Clara, por su parte, no lograba levantar la cabeza, incapaz de enfrentar la furia y el dolor que había provocado.
Ana no sabía qué hacer, cómo reaccionar. Su cuerpo temblaba, su mente no dejaba de dar vueltas. No entendía cómo había llegado hasta aquí, cómo las piezas de su vida, tan cuidadosamente ensambladas durante años, podían haberse desmoronado en tan poco tiempo. Los recuerdos de momentos felices compartidos, de promesas, de amor, de risas y complicidades, todo eso parecía tan lejano ahora. La imagen de los dos en la cama, desnudos y entrelazados, se repetía una y otra vez en su mente, como una película en bucle que no podía detenerse. No sabía si quería gritar, huir o simplemente desaparecer, desvanecerse como si nada de esto hubiera ocurrido.
El silencio que llenaba la habitación era insoportable, casi insoportable. Cada segundo que pasaba sin que ninguno de ellos hablara más era como un peso sobre sus hombros, un recordatorio de lo irreversible que era lo que estaba sucediendo. Javier, al ver la reacción de Ana, intentó dar un paso hacia ella, pero el gesto solo sirvió para que Ana levantara una mano, instintivamente, para detenerlo. Era como si ya no lo conociera, como si estuviera frente a un extraño, no al hombre con el que había compartido tantas cosas, el hombre que le había prometido amor eterno. El dolor la invadía, pero no era el tipo de dolor que se sentía en el corazón, era más bien una sensación de traición tan profunda que parecía calar hasta los huesos. Javier estaba ahí, pero Ana ya no podía verlo de la misma manera.
- Ana, por favor... -murmuró Javier, con voz temblorosa, llena de desesperación. Se acercó a ella, como si esperara que sus palabras pudieran, de alguna manera, repararlo todo. Pero Ana no podía escuchar. Ella no quería escuchar más promesas vacías ni explicaciones. No importaba lo que dijera, nada podía devolverle la confianza que ahora sentía rota, destrozada. No importaba lo que intentara, él ya había cruzado una línea que no podía ser deshecha.
- No, no quiero escucharte. -Ana habló con firmeza, su voz tan fría que sorprendió incluso a ella misma. Su respiración era agitada, y aunque sentía como si su corazón estuviera hecho pedazos, algo en su interior le decía que no debía dejarse llevar por la compasión, que no debía ceder ante los lamentos de Javier. No había espacio para la comprensión en ese momento. No después de lo que había visto.
Javier abrió los ojos, buscando desesperadamente una salida, una forma de que las palabras pudieran arreglar lo que el corazón de Ana ya consideraba irremediable.
- Ana, yo te amo, pero... -Intentó, su voz rota por la tensión y la culpa, pero la frase se quedó colgando en el aire, como un eco que no alcanzaba su objetivo.
Ana lo miró, sus ojos oscuros y llenos de tristeza, pero también de un fuego que se encendió en lo más profundo de su ser. Estaba luchando contra el dolor, contra la angustia, contra la sensación de vacío que la devoraba, pero en ese momento, el odio hacia la traición se sobreponía a todo lo demás.
- ¿Amas? -su voz tembló, pero la determinación era inconfundible. - ¿De verdad me amas? ¿O solo me has estado mintiendo todo este tiempo?
Las palabras golpearon a Javier como un balazo. Su rostro palideció aún más, y se quedó en silencio, incapaz de defenderse, incapaz de encontrar una respuesta que fuera capaz de sanar la herida que acababa de abrirse entre los dos. En ese momento, Javier ya no era el hombre que Ana había amado. Ahora, él representaba todo lo que había sido una mentira. Su amor, sus promesas, las horas compartidas, todo se desmoronaba ante sus ojos, y la verdad, por más dolorosa que fuera, era que ya no quedaba nada de lo que ella pensaba que era cierto.
Pero la confusión de Ana no solo provenía de Javier. A su lado, Clara, su mejor amiga, seguía en silencio, con la cabeza gacha, mirando al suelo, como si las palabras no pudieran salir de su boca. Ana la miró entonces, y el dolor se duplicó al ver la culpabilidad reflejada en los ojos de Clara, quien finalmente levantó la vista, como si estuviera buscando una forma de justificarse. Ana apenas podía creer lo que veía.
- Ana... por favor, entiende... -Comenzó Clara, su voz temblorosa, como si quisiera encontrar una forma de suavizar lo que no tenía forma de ser suavizado. - No fue mi culpa. Javier me manipuló... me dijo que...
Las palabras de Clara se ahogaron en el aire antes de que pudiera completarlas. Ana no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Manipulación? ¿Eso era lo que había hecho Javier? ¿Eso era lo que Clara estaba diciendo? No, no podía ser. No podía ser que la persona en la que más confiaba, su amiga, hubiera caído en esa misma mentira. La rabia comenzó a invadirla, un calor que crecía en su pecho y se extendía por sus venas, apagando cualquier vestigio de compasión.
- ¿Manipuló? -Ana interrumpió a Clara, su tono sarcástico, mordaz, como un golpe de realidad que atravesaba la habitación. - ¿Y tú qué? ¿Fuiste la víctima también? ¿Me traicionaste por lástima?
Clara no respondió. Sus hombros se encorvaron aún más, y la vergüenza se reflejó claramente en su rostro. No había palabras que pudieran justificar lo que había hecho. No había excusa que pudiera disminuir la magnitud de su traición. Ana sintió una punzada en el corazón, pero no era solo dolor. Era algo mucho más profundo, algo que no podía describir. Estaba siendo observada desde fuera, como si todo lo que sucediera no fuera real, como si su vida no fuera más que una representación distorsionada de lo que había creído que era verdadero. ¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿Cómo había llegado a este punto con las dos personas que más quería en el mundo?
Ana cerró los ojos, luchando contra las lágrimas que amenazaban con brotar. Ya no podía soportar estar en ese lugar, rodeada de mentiras y traiciones. Necesitaba alejarse de todo, necesitaba escapar, aunque fuera por un momento, para poder respirar. Pero no podía moverse, su cuerpo se sentía pegado al suelo, como si cada paso que diera fuera un intento de reconstruir algo que ya no existía.
Finalmente, sin poder aguantar más, dijo en voz baja, casi como un susurro, con el alma hecha pedazos.
- Déjame sola. Los dos.
Su voz sonó firme, pero lo que sentía en su interior era un torbellino de emociones incontrolables. No sabía si los odiaba, si los amaba, si sentía pena por ellos o por ella misma. Solo sabía que ya no podía soportar estar en esa habitación, atrapada entre la confusión y la rabia. Necesitaba estar sola, alejada de ellos, de las mentiras, de la traición. Necesitaba encontrar una forma de reconstruirse, aunque no tuviera idea de cómo hacerlo.
Y mientras los dos permanecían ahí, en silencio, Ana se dio la vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta con suavidad detrás de ella. Pero en su corazón, el eco de esas palabras resonaba como una sentencia que nunca podría ser revocada.