"Escapémonos", sugirió Emeriel con urgencia. "Este lugar es muy grande y...".
"No puedo arriesgar tu vida, Em. El Gran Lord Vladya te advirtió sobre las graves consecuencias de intentar escapar. Además, si nos atrapan, descubrirían tu secreto cuando te desnuden para azotarte. Huir no es una opción", respondió Aekeira, negando con la cabeza.
Emeriel se acercó a su hermana, la sacudió con firmeza y le gritó: "¡¿Si te das cuenta de lo que pasa?! ¡Te van a obligar a servir a un UREKAI en su FORMA BESTIA! ¡Y no a cualquiera, sino a uno que ha perdido la cordura y lleva más de quinientos años como un salvaje! ¡No puedo dejar que te sometas a tal destino! ¡Morirás si lo haces!".
"¡No tenemos otra opción!", exclamó Aekeira. "No te pondré en peligro, Emeriel. ¿No puedes entenderlo? Eres mi hermana menor. Nuestros padres arriesgaron todo para protegerte, y yo haré todo lo que esté a mi alcance para hacer lo mismo. ¡Y no porque seas una carga, sino porque eres mi hermana menor y te amo profundamente!".
"¿Y quién te protegerá a ti? ¿Quién garantizará tu seguridad?", preguntó la otra, al borde de las lágrimas, mordiéndose el labio.
Aekeira la agarró fuertemente y mirándola a los ojos le dijo: "Nadie debe descubrir que eres mujer. ¡Nunca! Ni los humanos ni los Urekais deben enterarse".
Instantes después, la puerta se abrió, anunciando el regreso de Livia, acompañada por la joven Amie, así como por un grupo de soldados Urekais.
"Ya es hora. Sigamos", dijo Livia, mientras sus ojos se abrían mucho. "No te conviene tocarla ahora. No quieres dejar tu olor en ella. Suéltala inmediatamente".
"¿A qué te refieres? ¿Qué pasará si toco a mi hermana?", preguntó Emeriel, alejándose rápidamente de ella.
"La bestia no debe detectar ningún otro olor en ella. Si huele algo que odia, puede actuar de forma más brutal; incluso podría llegar a destrozarla. Por eso no debes tocarla", explicó la mujer mayor.
Luego, les hizo un gesto a los hombres para que escoltaran a Aekeira fuera de la habitación; Emeriel la siguió. El viaje fue largo y silencioso, con muchos giros y vueltas.
La comitiva pasó junto a esclavos humanos y sirvientes Urekais dentro de la vasta fortaleza, pero conforme se acercaban a su destino, las personas comenzaron a escasear y el lugar se fue volviendo cada vez más silencioso.
Emeriel sintió que el miedo la invadía y se le puso la piel de gallina cuando entraron en un corredor que tenía un aura inquietante. Lo siguiente que supo fue que una extraña sensación se apoderaba de su cuerpo.
Para ese punto, el silencio era ensordecedor y el grupo sentía que estaba caminando por un cementerio.
"Hasta aquí llegamos", susurró Livia, en la entrada del pasillo. "Aekeira, te toca avanzar desde aquí sola".
Emeriel ignoró las palabras de la sirvienta principal sobre no tocar a su hermana y agarrándola fuertemente del brazo, le suplicó, sacudiendo con vehemencia la cabeza: "No lo hagas".
Aekeira no volteó a verla; solo se quitó su mano de encima y siguió adelante. . .
De regreso en sus aposentos, Emeriel comenzó a caminar de un lado a otro. Se rascó el brazo, pues de la nada se sentía inquieta y molesta.
En ese momento, lo único que quería era que su hermana viviera un día más. No le importaba si estaba herida o adolorida, siempre y cuando estuviera viva. Aunque sabía que ese era un pensamiento egoísta de su parte, no le importaba.
Mientras caminaba de un lado a otro, comenzó a sentirse extraña; muy caliente. Estaba tan caliente que parecía que el fuego ardía en sus entrañas.
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Perspectiva de la princesa Aekeira
Las cámaras prohibidas estaban envueltas en una oscuridad total. Aekeira, incapaz de ver nada, sintió que su miedo se disparaba.
A pesar de todo, sentía que no estaba sola; había algo observándola. Ante esa realización, comenzó a experimentar escalofríos.
La princesa comenzó a desvestirse con manos temblorosas. Los Urekais poseían una visión nocturna excepcional, por lo que ella estaba segura de que la bestia podía verla perfectamente.
Recordó que le dijeron que se presentara de buena gana ante la bestia, pues si lo hacía bien, tal vez pudiera sobrevivir. Una vez desnuda, cayó al suelo de rodillas; todo el cuerpo le temblaba. Luego bajó la parte superior de su cuerpo, hasta que su hombro se presionó contra el frío suelo, y abrió sus rodillas, para exponer su sexo por completo.
La mujer mayor le había dicho que no presentara su ano. De hecho, le había dado varias instrucciones, mientras vertía abundantes cantidades de líquido en la vagina de Aekeira, para lubricarla.
Durante el proceso se enteró de que no había consciencia dentro de una bestia, solo respondía ante el sexo, el hambre y su instinto asesino.
Con eso en mente, la joven suspiró e intentó calmar su cuerpo tembloroso. Sabía que la bestia no intentaría alimentarse de ella, pues le habían llevado su comida ayer. Con cuidado y evitando agarrarse las nalgas, se tocó los pliegues vaginales y comenzó a separarlos tanto como su posición se lo permitía.
De repente, un gruñido retumbó en la oscura habitación. Aekeira gritó sobresaltada, ¡pues había sonado mucho más cerca de lo que ella esperaba!
Temblando como una hoja, la chica miró hacia la oscuridad y esperó lo inevitable. Aunque se sentía muy incómoda en esa posición, Livia le había ordenado que se quedara así por el mayor tiempo posible.
De repente, sintió una inmensa mano sobre su cadera. Luego, la cubrió una sombra enorme... Lo siguiente que supo fue que una figura enorme flotaba sobre ella.
Aekeira contuvo la respiración, aterrorizada.
Por su parte, la bestia la olió y luego se quedó quieta. Acto seguido, tomó otra bocanada de aire y su gruñido se intensificó... Parecía que había captado otro olor.
Antes de que Aekeira pudiera pensar en ello, el monstruo presionó su fría nariz contra su brazo e inhaló profundamente. Ese era el lugar del que Emeriel la había agarrado, mientras le suplicaba que no entrara a ese lugar.
Un fuerte gruñido resonó detrás de la chica. Luego, el monstruo la montó y comenzó a penetrarla con fuerza. Ella gritó de agonía mientras la gran bestia la embestía sin piedad, sin pensar.
La princesa experimentó un dolor insoportable, diferente a todo lo que había sentido antes. Sus gritos resonaron en el silencio, sacudiendo las paredes.
La bestia continuó olfateándole el brazo, mientras gemía y gruñía. Quería más de ese aroma. ¡De hecho, estaba molesta, porque no podía conseguir más! El ritmo de sus embestidas era inhumano, rápido y contundente, como si quisiera penetrar el alma misma de su víctima.
"¡¡¡Por favor!!!", gritó ella, abrumada.
En ese momento, sintió que ese monstruo consumía por completo su cuerpecito. Además, le quedó claro que era una bestia, pues podía sentir sus duras escamas contra su piel. Por si fuera poco, sus extremidades eran como los troncos de los árboles y tenía garras tan afiladas como dagas.
Aekeira temía que la cortara, por la fuerza con la que la sujetaba. '¡Oh, Dioses, voy a morir!', se lamentó mentalmente.
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Perspectiva del príncipe Emeriel
Algo no andaba bien con Emeriel y, sin importar lo que fuera, había empeorado en la última hora, incluso antes de que los desgarradores gritos de Aekeira resonaran en la noche.
En ese momento, lo único que quería hacer era correr a las cámaras prohibidas y rescatar a su hermana, pero le dolía muchísimo el cuerpo. Además, estaba muy excitada.
No sabía cuándo pasó, pero se había desvestido, pues la sensación de la tela sobre su piel tan caliente le incomodaba. Y ahora estaba sobre la cama, soportando una ola de calor y excitación. Ambas sensaciones la embestían como olas.
"No, no, por favor", chilló, ante la señal de dolor.
Su cuerpo se retorció por la agonía y se puso rígido mientras las intensas emociones la atravesaban... concentrándose particularmente en sus genitales.
Emeriel sentía que su vagina estaba envuelta en llamas que se negaban a apagarse; el ardor que sentía en el área era insoportable. Había intentado apaciguar la molestia rascándose con los dedos, pero eso solo intensificó su dolor.
En ese instante, lo único que quería hacer era autosatisfacerse. Nunca antes había tenido ese impulso, pero de golpe esa idea era lo único que ocupaba su mente.
Exceptuando la tela blanca que le envolvía con fuerza los pechos, Emeriel estaba completamente desnuda; no obstante, también sentía incomodidad en las chichis, así que con manos temblorosas se quitó el binder del pecho. Segundos después, cedió ante sus impulsos y comenzó a masajearse los pezones.
La mujer gritó ante el dulce placer que la recorrió; no sabía qué le pasaba. Con los gritos de Aekeira resonando en la distancia, gimió. Nunca había escuchado a su hermana gritar tan fuerte ni tan desgarradoramente.
'Dioses, necesito salvar a mi pobre hermana antes de que esa bestia la mate', se dijo. Sin embargo, por mucho que lo intentó, fue incapaz de mover su adolorido cuerpo.
"Alguien... ayúdeme", gimió, mientras su mano apretaba desesperadamente sus congestionados pezones.
'¡Santo Cielo! ¿Qué me pasa?', se preguntó.