era consciente de que todo dependía de mí ahora. Mi mamá me lo había dejado claro durante los últimos cuatro años.
Después de cenar, nuestra última cena familiar, caminamos hasta el campo donde aparecía ese lobo para la pelea. Me sentía realmente nerviosa, ya que una gran cantidad de manadas iba a presenciar el acto. Los murmullos eran demasiado ruidosos, así que simplemente miré a la mano derecha de mi padre, Dress, y al instante entendió mi expresión. Él era mi padrino, así que conocía a la perfección mis gestos, y con un rugido los calló a todos.
Dress tenía hasta ahora dos hijos mayores, Declan y Sonia, y su esposa estaba embarazada de un niño en ese momento. Dress y su esposa Dalia, la mejor amiga de mi mamá, solían bromear diciendo que Declan y yo seríamos compañeros en el futuro. Yo ponía cara de asco y les decía que prefería que me comiera el lobo del bosque.
Mis padres se abrazaron por un largo rato antes de que mi mamá cargara a mi hermano para decirle cuánto lo amaba y que, pasara lo que pasara, siempre estaría con él sin importar nada. Cuando fue mi turno, se arrodilló ante mí y colocó su collar en mi cuello. Ese collar de diamante rojo había pasado de generación en generación y ahora era mi momento de cargarlo y darle el cuidado que se merecía.
-Escúchame, mi amor, necesito que seas fuerte por mí, ¿sí? Tienes que ser fuerte y no quiero que le hagas caso a nadie. Haz lo que creas mejor y, si eso no les gusta a todos estos idiotas, recuérdales quién eres a golpes. Muéstrales que nadie puede meterse con la princesa y nuestra futura reina Alfa, ¿sí, mi amor?-
-Lo sé, mami. Voy a volverme tan fuerte que voy a matar a esa cosa de un golpe-
-Esa es mi niña preciosa. Te amo mucho, mi vida. ¿Lo sabes, verdad?-
-Lo sé, mami. Yo también te amo-
La abracé con fuerza, guardándome su olor y su calor en lo más profundo de mi ser. No quería que se alejara de mí, no quería soltarla, pero debía hacerlo.
Con mi corazón latiendo de tal manera que podia escucharlo en mis oídos la vi caminar hasta casi el centro del campo y no pude evitar avanzar algunos pasos hasta que mi padre me tomó del hombro para impedirlo. Le quité la mano con agresividad y me paré recta, mostrándole que era una niña grande y que sabía lo que estaba haciendo, aunque por dentro quería correr hacia ella para ayudarla.
Un rato después, una bruma parecida a la neblina comenzó a asomarse desde lo más profundo del bosque oscuro hasta que llegó al centro del campo. Sentí cómo mi corazón se aceleraba al ver algo levantarse con determinación mientras la niebla se dispersaba apenas un poco. Esa cosa era realmente enorme y aterradora, no solo por su monstruoso cuerpo, sino por sus ojos negros, más oscuros que el propio bosque.
La pelea no duró mucho, pero para mí pareció una eternidad. El lobo controló la pelea desde el principio y Dress tuvo que sostenerme para que no corriera hacia ella. Mi corazón se detuvo al ver cómo ese enorme lobo enterraba sus garras en el abdomen de mi mamá, provocando que escupiera sangre al instante. Lo vi sujetarla del cuello y comenzar a caminar hacia el bosque.
Me separé de Dress empujándolo con fuerza para correr tras él, pero no llegué muy lejos. Los nervios y la ira me hicieron tropezar y caer de rodillas, viendo cómo se alejaba cada vez más. Incapaz de contenerme, solté el grito más fuerte que pude, sintiendo cómo cada parte de mi cuerpo me pedía que lo matara.
El lobo se detuvo en seco y se giró para mirarme. Sus ojos negros se clavaron en los míos, helándome la sangre. Por un momento, me pareció verlo sonreír.
-Por favor, deja su cuerpo... ya la mataste, déjame su cuerpo... por favor -le pedí en un susurro-
«Gáname en la próxima pelea y te devolveré el cuerpo de tu madre».
Su voz resonó en mi cabeza antes de desaparecer en el bosque junto con la neblina.
Me quedé estática procesando lo que había ocurrido. Caí en cuenta de que se había llevado a mi mamá. Tenía que pararme e irme, como ella me había dicho. Tenía que entrenar. Ahora tenía una nueva motivación: no solo matarlo, sino hacerlo para recuperar su cuerpo.
Me levanté con todo el dolor del alma y caminé de regreso, viendo a mi padre de rodillas y a mi hermanito a su lado. Pasé junto a ellos ignorándolos, sabiendo que todas las miradas estaban sobre mí. Sabía lo que pensaban, pero mi mamá me había dicho que nada era más importante que terminar con esto de una vez.
Fin del recuerdo"
Una enorme maldición está puesta sobre mi cabeza desde mi nacimiento, la misma que ha afectado a mi familia por generaciones. Dicha maldición no es más que un salvaje lobo que sale cada veintinueve años para matar a la primogénita real.
Nadie sabe el porqué en realidad, ni han podido descifrarlo. Solo sabemos que, sin importar dónde te encuentres, morirás en tres minutos el último día de diciembre y al comienzo del nuevo año.
Cuando mi madre murió, el lobo apareció de entre los árboles del bosque oscuro a un minuto del último día de diciembre. Su pelea se mantuvo durante el minuto de transición y, para cuando el primer minuto del primer día del nuevo año se hizo presente, ese lobo atravesó su abdomen con sus garras. Veinte segundos antes de que ese minuto acabara, comenzó a volver al bosque llevándose consigo el cuerpo de mi madre, evitando que pudiéramos darle una digna sepultura, al igual que pasó con mi abuela y todas las anteriores primogénitas.
Su muerte devastó a todos los presentes, dejando destruida nuevamente a mi familia, la cual aún no superaba lo que pasó con mi abuela. Verla morir de esa forma, después de que entrenó por años, me desgarró el alma y el corazón, provocando que soltara un enorme y poderoso rugido, llamando así por primera vez la atención del lobo que arrastraba el cuerpo de mi madre. Aún recuerdo sus ojos fijos en los míos y, aunque solo duró unos leves segundos, parecieron una eternidad. Esos enormes y negros ojos me torturaron durante años; el simple recuerdo de ver morir a mi madre me causó noches enteras de pánico e insomnio, hasta el punto de no dormir.
El mismo día que mi madre murió fue el día que desaparecí de la vista del ojo público, generando un gran revuelo alrededor de mi familia. ¿Cómo era posible que la primogénita escapara después de la muerte de su madre? ¿Acaso era una niña cobarde? ¿Acaso no me importaba mi deber real para con la familia? Escuché infinidad de reclamos por parte de todos aquellos a los que solo les gustaba opinar al respecto.
A diferencia de lo que decían de mí, yo no había huido. Mi madre había arreglado antes de su muerte que un grupo de élite me entrenara desde el primer día hasta el último para cumplir con un simple objetivo: matar a esa cosa como fuera y romper esa maldición, si es que podía hacerlo.
Y así ha sido desde entonces. Me he ocultado de todos y de todo durante años, forzando mi cuerpo a los entrenamientos más crueles y aberrantes posibles. Había entrenado con cada persona fuerte de este mundo, en las condiciones más precarias, extremas y desafiantes posibles, para preparar tanto mi mente como mi cuerpo. Afronté mil y un infiernos para poder estar lista y cumplir mi objetivo. Me alejé de mi padre y de mi hermano, a pesar de que aún mantenía cierto contacto con ellos, pero solo el mínimo posible para evitar que mi identidad fuera descubierta.
Llevaba alrededor de cinco infernales años viviendo con la manada Beecham, llamada así por el Alfa Drees Beecham, uno de los mejores amigos de mi padre. Su esposa, Dalia, era la mejor amiga de mi madre. Ella y el alfa Drees eran los únicos que conocían mi verdadera identidad desde el primer día. Había elegido este lugar ya que era el más cercano al bosque oscuro y también al campo donde había muerto mi madre. Solía ir con Dalia a visitar su tumba día por medio para llevarle sus flores favoritas.
Ella y su esposo eran buenas personas, al igual que sus tres hijos menores, Sonia, Rhio y Khea. Aunque en toda familia siempre existe la oveja negra, y en este caso, para mi mala suerte, esa oveja negra era mi compañero: Declan Beecham. Un idiota prepotente de primera. No solo su comportamiento era asqueroso, sino también su trato hacia mí, generándome estrés, enojo y tristeza al mismo tiempo. A eso se sumaba que podía sentir sus emociones de una manera muy intensa, lo que me dificultaba a veces pensar con claridad cerca de él.
Me había pasado años esquivando la mirada del género opuesto por miedo a encontrar a mi compañero y que todo por lo que había luchado se fuera por un caño. Así que había tomado la decisión de jamás mirar a ningún hombre a los ojos. Al menos así fue hasta que, hace una semana más o menos, salí a caminar de noche para despejarme después de haber tenido un día de entrenamiento fuerte y cruel. Mientras caminaba, podía escuchar cómo se acercaban varios lobos, entre ellos Declan y su novia Gina, la loba más deseada y perfecta de la manada Beecham. Una completa idiota superficial a la que le quería arrancar la cabeza desde el día en que llegué a esta manada.
Sabía que iban a venir a molestarme, ya que eso habían hecho los últimos cinco años desde que me mudé a este lugar: me volví su muñeco de tortura. Obviamente podía defenderme y matarlos a todos, pero era preferible no hacerlo para no llamar la atención. Nadie podían saber quién era hasta la noche previa a la pelea con el lobo gris. No podía permitirme que interrumpieran mis entrenamientos ni que me dieran un trato diferente solo por ser la primogénita del Rey Alfa.
Esa noche, por un simple y estúpido error, mientras me usaban como saco de boxeo, miré accidentalmente a Declan a los ojos. Nuestra conexión fue instantánea, provocando en ambos un sinfín de emociones reprimidas y un deseo que nos forzamos a ocultar, ya que él debía seguir manteniendo la mentira de que no había encontrado a su compañera.
Por obvias razones, él jamás aceptaría que yo fuera su compañera, ya que a sus ojos solo era la gorda cocinera de su familia. Lo que él desconocía era que siempre llevaba puesto un traje especial, el cual pesaba alrededor de trescientos kilos, y que cada cierto tiempo aumentaba aún más para forzar a mi cuerpo a soportar una gran cantidad de peso y así regular mi respiración a la hora de una pelea.
En fin, esa noche algo cambió en nosotros, pero más que nada en él. Dejó de atacarme, se volvió distante y jamás volvió a mirarme o a quedarse cerca de mí, ya que nuestras mentes estaban conectadas al punto de sentir lo que el otro sentía. Si se excitaba, como siempre lo hacía cerca de mí, yo podía sentirlo con una intensidad realmente desconocida para mí. Si se enojaba y yo me mantenía tranquila, él se anclaba a mi tranquilidad para no volverse más violento de lo habitual.
Aún seguía encantándole molestarme en ciertas ocasiones. Por ejemplo, cuando servía la cena o el almuerzo para su familia, apenas me veía comenzaba a fantasear con que me metiera debajo de la mesa justo frente a él y comenzara a chupar su miembro. Sus fantasías eran increíblemente intensas, provocando en mí una ola de deseo que a veces me era imposible reprimir del todo. Por más fuerte y calmada que me forzara a estar, no era nada fácil cuando eso pasaba.
Por otro lado, sus celos hacia mí se descontrolaban cuando otro lobo estaba cerca o hablaban conmigo. Simplemente se acercaba y me exigía que volviera a la cocina para prepararle algo de comer, ya que para eso me tenían de sirvienta y para eso sus padres me habían contratado.
Sé que una semana puede parecer poco tiempo, pero con alguien así como compañero era demasiado difícil para mí no querer quitarme el disfraz y mostrarle quién era en verdad, para después dejar que me marcara y me tomara como su compañera. Moría de ganas por tenerlo entre mis piernas, dándome el placer que me provocaba cada vez que estábamos cerca.
Por otra parte, me había pasado los últimos cinco años haciéndoles creer a todos en esta manada que era una pobre chica huérfana que había perdido a su madre en un accidente de auto provocado por un humano borracho que perdió el control de su camión, mientras que mi padre había desaparecido por completo de mi vida para buscar una nueva compañera. Nadie sabía que mi mamá y Dalia eran mejores amigas, por lo que habíamos usado esa realidad para decir que mi madre y ella lo eran y que había prometido cuidarme sin importar nada, haciéndose cargo de mí.
Nadie lo había cuestionado, ya que a nadie le interesaba una huérfana como yo. Era más interesante para ellos comentar los rumores que decían que la princesa desaparecida -en este caso yo- ya había tenido a su sexto hijo para dejar un buen linaje, porque se acercaba su hora de muerte. Era divertido, a veces, escuchar dichos rumores, y más cuando salían de la boca de mi hermano cada vez que lo veía, como ahora.
-Te lo juro, ya no sé cuántas veces he escuchado que tienes de seis a catorce hijos. Es realmente molesto no poder decirles que mi hermana es una de las guerreras más fuertes de nuestro mundo -se quejó, tomando una toalla para secarse el sudor después de que salimos del sauna-
Yo había peleado con los tres mejores monjes shaolin de descendencia lobuna. Si bien era sabido que estos monjes rechazaban la violencia, varios de ellos obedecían a mi padre y lo reconocían como el Rey Alfa, por lo que cuando él les pidió que me entrenaran, aceptaron al instante. Desde entonces, mi vida ha sido casi un infierno físico y mental.
-¿Me estás escuchando?-
-Sí, te estoy escuchando, pero no sé si te acabas de dar cuenta de que me dieron una verdadera paliza.-
-Le rompiste la pierna a ese pobre hombre.-
-Sí, pero después de que me apaleó-
Suspiró, revoleando los ojos, por lo que le lancé la toalla antes de entrar en la ducha.
-Papá quiere verte-
-También te escuché las primeras quince veces, hermano-
-No quiere esperar una semana y media para verte. Quiere pasar tiempo contigo, no quiere perder a su única hija-
-Me va a perder de todas formas si no gano esa pelea, o al menos si no le doy una buena pelea a esa mierda-
-No sabemos si es posible ganarle, hermana. Deja que papá te vea-
-Si viene a verme, su presencia va a alterar a todos y no quiero alborotos hasta la noche previa a la pelea-
-Puede verte en secreto-
-Puede llamarme cuando quiera, para eso tiene teléfono-
-No es lo mismo ver a tu hija frente a una cámara que abrazarla físicamente-
-Lo sé, Arne, lo sé. Pero aun así no quiero distracciones por ahora. Necesito estar concentrada de lleno en esto-
-¿Has encontrado a tu compañero?-
-¿Para qué quieres saber?-
-Tus óvulos-
Hace un año más o menos había tomado la decisión de que me sacaran algunos óvulos. Si moría, alguien más podría tener a mis descendientes para que la siguiente generación estuviera aún más entrenada que yo desde su nacimiento. Solo me faltaba encontrar al donador más fuerte, ya que en ese entonces no tenía compañero. Pero ahora que lo tenía, me cuestionaba seriamente elegirlo como donador. Declan ni siquiera se acercaba a ser el Alfa más fuerte; a pesar de que sus genes eran maravillosos, necesitaba buscar a alguien aún más fuerte.
-Voy a elegir al Alfa o al futuro Alfa más fuerte en unos días, después de que evalúe con detenimiento a todos los prospectos-
-Lo dices como si fuera algo tan... redundante-
-Y lo es, al menos para mí, hermano. No puedo perder mi valioso tiempo en cosas tan banales como esas, no cuando se me agota el tiempo. Apenas muera, los médicos tienen la orden de fecundar los diez óvulos en diferentes mujeres para que todos nazcan al mismo tiempo. Nadie más que el equipo designado por mí va a poder acercarse a ellos. Entrenarán desde el minuto uno hasta que llegue la hora.
-Por Dios, son mis sobrinos, no simples soldados-
-Para mí lo son. Tenemos que parar a la cosa que mató a mamá-
-Suenas demasiado insensible-
-La viste morir al igual que yo, Arne. ¿Y me dices insensible?-
-Lo siento, no debí...-
-Está bien, no te preocupes por eso ahora y déjame encargarme de mis propios asuntos. Mejor cuéntame qué tal está Paulina y el pequeño Peter-
-Ese mocoso es un desastre, es un terremoto hecho persona. Y mi Paulina está embarazada otra vez, así que estoy feliz-
-Envíales saludos de mi parte a ambos-
-Peter pregunta por ti todo el tiempo. Quiere pasar más tiempo con su tía favorita-
-Solo lo dices para tener una reunión familiar-
Sonrió antes de sacudir la cabeza, mojándome otra vez.
-Acabo de secarme, pendejo.
-Solo es agua-
-Solo es agua -imité, golpeando su hombro.
-Aun así, no respondiste-
-¿Qué cosa?-
-¿Encontraste a tu compañero?-
-No-
Si algo había aprendido hace años era a controlar mi pulso para evitar que las personas supieran que estaba mintiendo.
-Además, no hay necesidad de encontrarlo ahora. Solo sería romperle el corazón a ese pobre e infeliz tipo-
-Eso, en cierto modo, es verdad. ¿Pero no sientes curiosidad por conocerlo?-
Créeme, ya lo conozco.
-No, ni un poco-
Para cuando Dalia pasó por mí, suspiré aliviada al no tener que seguir aguantando el interrogatorio de mi hermano. Todos en la manada creían que me estaba sometiendo a un tratamiento psicológico por no poder superar la muerte de mi mamá y, en parte, era medianamente cierto, ya que entrenaba hasta el cansancio para vengar su muerte.
-¿Cómo te fue?-
-Me aumentaron el peso en el traje. Me siento una vaca-
-Pero no se ve tan grande, es más, diría que es más chico-
-Y lo es. Este traje compensa tamaño perdido con peso-
-¿Es posible hacer eso?-
-Con la tecnología de hoy en día, todo es posible-
-¿Te sientes bien?-
-La verdad es que no. Estoy cansada y quiero dormir, me siento agotada mentalmente -murmuré, apoyando el codo en el borde de la ventana y la cabeza en mi mano, sin dejar de mirar al frente-
-Es entendible. Te acercas a la recta final, mi niña. Tu mamá estaría muy orgullosa de ti-
-Eso espero. Llevo años esforzándome para demostrarle que soy capaz de vengarla-
-Y lo harás. Tienes la determinación y la valentía para afrontar lo que sea-
-Gracias-
-Deberías quedarte en casa a descansar esta noche. No es necesario que vayas a cocinar-
-Está bien, pero tu hijo va a ponerse histérico-
-No te preocupes por él, yo me haré cargo-
-No lo digo por eso... él es mi compañero -solté sin pensarlo, golpeándome mentalmente segundos después por abrir la boca-
Se estacionó al costado de la carretera y se giró para verme, anonadada.
-¿Qué?
-Es mi compañero -repetí con pesadez-. Hace una semana, cuando él y sus amigos me usaron como saco de boxeo, levanté la vista sin querer y nuestras miradas se cruzaron. No debí mirarlo, pero no pude evitarlo. Por eso está tan molesto conmigo últimamente. Si me ve ahora y nota que tengo el perfume de otro hombre en la ropa, se va a poner histérico-
-¿Mi... Declan? -preguntó, haciendo que girara la cabeza para verla. Estaba llorando-. Eso me hace tan feliz, mi niña -aseguró, tomándome del buzo para acercarme a ella y abrazarme con fuerza-. Yo sabía que íbamos a ser familia.
-No estaría tan segura, Dalia. Me queda una semana y media y he estado pensando seriamente en rechazarlo para que no sienta el enorme dolor que sintió mi papá cuando mi mamá murió-
Tardó unos segundos en comprender lo que significaba que Declan fuera mi compañero y lo que eso representaba para mí: un simple obstáculo en mi camino.
-Dalia, yo te quiero como a una madre, pero sabes muy bien que Declan no es digno de ser mi compañero, ni hablar de ser rey. No puede con la responsabilidad de ser el próximo alfa de su manada, mucho menos con lo que implica ser un rey. No puedo aceptarlo, ni siquiera como donante de esperma para los óvulos que voy a sacarme en unos días-
Volvió a su lugar y su mirada quedó perdida en el camino durante largos minutos.
-Sé que mi hijo es demasiado... difícil, pero no puedes rechazarlo así de fácil. Eso lo sumergiría en una depresión muy grande y no creo que sea capaz de sobrellevarlo.
-¿Recuerdas cómo quedó mi papá después de ver morir a su compañera, a su esposa y madre de sus hijos? -pregunté mirándola fijamente-. Siendo honesta, una simple depresión es mejor que pasarte años quebrado mental y emocionalmente como le pasó a él. Colapsó tantas veces que verlo así me rompía en pedazos. ¿Eso quieres para tu hijo?-
-No... -musitó casi sin voz-
Le tomó un buen rato entender que el rechazo era lo mejor, no solo para él, sino también para mí, ya que me desligaría de los sentimientos que tenía hacia Declan.
Al llegar, Declan estaba esperando afuera de su casa. Supuse que aguardaba a su madre, con quien mejor se llevaba. Apenas bajé, se acercó a mí y su expresión cambió por completo al sentir el perfume de mi hermano en mi ropa.
-Ve a la cocina y prepárame algo, tengo hambre -ordenó, bajando el tono de voz mientras se acercaba, intentando intimidarme-. Ahora-
Era casi una cabeza y media más alto que yo, musculoso, de cabello castaño oscuro y ojos marrones claros. Su piel bronceada era tan hermosa que me resultaba imposible dejar de mirarlo. Podía sentir sus celos recorriéndome la cabeza y el cuerpo, así que intenté tranquilizarme para no mostrarme tan sumisa como solía ser frente a todos.
-No puedo. La señora Dalia me dio el día libre para que pudiera descansar-
Se acercó aún más, tomándome del cuello para luego olfatearme con descaro.
-Si tienes tiempo para ser una zorra, tienes tiempo para cocinarme-
-Yo no soy una zorra-
-¿Ya te oliste?-
-¿Y a ti en qué te afecta que huela a otro hombre, hijo? -intervino su madre-. Es bueno que intente salir con alguien. Después de todo, ya está en edad de tener pareja y de tener hijos-
Esa mujer a veces hablaba de más.
Los celos de Declan se intensificaron. Por un segundo quise tomar su cara y besarlo solo para demostrarle que era el único hombre en mi vida, pero me resistí al ver que su novia se acercaba.
-Mira, ahí viene tu novia, hijito. ¿Por qué no le pides a ella que te cocine? Después de todo, algo tendrá que empezar a hacer si quiere ser tu Luna.
Sonó como una burla cruel. Todos sabían que era inútil en todos los sentidos.
-Yo me voy -informé, soltándome de su agarre-. Vendré mañana temprano a prepararles el desayuno-
-Tómate el tiempo que necesites -dijo Dalia abrazándome-. Pero cuando vuelvas, cuéntame qué tal es ese chico-
-Lo haré-
Mientras más me alejaba, más tranquila me sentía... hasta que varios de sus amigos comenzaron a burlarse. Ya quería ver sus caras cuando supieran quién era realmente. Mi verdadera personalidad no tenía nada que ver con el papel de sumisa idiota que había construido para ellos.
Al entrar a casa solté el suspiro más largo de mi vida. Fui al baño a lavarme las manos; odiaba sentirlas sucias, ásperas o pegajosas. Vivía usando cremas hidratantes. Más tarde, mientras cocinaba y hablaba por mensaje con mis mejores amigas -y mi futura guardia real-, la puerta se abrió de golpe.
Declan entró como si fuera su casa. No lo había sentido llegar.
-¿Qué estás haciendo en mi casa?-
-Creí haberte ordenado que me cocinaras -dijo, mirando la olla-. Pasta. Hubiera preferido carne, pero sirve-
-No estoy entendiendo-
-¿Qué no entiendes?-
-¿Qué carajos haces acá y quién te dio derecho a entrar?-
En un movimiento rápido me tomó del cuello y me acorraló contra la mesada.
-¿De dónde sacaste tanta valentía para hablarme así, puerquita?-
Odiaba que oliera tan bien. Su deseo comenzó a desbordarse, poniéndome nerviosa.
-¿Olvidaste quién soy?-
-No es fácil olvidar quién eres, Declan -murmuré, sosteniéndole la mirada-
¿Cuándo vas a rechazarme? -pregunté casi en un suspiro, apoyando mi mano sobre la suya-
-¿Tan deseosa estás de que te rechace?
-¿No es lo que deberías hacer para concentrarte en tu novia?-
-¿Te molesta que la elija como Luna?-
-No-
Una ráfaga de curiosidad cruzó su mente... y la mía.
-Ella es perfecta para ti-
-¿Qué significa eso?-
-Que es fuerte y de buena familia. Sus padres ya deben estar preparando la boda-
Sonrió con burla.
-Es patético que hagas eso-
-¿Hacer qué?-
-Creer que con lástima voy a quedarme contigo-
-Yo no quiero que te quedes conmigo-
-Soy el próximo alfa de la manada Beecham. ¿Por qué no querrías quedarte conmigo?-
-Porque no estoy a tu nivel... -y tú no estás en el mío-. Además, la manada necesita una Luna fuerte, y yo no soy esa mujer-
-Suena a que quieres deshacerte de mí-
-¿Por qué no lo haría? Me humillaste durante cinco años tratándome como escoria solo por ser huérfana-
Mis palabras se cortaron cuando sus labios se posaron sobre los míos. Una paz desconocida me recorrió por completo. Era mi primer beso. A los veintinueve años. Sus labios eran suaves, pero el beso desesperado, necesitado. Me sostuvo el rostro y profundizó el contacto.
Minutos después se separó y se giró hacia la puerta. Su novia entró sin tocar.
-¿Qué haces en su casa?-
-Tenía hambre, pero su presencia me dio asco -dijo antes de ir y besarla-. Vamos, este lugar es repugnante-
Cuando se fueron, cerré con llave, puse las trabas y corrí las cortinas.
Esa noche casi no dormí. A las cuatro de la mañana salí a caminar. El peso del traje ya se hacía notar.
No esperaba encontrarme con los amigos de Declan, liderados por Gina. No estaban merodeando: me esperaban.
-Miren quién salió de su cueva -se burló Colín.
-Qué mejor forma de cerrar la noche -dijo Gina, empujándome contra un árbol-. ¿Qué hacías con mi novio en esa pocilga?-
-Él... me ordenó cocinarle -dije, temblando, no por miedo a ellos, sino a mí-
-¿No me mientes, verdad?-
-No... jamás-
-Oh, pobre puerquita...-
Me movió hacia ella para después estrellar mi cuerpo contra el árbol, provocando que tuviera que fingir que me había dolido. Lo que ellos no sabían era que apenas si sentía los golpes a través del traje, por lo que tenía que fingir sí o sí. Me arrojó al piso y comenzó a golpearme, dándome patadas en el abdomen una y otra vez, mientras yo debía fingir que lloraba, suplicando que pararan.
No contenta con eso, les ordenó que me golpearan aún más fuerte para mostrarme que era ella quien mandaba, ya que sería la siguiente Luna y la mujer de Declan, el próximo Alfa. Esta vez no tuvieron el mínimo de consideración hacia mí y comenzaron a golpearme, dándome patadas tanto en el cuerpo como en la cara. La acción desmedida de sus golpes me recordaba un poco a los que me daban al principio de mi entrenamiento, cuando tenía casi nueve años. En esa época aún tenía sensibilidad en el cuerpo y cada golpe me dolía como el primero, pero ahora era como si no me estuvieran haciendo nada, aunque de seguro la sangre que salía de mi nariz y de mis heridas decía lo contrario.
-¿¡Qué carajos están haciendo!?-
Podía reconocer la voz de Khea, la hermana menor de Declan. Al instante los golpes cesaron y sentí cómo se alejaban de mí.
-Solo nos estábamos divirtiendo -escuché decir a Gina-. No te enojes, cuñada. Si quieres, puedes unirte-
-¿Que no saben quién es su padre? -escuché preguntar a Sonia mientras sentía cómo alguien se arrodillaba a mi lado-
-Es solo una huérfana, Sonia, no seas dramática-
-Es la hija del primer ministro, la mano derecha del Rey Alfa. ¿Qué creen que les hará si se entera de lo que le hicieron?-
Podía escuchar cómo sus corazones se aceleraban y varios murmullos comenzaron a surgir.
-No seas mentirosa, cuñada. Todos en la manada saben que es huérfana.
-Eso es lo que le exigieron a mis padres que dijeran o, de lo contrario, serían ejecutados por alta traición. Ella debe convertirse en la mano derecha de la princesa cuando asuma en una semana y media. Lastimaron a la mano derecha de la princesa -explicó Sonia, mirándolos con desdén-
-¡Y ustedes, par de imbéciles, acaban de poner en peligro la vida de nuestros padres y a toda la manada! -les gritó Khea, arrodillándose a mi lado-. Más les vale que no vuelvan a tocarla o mis padres los van a matar -los advirtió antes de apartar los pelos de mi cara-. ¡Dios mío! Sonia, tenemos que llamar al médico.
-¡Oh, por Dios!-
-¿Qué... qué podemos hacer? -escuché preguntar a Víctor, otro de los mejores amigos del castaño-
-Más les vale que se larguen de nuestra vista ahora mismo -les gruñó la pequeña-.
-Llamaré al doctor para que venga de inmediato... Ella se ve realmente mal. Si algo le pasa, todos vamos a morir-
Unos minutos después escuché cómo todos salían corriendo, luego de que Sonia marcara el número del doctor. Me quedé esperando a que sus pasos estuvieran lo suficientemente lejos antes de sentarme y acomodarme más o menos el pelo.
-A ti te encanta que te peguen, ¿verdad?-
-¿Qué te digo? Es divertido que crean que soy débil-
-Esta vez te pasaste. Si vieras cómo te dejaron...-
-No pasa nada. Quiero ver la cara de esa estúpida en unos días-
-Sí que lo voy a gozar. ¿Puedes pararte?-
-Los monjes shaolin pegan doscientas veces más fuerte; golpearon como niños -aseguré, poniéndome de pie. Me acomodé el traje y comencé a caminar hacia la casa.
-Espera, no seas idiota. Tenemos que simular que te estamos cargando-
Me detuve y miré a la pequeña con una ceja levantada; me encantaba molestarla con mi estatus.
-Lo siento, lo siento. A veces se me olvida quién eres-
-Pendeja-
Si bien inicialmente solo sus padres lo sabían, en un descuido de Dalia las dos niñas se enteraron y desde entonces trataban de protegerme a toda costa, inventando que la mano derecha del Rey Alfa era mi papá. Lo que muchos -o nadie que no fuera cercano a la familia- sabían era que la mano derecha de mi padre era el Alfa de la manada Beecham, el padre de las niñas.