Ese príncipe es una chica: La compañera esclava cautiva del malvado rey
img img Ese príncipe es una chica: La compañera esclava cautiva del malvado rey img Capítulo 3 Urekai
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Capítulo 3 Urekai

Perspectiva del príncipe Emeriel

A la mañana siguiente, dos soldados detuvieron a Emeriel apenas salió.

"Mi príncipe, el rey lo llama", dijo uno de ellos. "Necesita su presencia en la corte, ahora".

'Mierda. Ese ministro tonto no perdió tiempo en delatarme. Solo son unos azotes, así que estaré bien', pensó el aludido, dirigiéndose a la corte.

Sin embargo, mientras caminaba desde el pasillo hasta su destino, se dio cuenta de que había un silencio inquietante. Le quedó claro que algo andaba mal, pues los acalorados trabajos de la corte siempre se escuchaban desde el exterior: ya fueran murmullos, discusiones o susurros.

La preocupación del príncipe aumentó cuando entró en el lugar y no todas las miradas se clavaron sobre él con condescendencia; de hecho, la atención estaba fija en el centro de la corte del rey.

Emeriel miró en su dirección y descubrió a dos hombres. Estaban vestidos con túnicas completamente blancas, y tenían el cabello negro, liso y tan largo que les llegaba hasta la cintura; en ese momento, estaban de pie y parecían inofensivos.

Sin embargo, tras mirarlos atentamente se dio cuenta de los músculos que apenas quedaban ocultos debajo de sus túnicas, de sus orejas ligeramente levantadas y sus rostros increíbles y antinaturalmente hermosos, que tenían una expresión inescrutable.

Emeriel se congeló al darse cuenta de que eran Urekais, aparentemente aristócratas.

Esa constatación le secó la boca, pues nadie quería encontrarse cara a cara con un ser de esa especie.

"Rey Orestus, ¿qué dice?", preguntó el Urekai que tenía una larga cicatriz en la mejilla y que parecía el más intimidante.

"No, eso no puede pasar", protestó el rey Orestus, con una expresión de horror que no logró ocultar completamente.

El Urekai de la cicatriz frunció más el ceño; estaba claro que era un ser que no aceptaba un no por respuesta. "Se equivoca si cree que le estamos dando opción, rey humano", dijo, avanzando hacia él.

Los ministros de la corte jadearon y se encogieron en sus asientos.

"Lord Vladya, tranquilo", intervino el otro Urekai, con voz más suave, quien parecía implorar, en vez de ordenar.

Lord Vladya, quien era el Urekai con la cicatriz, le lanzó una dura mirada al rey, que habría hecho temblar a cualquier hombre, y le dijo: "Es lo mínimo que puede hacer, rey humano. Si nos da a la princesa, nos iremos en silencio".

"Estamos dispuestos a pagar por ella", añadió su acompañante, metiendo la mano en su túnica, de donde sacó un gran saco con monedas.

En ese momento, el miedo desapareció del rostro del rey, y agudizó su oído, pues el asunto había despertado su interés. "¿Dinero?", sondeó.

"No solo dinero, también hay monedas de oro", dijo el Urekai sin cicatrices.

Todos, hasta Emeriel, se quedaron boquiabiertos, pues las monedas de oro eran raras y muy valiosas.

"Lo único que tiene que hacer es entregarnos a la princesa y esta bolsa será suya", prosiguió el Urekai.

'Un momento... ¿princesa? ¿Se están refiriendo a...?', pensó Emeriel.

En ese momento, la puerta se volvió a abrir y dos guardias entraron, escoltando a Aekeria.

'¡No, no, no! ¡Mi hermana no!', se dijo el príncipe, avanzando hacia ella, pero los guardias que la escoltaban lo detuvieron. Acto seguido, se mordió el labio con fuerza, intentando mantener el control, pero era demasiad difícil.

Una pequeña parte de su ser se negaba a aceptar que eso fuera lo que creía. Se convenció de que debía estar soñando, ¡pues no había forma de que los Urekais solo estuvieran allí para comprar a su hermana como esclava!

Los dos guardias que escoltaban a la joven hasta el centro del recinto se detuvieron a metros de los Urekais. El terror en el rostro de Aekeira reflejaba los sentimientos de Emeriel.

"Bueno, déjenme ver si entendí", empezó el rey Orestus. "Lo único que tengo que hacer es vendérsela, ¿y todo este dinero sería mío? ¿No hay otras condiciones? ¿Nada más?".

"Así es", respondió el Urekai sin cicatrices.

Por otra parte, lord Vladya caminó hacia Aekeria, acortando la distancia que había entre ellos; la chica temblaba visiblemente. Luego, la agarró de la mejilla y le ladeó la cabeza para contemplarla mejor.

"Ella servirá", dijo, con una evidente expresión de disgusto.

"¡Vendida! A partir de este momento, la princesa Aekeira es propiedad de los Urekais", exclamó el rey Orestus, azotando con fuerza su mano contra el escritorio.

"¡¿Qué?!", escapó un grito desesperado de los labios de Emeriel, incapaz de contenerse.

Acto seguido, corrió hacia el centro de la sala, cayó de rodillas y suplicó: "Por favor, su majestad, no venda a mi hermana. ¡No a los Urekais! Por favor".

"Emeriel, este asunto ya está fuera de mis manos", respondió el rey, viéndolo con una expresión de aburrimiento.

'Fuera de sus ma...', pensó el aludido, sin dar crédito a lo que escuchaba. "No puede permitir que esto suceda. ¡Ella también es su sobrina! ¡¿Cómo pudo hacer esto?!".

Su voz sonaba tan aguda como la de una mujer cuando gritó, pero en ese momento no le importó. "¡Sabe que más allá de la gran montaña, el único destino que le queda a mi hermana es la muerte! ¿Cómo pudo vendérsela?".

"Como si tuviera elección", se burló lord Vladya, con un dejo de cinismo impregnando su profunda voz de barítono.

Emeriel se giró para mirarlos; en ese momento, la ira cubría su rostro. Mientras contemplaba esos intimidantes ojos grises, se obligó a no dejarse llevar por la ira.

Había leído en algún libro que los Urekais eran capaces de quitarle la vida a alguien sin necesidad de contacto físico. Y aunque existía la posibilidad de que solo fuera un rumor, con la vida de su hermana en juego, no estaba dispuesto a poner a prueba su veracidad.

"Yo también iré. A dónde vaya Aekeria, yo también voy", declaró instantes después, alzando la barbilla de forma desafiante.

"¡No! ¿Qué estás haciendo, Em?", soltó Aekeira, volteando a verlo con los ojos llenos de terror.

"Voy contigo", afirmó su hermano con confianza.

"No. No te necesitamos. Solo necesitamos a tu hermana", intervino lord Vladya, alzando una de sus cejas perfectamente formadas.

"No me importa. Llévenme a mí también. Si me dejan aquí, siempre intentaré ir con ella. ¡Si es necesario, hasta cruzaré las grandes montañas!", señaló Emeriel, poniéndose de pie.

Lord Vladya soltó una carcajada sin ápice de humor; de hecho, el sonido fue frío. Luego afirmó: "Sin el rito de paso, la gran montaña te comerá vivo. Nunca llegarás al otro lado".

"Aun así me arriesgaré", prometió Emeriel.

"¡No! Mi hermano no vendrá", intervino Aekeira, antes de clavar su suplicante mirada en Emeriel. "No hagas esto, Em. Yo ya estoy condenada, ¡pero no quiero que tú corras el mismo destino!".

"Si vienes con nosotros, te convertiremos en nuestro esclavo", afirmó lord Vladya, mirándolo fijamente. "A los Urekai no nos importa si eres hombre o mujer; complacerás a tu amo de la forma que él te lo indique: ya sea trabajando en las minas o en el sótano, de espaldas, agachado o de rodillas. Y si aceptas, tu libre albedrío también termina hoy".

Al escuchar eso, Emeriel sintió un escalofrío que le llegó hasta los huesos.

"¿Sabes lo que significa ser esclavo de un Urekai, pequeño humano? Eres un niño bonito, así que no te faltarán amos a los cuáles servir".

Emeriel sintió un miedo que le llegó hasta el alma. Si todo lo que había escuchado mientras crecía, así como lo que había leído en varios libros, resultaba ser cierto, ser esclavo de un Urekai era peor que ser esclavo de un humano.

'Esto es como en mis sueños... ¡Debería alejarme lo más que pueda!', reflexionó. Sin embargo, se obligó a mantener la determinación y declaró: "A dónde va mi hermana, yo también voy".

"No aceptamos tener dos esclavos", dijo el Urekai sin cicatrices.

"Entonces está decidido", dijo lord Vladya, como si su acompañante no hubiera dicho nada.

El Urekai con cicatrices sacó otra bolsa de monedas de su túnica y la aventó a los pies del rey, mientras decía: "Nos llevaremos a ambos".

"¡Vendido!", exclamó el rey Orestus, azotando de nuevo su mazo contra la mesa.

            
            

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