Daniel se miró en el espejo y frunció el ceño al notar que su rostro estaba pálido y ojeroso. No recordaba exactamente cómo había llegado allí ni por qué sonaba una alarma tan insistente.
El agua fría de la ducha lo despertó un poco más. Mientras se enjabonaba, intentó recordar los eventos previos a despertar en esa extraña habitación. Flashes de risas, luces de colores y música fuerte aparecieron en su mente. Parecía ser una fiesta, pero no lograba conectar los puntos.
No recordaba nada. Y lo peor de todo, no sabía ni quién era la dueña de esa ducha y mucho menos, dónde se encontraba.
Soltó un quejido cuando trató de restregar su cuerpo y entonces se percató que tenía una serie de heridas y moratones en todo su torso y cuando se tanteó los labios, sus dedos salieron sumergidos en su propia sangre.
-¿Qué carajos?
Daniel, atónito por el descubrimiento de sus heridas, examinó con más detenimiento su reflejo en el espejo del baño. Su memoria continuaba siendo un misterio, pero las señales físicas en su cuerpo sugerían que la noche anterior había sido tumultuosa.
-¡Que te den por el culo! -gritó, mientras las gotas de la ducha continuaban resbalándose por el cuerpo-. ¿Pero que carajo?
Cuando terminó de ducharse, salió bruscamente de la habitación, mientras se vestía, haciendo una rápida llamada por teléfono y maldiciendo todo lo que estaba en su mente. ¿Cómo había acabado golpeado por todos lados?
Decidió buscar pistas en la habitación. Encontró un bolso tirado en una esquina, y al abrirlo descubrió pertenencias que le resultaban familiares, pero aún no lograba conectar con su identidad.
Salió del lugar y exhaló al encontrarse con su automóvil estacionado en las afueras del edificio y se subió en él, intentando ubicarse. Al menos, no le había robado el auto también. Hizo un esfuerzo por recordar, pero nada aparecía en su mente, solo cervezas, culos, hielo y agua.
Ni siquiera sabía dónde se encontraba. No conocía nada a su alrededor.
Se ubicó después de dos minutos dándole vuelta a la manzana y llevó el auto a toda velocidad hasta la que era su casa.
Antes de llegar a su casa, le marcó a su amigo Rick. Si alguien podía saber algo, era él. Tenía que haberle parecido raro que Daniel desapareciera de la fiesta que el mismo organizó.
-¿Cómo mierda quieres que lo sepa, Rick? No sé cuál de todas fue y tampoco sé si tuve problemas con alguien en la fiesta y fue por eso por lo que me fui. Además, era mi maldita casa, Si tuve algún problema, lo hubiera echado primero... ¿no crees? -Su voz se volvió más exasperada-. No había nadie en la puta cama, ¿cómo quieres que recuerde? -golpeó el teléfono contra el asiento lateral-. ¡Ya sé que siempre me acuesto con cualquiera, pero ahora no recuerdo con quién fue esta vez! ¿Con la rubia de tercer año, cómo sabes tú eso?, si vas a hablar de algo en particular, ¡ten razones!
Estacionó el vehículo lo más rápido que pudo y caminó hacia la entrada de la casa colgando la llamada de golpe, mientras presionaba bruscamente contra la sangre que le caía del labio inferior.
Miró el interior de la mansión. Por suerte todo a su alrededor parecía estar igual que antes, sin señales de que hubiesen llevado a cabo una pequeña reunión, como Daniel las llamaba.
Pero eso era lo que menos le preocupaba en ese momento. La incógnita de que fue lo que pasó con él en aquel hotel lo inundaba de muchos pensamientos.
Al entrar en su habitación, notó que la cama estaba deshecha y que la ropa que usaba la noche anterior estaba tirada por el suelo. Eso fue antes de que se pusiera solo shorts para la piscina. Revisó sus cajones en busca de alguna evidencia, pero todo parecía en su lugar. ¿Qué diablos había ocurrido?
Decidió revisar su computadora en busca de mensajes o pistas sobre la fiesta. Al abrir la pantalla, notó que había varios mensajes sin leer y llamadas perdidas. La mayoría provenían de amigos que preguntaban por su paradero y querían saber si estaba bien. Uno de ellos era de Rick, su amigo más cercano.
Volvió a bajar a la sala. No podía estar en paz consigo mismo si no recordaba nada.
Sabía que se había follado a más de medio instituto, pero jamás había despertado ensangrentado en una maldita habitación; incluso, cuando ya presentía que antes de haberse echado un polvo, se había enojado y había terminado en pelea. Y si así estaba él, ¿cómo carajos estaría el otro?
-Solo esperó no haberlo matado.
Estuvo a punto de volver a salir de casa cuando un grito lo detuvo en seco. La vieja que tenía como criada estaba con las manos en el rostro. Lo que le faltaba.
-¡Oh, dios mío! ¿Qué le sucedió, joven?! Mire no más cómo está hecho... ¿Qué le ha sucedido? ¿Lo han asaltado acaso?
Daniel se mordió el labio inferior con brusquedad, sintiendo cómo la sangre se le colaba en la boca, mezclándose con su saliva. Regresó sobre sus pasos, encarándosele enseguida. La mujercita se le acercaba con un aspecto ridículo en el rostro.
-Métase en sus asuntos, ¿vale? Y no me vea de esa manera.
-¡Serena, trae rápido el botiquín! -aclamó, caminando con más rapidez-. ¿Desea que llame a un médico, joven?
-¿A un médico? -¿Esa vieja estaba loca o qué demonios cruzaba por su mente? Él no era ningún debilucho como para necesitar a un médico por unas simples heridas en el cuerpo. La aniquiló con la mirada, apuntándola con el dedo índice.
-No llame a nadie, carajo, estoy bien. Es solo que...
Y entonces Serena entró a la sala cargando una enorme maleta entre sus delgadas manos.
"Oh, Serena, preciosa Serena" pensó Daniel al verla.
Daniel notó cómo su rostro asustado cambió de expresión en cuanto notó su presencia, convirtiéndose en un rostro similar al de la anciana y enrojeciendo al instante. Se quedó inmóvil junto al sofá, incapaz de avanzar o retroceder un paso.
-Serena, ayúdame a curarlo, mientras voy por algo de agua -indicó la mujer desapareciendo en la cocina-. Colócale alcohol a la herida.
-Sí, señora...
La inocente y tímida chica, se mantuvo con las manos oprimidas sobre la maleta durante algunos segundos, manteniendo la cabeza agachada como siempre, para luego inhalar con profundidad y acercarse hacia Daniel, dejando la maleta sobre el sofá y disponiéndose a abrirla con movimientos temblorosos. El playboy multimillonario le observaba con una media sonrisa en el rostro, viéndole tomar un pedazo de algodón, humedecerlo en algo que supuso sería alcohol y acercarse hacia él, dándole una breve mirada a la herida.
Cuando se acercó, Daniel se percató que el rostro de su prima estaba tan malditamente rojo, que el color se extendía hasta su cuello y sus brazos, ¡qué deleite!
-Qué preciosa estás hoy, prima -susurró mordiéndose el labio ensangrentado mientras ella colocaba otro líquido más oscuro al mismo algodón.
Daniel observó cómo Serena oprimía sus ojos y acercaba el algodón hasta sus labios.
-Joven Reed... eso dolerá.
Daniel no pudo reprimir la serie de carcajadas estridentes que salieron de su boca.
-¿Doler? A mí no me duele nada, Serena, nada puede dolerme.
Bien, lo colocaré ahora.
La muchacha acercó el algodón hacia los labios de su primo, presionándolo con una delicadeza que Daniel percibía como delicada y encantadora. Los oscuros ojos de Daniel estaban quietos y centrados en los carnosos labios de Serena.
No le dolió en absoluto cuando el alcohol tocó su sangre; incluso, a Serena parecía dolerle más que a él.
-¿Cuánto tiempo llevas en esta casa? -cuestionó divertido.
Ahora el algodón se encontraba cerca de su nariz; los dedos delicados de su prima sobre su rostro, su cuerpo delgado temblando un tanto, sus ojos a veces dándole una breve mirada a la herida y luego nuevamente en el suelo, su nariz pequeña, su piel lechosa totalmente enrojecida, su rostro delicado y bello.
Daniel sintió cómo el sabor del alcohol se colaba en su lengua, pero no le interesaba, porque sus ojos aún seguían el recorrido del rostro de Serena hasta su cuello. ¿Por qué tenía que ser tan hermosa? Tanto que sus ojos le dolían al verla, por que sabía que su deseo por ella era tan caliente como prohibido.
Dos semanas...
Daniel regresó a la ciudad después de haber ido a España para que se hiciera cargo de un negocio. Claramente obligado por su padre. Él jamás iría a una cosa de esas por su propia decisión y era impresionante y a la ves preocupante que el aquel viaje no dejara de pensar en su prima.
Aquella chica lo estaba volviendo loco. Sabía que lo suyo era prohibido, pero no era como si se fuera a enamorar. Buscaba solo saciar su sed por ella y luego olvidarla como lo hacía siempre con todas.
Al llegar a la mansión lo primero que hizo fue darse una ducha y bajar a la sala. Por suerte para él, a quien estaba esperando encontrar, estaba ahí, y lo mejor de todo es que no había nadie cerca que los interrumpiera. Serena estaba tan hermosa como Daniel la recordaba.
-¿Dos semanas sin mí, Serena? ¿No me extrañaste? -Daniel no esperó una respuesta, ya conocía su forma de ser, y lo incomoda que se sentía con sus comentarios, por eso decidió cambiar un poco el ritmo de la conversación-. ¿Por qué estás aquí, exactamente?
-Mi madre... murió hace algunos meses... -La tristeza en la voz de Serena no pasó desapercibida para Daniel. Y en ese momento recordó que su madre les dijo eso, pero lo olvido.