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Capítulo 4: Sin Escapatoria
Carla aún sentía la presión de la mirada de Fabrizio sobre ella.
El aire en la habitación se había vuelto denso, pesado, como si cada respiración fuera una batalla.
Fabrizio se acercó con pasos lentos y seguros hasta sentarse junto a ella en el borde de la cama sin pedir permiso.
-No tienes por qué llorar -dijo con voz baja, pero firme.
Carla apartó la mirada, mordiéndose el labio para contener otro sollozo.
-Te salvé la vida y, sin embargo, aquí estás... llorando. -Fabrizio inclinó la cabeza, observándola con intensidad-. ¿Preferirías haber muerto?
Carla sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Claro que no quería morir. Pero tampoco quería estar aquí, atrapada en su mundo.
Fabrizio alargó la mano y le acarició el brazo con suavidad.
-Eres hermosa... -murmuró, como si lo dijera más para sí mismo que para ella.
Carla se tensó y, en un acto reflejo, se puso de pie, alejándose de él.
-No me toques...
Fabrizio no pareció molesto por su rechazo. Al contrario.La observó en silencio por un segundo antes de levantarse también.
Su cuerpo imponente la hizo retroceder instintivamente.
Un paso.
Otro más.
Pero cada vez que retrocedía, él avanzaba.
Hasta que sintió la frialdad de la pared contra su espalda.
Ya no tenía a dónde ir.
El corazón de Carla latía con fuerza cuando lo vio acercarse.
Su cuerpo proyectaba una sombra sobre ella, atrapándola en su presencia dominante.
Su aroma, una mezcla de tabaco, madera y algo puramente masculino, la envolvió.
Sus manos firmes subieron lentamente por sus brazos, atrapándola entre el muro y su fuerte cuerpo.
-No tienes por qué temerme -susurró.
Carla tragó saliva con dificultad.
¿Cómo no iba a temerle?
Él era peligroso. Poderoso.
Y ella no era más que una prisionera en su mundo.
-Fabrizio... por favor... -murmuró con voz temblorosa.-No quiero esto...
Fabrizio la observó en silencio por un momento.
Luego, algo en su expresión cambió.
Con un suspiro, apartó las manos y retrocedió apenas un paso.
-Por ahora.
La mirada de Carla se alzó de golpe.
Él la observó con una sonrisa ladeada.
-Tarde o temprano, vendrás a mí por voluntad propia.
Carla sintió que el aire le faltaba.
Fabrizio le dedicó una última mirada antes de girarse y dirigirse a la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
-Descansa, Carla. Mañana será un día largo.
Y con esas palabras, desapareció, dejando a Carla con el corazón desbocado y la sensación de que había entrado en un juego del que no sabía cómo escapar.
Carla se llevó las manos a la cara y respiró hondo.
Sabía que Fabrizio no se rendiría fácilmente.
Si se quedaba allí, no tendría escapatoria.
Esa noche debía huir.
Esperó pacientemente en su habitación, asegurándose de que todo estuviera en silencio.
Cuando creyó que todos dormían, encendió un cigarro con manos temblorosas y dio una calada profunda, armándose de valor.
Después de aplastar la colilla en un vaso con agua, se puso los zapatos sin hacer ruido y salió de cuclillas por la puerta.
Su corazón latía con fuerza mientras se deslizaba por los pasillos oscuros de la mansión.
Cada paso era un riesgo.
Cuando logró salir al camino de piedras del jardín, sintió un alivio momentáneo.
Pero ese alivio no duró.
-¡Alto ahí!
La voz de un hombre la hizo congelarse.
Maldición.
Cuando giró la cabeza, vio a dos de los hombres de Fabrizio apuntándola con la mirada severa.
Uno de ellos sacó su teléfono y marcó un número.
-La tenemos, jefe.
Carla sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Fabrizio.
Los hombres la sujetaron firmemente de los brazos y la llevaron de regreso al interior.
Sus piernas temblaban con cada paso.
Sabía que estaba en problemas.
Cuando la metieron en la oficina de Fabrizio y la obligaron a sentarse en una de las sillas de cuero, su estómago se revolvió.
Los hombres no dijeron nada. Simplemente esperaron.
Hasta que la puerta se abrió de golpe.
Fabrizio entró.
Y estaba furioso.
El aire en la habitación se volvió espeso, sofocante.
Sus ojos oscuros ardían con una mezcla de rabia y algo más... algo peligroso.
-Déjennos solos.
Los hombres asintieron y salieron sin hacer preguntas.
La puerta se cerró con un clic detrás de ellos.
Y ahora estaban solos.
Carla sintió su cuerpo tensarse.
Fabrizio caminó lentamente hacia ella, sus pasos resonaban en el suelo de mármol.
Cuando estuvo frente a ella, inclinó la cabeza.
-¿Acaso no fui claro con mis reglas?
Su tono era bajo, controlado... lo que lo hacía aún más aterrador.
Carla no pudo responder.
Su boca estaba seca.
Fabrizio chasqueó la lengua y se inclinó, colocando una mano en el reposabrazos de la silla, acercando su rostro al de ella.
-¿Necesitas un castigo?
Carla negó rápidamente con la cabeza, su voz apenas un susurro.
-No... por favor.
Fabrizio la sujetó del mentón con firmeza, obligándola a mirarlo a los ojos.
Sus pupilas estaban dilatadas, su mandíbula tensa.
-Fui muy blando contigo antes, supongo.
Carla tragó saliva.
-No insistí en tocarte más porque quiero que sea placentero para ti también... -murmuró, su pulgar rozando levemente su piel-. Pero veo por dónde vas...
El pulso de Carla se aceleró.
-¿Crees que, solo porque me diste pena antes, voy a dejarte ir?
Fabrizio soltó una risa baja, oscura.
-Eres mía ahora.
Las palabras la golpearon como un trueno.
Carla tembló, su mente era un caos.
-P-pero yo nunca... -su voz se quebró.
Fabrizio entrecerró los ojos.
-Lo sé.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Ella sintió su respiración en la piel, demasiado cerca, demasiado intenso.
Entonces, sin previo aviso, Fabrizio se enderezó y retrocedió un paso.
Metió las manos en los bolsillos de su pantalón y la observó con una mirada calculadora.
-Vete a dormir, Carla.
Ella parpadeó, sorprendida.
-¿Q-qué?
-Has intentado escapar. No lo vuelvas a hacer.
Su tono no admitía discusiones.
-Por esta vez, dejaré que te vayas a tu habitación sin más... -dijo con calma-. Pero si lo intentas de nuevo... no seré tan indulgente.
Carla se levantó con rapidez y salió de la oficina sin mirar atrás.
Su corazón latía con fuerza en su pecho mientras corría por los pasillos.
Cuando llegó a su habitación y cerró la puerta, se dejó caer contra ella, respirando entrecortadamente.
Había jugado con fuego.
Y ahora sabía que Fabrizio no la dejaría escapar fácilmente.