Javier, el hombre que había sido su compañero, su confidente, el que le había prometido amor eterno. Era él quien, ahora, intentaba darle explicaciones, una tras otra, como si todo tuviera una solución sencilla, como si las palabras pudieran restaurar lo que había quedado hecho pedazos. Pero Ana ya no podía escuchar más. Había escuchado suficientes mentiras en su vida como para reconocerlas cuando las veía. Y ahora, las palabras de Javier no eran más que un eco vacío, algo distante que no lograba penetrar en su corazón roto.
- ¿Cómo pudiste? -Ana repitió, casi como una especie de mantra, mientras sus manos se apretaban en puños. Su garganta estaba cerrada, ahogada por el dolor, pero la pregunta seguía saliendo, como si fuera la única que podía articular. ¿Cómo había podido él? ¿Cómo había permitido que todo llegara a este punto?
Javier, de pie frente a ella, parecía una sombra de sí mismo. Estaba pálido, los ojos brillando con una mezcla de arrepentimiento y desesperación. Pero lo que Ana veía en él ya no era la persona que conocía, la que la había hecho sentir segura, la que la había hecho soñar con un futuro juntos. En ese momento, lo que veía ante ella era un desconocido. Un hombre que la había traicionado de la forma más cruel posible. Y eso era lo que más le dolía: la incapacidad de reconocer a la persona que alguna vez había amado.
- Ana, por favor... -Javier extendió los brazos como si esperara que ella cayera en sus brazos, buscando consuelo, buscando una forma de enmendar lo que no tenía solución. Pero Ana, con la rabia todavía palpitando en sus venas, se apartó de inmediato. No quería su consuelo, no quería sus palabras vacías, no quería que tocara ni un solo rincón de su vida.
- No me toques. -La voz de Ana sonó fría, dura, como el hielo. Era una orden, un límite que Javier ya no podía cruzar. Ella no quería más de lo que él tenía para ofrecer, no quería sus explicaciones, sus promesas vacías, ni su arrepentimiento. Ya no.
Javier miró la habitación, buscando las palabras correctas, pero Ana ya no lo escuchaba. Ya no le importaba lo que dijera. No importaba si intentaba explicarse, si buscaba justificaciones, nada de eso podía devolverle lo que había perdido. Las promesas, los besos, las risas compartidas, todo eso había desaparecido con la misma rapidez con la que él había traicionado su confianza.
- Ana, yo... -Javier intentó nuevamente, su voz quebrándose, buscando penetrar la muralla de silencio que se había levantado entre ellos.
Pero ella lo interrumpió con una mirada gélida, casi hiriente.
- No quiero saber nada. -La voz de Ana sonó distante, vacía, como si estuviera hablando con alguien más, alguien ajeno a ella, alguien que no merecía ni una pizca de su atención.
El aire en la habitación se volvió denso, como si el espacio entre ellos estuviera cargado de electricidad estática. Javier dio un paso más hacia ella, pero Ana retrocedió, como si la cercanía de él la quemara. No podía soportar su presencia, su cercanía. La relación que compartían ya no existía, ya no quedaba nada entre ellos. Solo quedaba el eco de lo que una vez fue.
- Por favor, déjame explicarte. -Javier suplicó, su rostro marcado por el arrepentimiento, pero también por la frustración. No quería perderla, no quería que todo se acabara. Pero Ana ya había tomado una decisión, una decisión que no podía cambiar, no importaba cuánto lo intentara.
- ¡No quiero que me expliques nada, Javier! -Ana gritó, esta vez con toda la furia y el dolor que sentía comprimidos en su pecho. Estaba cansada de escuchar mentiras. Estaba cansada de ver cómo él intentaba manipular la situación, cómo intentaba hacerle creer que todo podía resolverse con palabras. No podía ser tan fácil.
Miró sus ojos, buscando algo que ya no estaba ahí, algo que alguna vez la había hecho sentir segura, amada. Pero lo único que vio fue a un hombre que había mentido, que había roto su confianza. Lo único que vio fue la realidad cruel y desgarradora de lo que realmente había pasado. Y, al verlo así, se dio cuenta de que ya no quedaba nada de la persona que había amado.
- Esto se acabó. -Las palabras salieron de sus labios con una claridad implacable. No había duda en su voz, ni titubeo. Estaba tomada por una fuerza interna que ni ella misma entendía, pero que la empujaba hacia adelante, hacia la decisión más difícil de su vida.
Javier, al escuchar esas palabras, pareció desmoronarse. Su cuerpo se tensó, sus ojos se llenaron de angustia y desesperación. Quiso acercarse, quiso detenerla, pero Ana ya no lo miraba de la misma manera. Ya no veía al hombre que había amado. Solo veía al traidor que había destruido todo lo que compartían. Y eso era lo que más la dolía. Pero a pesar de todo el amor que había dado, todo lo que había entregado, todo lo que habían compartido, la traición de Javier era demasiado profunda como para repararla.
En ese momento, Ana supo que no podía seguir con él. A pesar de todo el amor que había compartido, todo el dolor que sentía, tenía que decir adiós. El amor no era suficiente cuando la confianza se había roto de manera irreparable. No podía continuar viviendo una mentira, no podía seguir ignorando la realidad. La relación que habían construido ya no existía. Y ella lo sabía. Su corazón latía con fuerza, como si de alguna manera estuviera vaciándose, despojándose de todo lo que había sido, de todo lo que había creído que sería su futuro.
- Déjame ir, Javier. -Ana susurró, más para ella misma que para él. La decisión ya estaba tomada. Ya no quedaba nada por decir, nada por hacer. Ella tenía que seguir adelante, aunque el dolor de la ruptura la aplastara por dentro. Tenía que hacerlo por ella misma, por su propia sanación, aunque eso significara dejar ir a alguien a quien había amado profundamente.
Javier se quedó en silencio, observándola, sin saber qué decir, sin saber cómo detener lo que ya era irreversible. La habitación se llenó de un pesado vacío, y Ana supo que, aunque lo intentara, no podría regresar a lo que una vez fue. Ya no había vuelta atrás.
Con una última mirada hacia el hombre que había sido su compañero, Ana se dio la vuelta y salió de la habitación. Cada paso que daba era como un pequeño acto de liberación, pero al mismo tiempo, el dolor la atravesaba como una aguja afilada. La ruptura ya estaba hecha. Y aunque el camino hacia la curación sería largo y doloroso, Ana sabía que, al final, sería más fuerte por haberlo enfrentado.