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Capítulo 5: Un Nuevo Día, Un Nuevo Juego
La luz del sol se filtraba por las gruesas cortinas de la habitación, iluminando el lujoso pero sofocante espacio donde Carla se encontraba prisionera.
El sonido de unos suaves golpes en la puerta la sacó de sus pensamientos.
-¿Señorita Carla? -la voz de Martina era tranquila, amable.
Carla suspiró y se frotó los ojos hinchados antes de responder:
-Adelante...
La puerta se abrió y Martina entró con una bandeja de desayuno.
-Te he traído algo de comer.
Colocó la bandeja en la mesita junto a la cama y se quedó de pie, observándola con una leve sonrisa.
Carla miró el desayuno: croissants recién horneados, frutas, café humeante y un vaso de jugo de naranja. Su estómago rugió, pero su orgullo la hacía dudar en tocarlo.
Martina se cruzó de brazos y suspiró.
-No tiene sentido resistirse, querida. Deberías comer algo.
Carla apartó la mirada.
-No tengo hambre.
Martina negó con la cabeza.
-Mira, sé que esto no es fácil para ti... Pero te daré un consejo.
Carla levantó la vista.
Martina se sentó en el borde de la cama y le sonrió con cierta complicidad.
-He trabajado para el Don desde hace años. He visto muchas cosas. Pero nunca lo había visto traer a una mujer a esta casa.
Carla sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
-¿Qué quieres decir?
-Que él no es un hombre que se apegue a nadie. No se preocupa por nadie. Pero contigo... -Martina la miró con interés-. Contigo es diferente.
Carla sintió su corazón acelerarse.
-Eso no cambia nada... -murmuró.
Martina se encogió de hombros.
-No digo que lo haga. Solo quiero que entiendas algo. -Su voz se volvió más baja, como si compartiera un secreto-. Si intentas resistirte demasiado, las cosas serán más difíciles para ti.
Carla frunció el ceño.
-¿Me estás diciendo que sea su prisionera sin pelear?
-Te estoy diciendo que intentes ser más... obediente. Haz que todo sea más fácil para ti.
Carla sintió una mezcla de indignación y miedo.
-No quiero que esto sea fácil. Quiero irme.
Martina suspiró y se puso de pie.
-Eso lo decidirá él.
Carla sintió un nudo formarse en su garganta.
Martina se dirigió a la puerta, pero antes de salir, se giró y la miró una última vez.
-Come algo. Te hará falta energía para lo que venga.
Y con esas palabras, la dejó sola, con el aroma del café llenando la habitación y la certeza de que Fabrizio no había terminado con ella.
Carla seguía sentada en la cama, con la bandeja del desayuno intacta frente a ella.
Su mente aún procesaba las palabras de Martina.
"Sé más obediente..."
"Haz que todo sea más fácil para ti."
Negó con la cabeza. No, no podía rendirse tan fácilmente.
Justo en ese momento, la puerta se abrió sin previo aviso.
Fabrizio.
La imponente presencia del Don llenó la habitación de inmediato.
Vestía una camisa negra remangada hasta los antebrazos, dejando a la vista la tinta de sus tatuajes y la fuerza de sus músculos.
Carla se tensó de inmediato.
Su mirada oscura la analizaba como si pudiera leer su mente.
-Buenos días, Carla.
Su voz grave resonó en la habitación.
Carla no respondió.
Se limitó a mirarlo con una mezcla de miedo y desconfianza.
Fabrizio avanzó unos pasos y se detuvo junto a la cama, observando la bandeja sin tocar.
-No has comido.
Carla tragó saliva y apartó la mirada.
-No tengo hambre.
Fabrizio chasqueó la lengua con desaprobación y metió las manos en los bolsillos de su pantalón.
-Te harás daño a ti misma si sigues así.
Carla sintió su cuerpo tensarse aún más.
-Mírame.
No quería hacerlo, pero algo en su voz no dejaba espacio para la desobediencia.
Levantó la vista lentamente.
El aire entre ellos se volvió espeso.
Fabrizio inclinó la cabeza y la observó con intensidad.
-Sigues mirándome con miedo.
Carla no respondió.
Porque era cierto.
Su cuerpo entero temblaba cada vez que él se acercaba.
Y Fabrizio lo notó.
Soltó un suspiro y, sin previo aviso, se inclinó hacia ella.
Antes de que pudiera reaccionar, sintió sus labios contra los suyos.
Un beso.
Pero no fue como ella lo esperaba.
No fue rudo. No fue invasivo.
Fue un beso suave, casi... dulce.
Tan rápido como comenzó, terminó.
Fabrizio se apartó lentamente, sus labios apenas rozando los de ella antes de separarse por completo.
-Nos veremos luego.
Dicho esto, se giró y salió de la habitación sin decir más.
Carla permaneció en la cama, inmóvil.
Su respiración estaba agitada.
Se llevó los dedos a los labios, sintiendo el calor que él había dejado.
No se lo esperaba.
No de él.
No de un hombre como Fabrizio Antonucci.
Su mente entró en caos.
"Carla, no seas tonta."
"Por muy atractivo que sea, este hombre no es para ti."
"Su mundo... su poder... y tú eres una niña a su lado."
"A sus ojos, nunca serás más que un trozo de carne."
Y sin embargo...
No podía dejar de pensar en ese beso.
Ni en la forma en que sus músculos se tensaban bajo su camisa.
Ni en la intensidad con la que la miraba.
Ni en el calor de su piel cuando estuvo cerca.
Cerró los ojos con frustración.
Este juego era peligroso.
Y lo peor de todo... es que no estaba segura de si quería seguir resistiéndose.
Carla suspiró y miró el croissant en la bandeja. Su estómago rugió levemente.
"No puedo seguir así... Si quiero sobrevivir en esta casa, necesito pensar con la cabeza fría."
Tomó el croissant y le dio un pequeño mordisco.
El sabor dulce y mantecoso llenó su boca.
"Al menos no moriré de hambre."
Después de un rato, decidió que ya no podía seguir encerrada.
Se levantó y salió de la habitación.
Bajó las grandes escaleras de mármol con pasos cuidadosos, sus manos frías y su corazón latiendo rápido.
En el amplio salón, Fabrizio estaba rodeado por sus hombres.
Todos vestían de negro, con semblantes serios, hablando en tono bajo.
Se notaba que era un asunto importante.
Pero cuando Carla apareció, todas las miradas se posaron en ella.
El ambiente se volvió denso.
Fabrizio se giró lentamente, su mirada oscura analizándola con atención.
Carla respiró hondo y, con una voz suave pero firme, saludó:
-Buenos días, señores.
Algunos asintieron con respeto, otros simplemente la observaron con curiosidad.
Entonces, sin apartar la vista de Fabrizio, Carla añadió con una leve sonrisa:
-Buenos días, esposo.
Silencio.
Los hombres intercambiaron miradas de sorpresa.
Franco levantó una ceja.
Fabrizio, en cambio, la observó con intensidad.
Por un momento, pareció desconcertado.
Pero en sus ojos oscuros brilló algo más... algo que Carla no pudo descifrar.
"¿Qué planea esta chica?"
Fabrizio entrecerró los ojos, apoyando su peso en el respaldo del sofá de cuero.
-Buenos días, esposa.
Su voz era profunda, cargada de curiosidad.
Carla mantuvo la mirada firme, aunque por dentro su corazón latía con fuerza.
Sabía que estaba jugando un juego peligroso.
Pero si quería sobrevivir en su mundo...
Tenía que aprender a moverse en él.
Fabrizio la miró con esa mezcla de incredulidad y diversión en sus ojos oscuros.
El silencio en la sala se hizo aún más pesado.
Entonces, con una voz calma pero desafiante, dijo:
-Si vas a llamarme esposo... entonces falta algo, ¿no crees?
Carla sintió un escalofrío recorrer su espalda.
-¿Q-qué?
Fabrizio ladeó la cabeza con una leve sonrisa arrogante.
-Mi beso de buenos días, esposa.
Los hombres a su alrededor contuvieron la respiración.
Carla tragó saliva.
No esperaba que él le siguiera el juego tan rápido.
Su cuerpo entero tembló, pero no podía retroceder ahora.
"Si quiero jugar en su mundo, tengo que aprender a no mostrar miedo."
Con cada paso, descendió las escaleras hasta quedar frente a él.
Sus ojos la seguían con atención, su mirada oscura como una trampa en la que ella estaba cayendo.
Estaba a unos centímetros cuando sintió su fuerte brazo envolviendo su cintura.
-Ah... -soltó un pequeño jadeo cuando su cuerpo chocó contra el suyo.
Él la había jalado hacia él con facilidad, como si fuera una muñeca en sus manos.
Los labios de Fabrizio quedaron a milímetros de los de ella.
Podía sentir su aliento caliente contra su piel.
Los ojos de Carla bajaron por instinto hasta su boca.
"No puedo mostrar debilidad."
Tragó saliva y, con el poco valor que le quedaba, se inclinó y lo besó.
Los murmullos entre los hombres fueron inmediatos.
Nadie lo podía creer.
El beso fue corto, apenas un roce, pero el fuego que dejó en sus labios la hizo estremecerse.
Fabrizio la miró con satisfacción.
Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en su rostro.
Entonces, sin soltarla, se giró hacia sus hombres y con voz firme y autoritaria declaró:
-Esta es mi esposa.
Su tono era imponente, sin dejar espacio a dudas.
Algunos hombres intercambiaron miradas sorprendidas, otros simplemente asintieron.
Pero lo que Fabrizio dijo después congeló el aire en la habitación.
-Desde ahora, la van a mostrar respeto.
Su mirada se volvió afilada.
-Quien no lo haga... sufrirá las consecuencias.
El mensaje estaba claro.
Carla no solo era una prisionera en su casa.
Ahora, era su mujer.