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Capítulo 2: Un Secreto Peligroso
El sol de la mañana bañaba las calles de Palermo con un brillo dorado, pero para Carla Rossi, la ciudad ya no se sentía igual.
Todo parecía normal. Demasiado normal.
Los autos pasaban, la gente caminaba apurada con sus cafés en mano, las voces de los vendedores llenaban el aire. Pero ella no podía sacarse la sensación de que alguien la observaba.
Caminó con paso rápido hasta la plaza donde siempre se encontraba con Jaquelin. Su mejor amiga ya estaba ahí, sentada en una banca bajo la sombra de un árbol, con sus gafas de sol y el cabello oscuro suelto sobre los hombros.
-¡Carla! -exclamó al verla-. ¿Dónde demonios estuviste anoche? Te mandé mensajes y no respondiste.
Carla se sentó a su lado y sacó un cigarro de su bolsillo. Necesitaba calmarse.
-Tengo que contarte algo -susurró, encendiéndolo con manos temblorosas.
Jaquelin la miró con el ceño fruncido.
-¿Qué pasa?
Carla dio una calada profunda antes de soltar el humo lentamente.
-Anoche... me pasó algo.
Su amiga la miró con más atención, quitándose las gafas.
-¿Algo malo?
Carla asintió y tragó saliva.
-Pero antes de contártelo... júrame que no dirás nada. A nadie. Ni a tu madre.
Jaquelin frunció el ceño.
-¿Es en serio?
-Júralo.
Su mejor amiga la miró por un momento, antes de suspirar.
-Está bien, lo juro.
Carla apagó el cigarro contra la banca y la miró con los ojos llenos de miedo.
-Jaquelin... anoche salvé la vida de un mafioso.
El rostro de su amiga cambió por completo.
-¿Qué?
Carla respiró hondo.
-Me encontré con un hombre herido en un callejón... y resultó ser Fabrizio Antonucci.
Jaquelin abrió la boca, pero no pudo decir nada.
Porque en Palermo, ese nombre lo significaba todo.
Jaquelin se quedó en silencio por varios segundos, mirando a Carla con los ojos muy abiertos. Luego negó con la cabeza, como si hubiera oído mal.
-Carla... ese hombre es muy peligroso.
Carla soltó un suspiro tembloroso y se pasó una mano por el cabello, todavía sintiendo la tensión en su cuerpo.
-Lo sé -murmuró-. Pero eso no es todo.
Jaquelin se cruzó de brazos, expectante.
Carla tragó saliva antes de continuar.
-Dice que ahora mi vida corre peligro por haberle salvado.
Su amiga parpadeó varias veces, intentando procesar sus palabras.
-¿Cómo?
-Que sus enemigos me vieron, que podrían ir tras de mí... -Carla hizo una pausa, sintiendo el peso de lo que estaba diciendo-. Me quería retener en su casa.
Jaquelin se tensó.
-¿Qué?
-Sí... me encerró en una habitación. Quería que me quedara allí porque, según él, era la única forma de mantenerme a salvo.
Jaquelin se llevó una mano a la boca.
-Dios... ¿Y cómo saliste de ahí?
Carla dejó caer la cabeza entre sus manos y exhaló con fuerza.
-Lloré... entré en pánico... y no sé cómo... de repente me dijo que me podía ir a casa.
Jaquelin la miró como si hubiera perdido la cabeza.
-¿Fabrizio Antonucci simplemente te dejó ir?
Carla asintió lentamente.
-Sí.
Jaquelin negó con la cabeza de nuevo, incrédula.
-Eso no tiene sentido. Ese tipo no es conocido por ser compasivo. Si te dejó ir... debe haber una razón.
Carla sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Porque, en el fondo, ella también lo sabía.
Fabrizio no hacía nada sin un motivo.
Jaquelin miró a Carla con preocupación, pero no insistió más.
-Nos vemos después, ¿sí? -dijo finalmente.
-Sí... nos vemos.
Jaquelin le lanzó una última mirada antes de alejarse.
Carla se quedó allí, sintiendo su corazón aún latiendo con fuerza.
Sacó otro cigarro con dedos temblorosos y lo encendió. Dio una calada profunda, tratando de calmarse, pero su mente no dejaba de reproducir lo que había ocurrido la noche anterior. La sangre. La herida. Sus ojos.
No podía creer que hubiera pasado por todo eso.
Exhaló el humo lentamente y siguió caminando hacia su casa.
Pero cuando estaba a solo unos pasos de su edificio, una voz masculina rompió el silencio.
-Ragazza, no deberías andar sola.
Carla se detuvo en seco.
El miedo la recorrió antes de siquiera darse la vuelta.
Giró la cabeza lentamente y su sangre se congeló.
Un hombre estaba allí, a solo unos metros de ella. Ojos fríos, expresión dura... y en su mano, una pistola.
Apuntándola.
Carla sintió su cuerpo paralizarse.
No podía moverse. No podía gritar.
El hombre apretó los labios y ajustó la pistola, su dedo deslizándose hacia el gatillo.
Pero nunca llegó a disparar.
¡BOOM!
El sonido del disparo retumbó en el aire.
El hombre cayó al suelo de inmediato, su pistola resbalando de sus dedos.
Carla sintió su respiración atraparse en su garganta. Su cuerpo entero temblaba cuando, con el corazón desbocado, levantó la vista.
Fabrizio Antonucci estaba a unos metros de distancia, con su arma aún humeante.
Su rostro era pura piedra, su mirada oscura y peligrosa.
Carla quería moverse. Quería correr.
Pero estaba congelada.
Fabrizio se acercó a ella en dos grandes zancadas y la sujetó del brazo.
-Sube al coche -ordenó con voz dura.
Carla negó rápidamente, retrocediendo un paso.
-No... no...
-Carla, sube al coche.
-¡No!
Pero Fabrizio no le dio opción.
Antes de que pudiera hacer algo, él la tomó con fuerza y prácticamente la metió en el auto negro que esperaba a un lado de la calle.
La puerta se cerró con un golpe seco y, segundos después, el motor rugió mientras el coche se ponía en marcha.
Carla respiraba rápido, sintiendo el pánico ahogarla.
-No puedes hacer esto -dijo con voz entrecortada-. No puedes obligarme.
Fabrizio no la miró, sus ojos estaban fijos en la carretera.
-Acabo de salvarte la vida.
Carla apretó los puños.
-Eso no significa que puedas secuestrarme.
Fabrizio finalmente giró el rostro y la miró fijamente.
-Si no vienes conmigo, vas a morir.
Carla sintió un escalofrío recorrerle la piel.
-Eso no es cierto...
-¿Ah, no? -Su voz fue un susurro peligroso-. ¿Has visto lo cerca que estabas de morir?
Carla bajó la mirada.
Sí. Lo había visto. Lo había sentido.
-No puedo ir contigo -susurró-. Mi madre...
-No tienes opción.
-¡Sí la tengo! -soltó de golpe, con desesperación-. Si me voy, mi madre me buscará, llamará a la policía...
Fabrizio no dijo nada.
Carla respiró hondo, tratando de controlar su miedo.
-Si quieres que vaya contigo, tiene que ser con una condición.
Fabrizio alzó una ceja, pero no dijo nada, esperando que continuara.
-Déjame decirle a mi madre que me voy por un tiempo. Que encontré un trabajo en otra ciudad. Así no me buscará. No llamará a la policía.
El silencio en el auto se alargó.
Fabrizio la miró por un largo rato, su mandíbula tensa.
Finalmente, suspiró y volvió la vista al frente.
-Tienes una llamada.
Carla sintió su cuerpo relajarse un poco.
Pero en el fondo, sabía la verdad.
No había escapado de Fabrizio Antonucci.
Solo había logrado negociar su propia jaula.
El auto avanzaba a toda velocidad por las calles de Palermo. Carla miraba por la ventanilla, con el corazón latiéndole fuerte en el pecho.
No tenía opción.
Fabrizio tenía razón. Había estado a segundos de morir.
Con manos temblorosas, sacó su teléfono y marcó el número de su madre.
El tono sonó dos veces antes de que ella contestara.
-¿Carla?
La voz de su madre la golpeó con fuerza en el pecho.
Carla cerró los ojos por un momento antes de obligarse a hablar con calma.
-Mamá... te llamo para decirte algo.
-¿Qué pasa? ¿Estás bien?
-Sí, sí... estoy bien. Es solo que... -tomó aire-. Encontré un trabajo en otra ciudad.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.
-¿Qué? ¿Cómo que en otra ciudad?
-Es algo temporal -mintió-. Una oportunidad que no podía rechazar.
-¿Desde cuándo estabas buscando trabajo fuera? -preguntó su madre, claramente confundida.
Carla mordió su labio con fuerza.
-Salió de repente. Es en una empresa importante... me pagarán bien.
-No sé, Carla... esto suena raro.
-Mamá, estaré bien -insistió-. Solo quería avisarte para que no te preocuparas.
Su madre suspiró al otro lado de la línea.
-¿Cuánto tiempo estarás fuera?
Carla miró a Fabrizio de reojo.
Él seguía conduciendo, su expresión fría e impenetrable.
-No lo sé... pero te llamaré.
-Carla...
-Te quiero, mamá.
No esperó a que ella respondiera. Colgó.
Sus manos temblaban cuando bajó el teléfono.
Pero no había terminado.
Abrió la conversación con Jaquelin y escribió rápido.
"Estoy bien. No te preocupes. Estaré con él."
Tres segundos después, Jaquelin respondió.
"¿Qué? ¿Qué significa eso?"
Carla la ignoró.
Guardó el teléfono en su bolsillo y cerró los ojos por un momento.
Sentía que su vida acababa de dar un giro del que ya no había vuelta atrás.
El auto se detuvo frente a una imponente mansión en las afueras de Palermo. Era enorme, majestuosa y aterradora al mismo tiempo.
Las verjas negras se abrieron lentamente, y Carla sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Fabrizio no dijo nada mientras conducía por el largo camino de piedra que llevaba a la entrada principal. El silencio entre ellos era pesado, sofocante.
Cuando el coche finalmente se detuvo, Carla sintió su cuerpo entumecido.
La puerta se abrió de golpe.
Franco la miraba con su expresión dura y arrogante.
-Baja -ordenó.
Carla tragó saliva y salió del auto.
El aire fresco de la noche la envolvió, pero no logró calmar su ansiedad. Sus ojos recorrieron la mansión, la fuente en el jardín, las luces cálidas iluminando la fachada de piedra... parecía sacada de una película, pero ella no era una invitada.
Era una prisionera.
Fabrizio salió del auto sin apurarse. Se sacó la chaqueta y caminó hacia la puerta sin siquiera mirarla.
Antes de entrar, se detuvo y se giró hacia ella.
-Depende de ti -dijo con frialdad- si esto es una cárcel o tu nueva casa.
Su voz era baja, controlada, pero con un matiz peligroso.
Carla sintió un nudo en la garganta.
-No quiero estar aquí...
-Dúchate y ven a mi oficina. -Su tono no admitía discusión-. Tenemos que hablar.
Y sin esperar respuesta, desapareció dentro de la mansión.
Carla apretó los puños.
No quería estar allí. No quería depender de él. Pero tampoco quería morir.
Con pasos lentos y el corazón acelerado, cruzó la puerta. Su vida, tal como la conocía, había cambiado para siempre.