"Te aconsejo que deseches cualquier pensamiento que esté rondado por tu cabecita. No tienes ni idea de dónde estás, ¿verdad?", le preguntó lord Vladya, con una sonrisa.
Emeriel solo podía discernir que estaban en la fortaleza más alta y fortificada que jamás había visto, así que negó con la cabeza; en ese momento, su miedo era palpable.
"Estás en Ravenshadow", dijo lord Ottai, acercándose por detrás de su compañero con cicatrices.
'¿Ravenshadow? ¿¡En serio estoy ahí!? No, esto no puede estar pasando', se lamentó Emeriel.
"¿En la Ciudadela R-Ravenshadow? ¿Estoy en el hogar de los cuatro grandes gobernantes de los Urekais? ¿El lugar conocido como el abismo susurrante del gran poder?", soltó, incapaz de contener por más tiempo su terror.
"Así es como le dicen ustedes los humanos, no nosotros. Pero sí, tienes razón, príncipe Emeriel, estás en la Ciudadela Ravenshadow", resopló lord Ottai.
"No hace falta que te diga que este es el lugar más seguro de Urai, rodeado por vastas tierras en las que podrías perderte si intentas escapar", comenzó lord Vladya, con una sonrisa. "De hecho, el exterior es como un vórtice que te tragaría y nunca volverías a ser visto. No hay escapatoria de Ravenshadow".
Aunque Emeriel escuchó eso, su mente estaba consumida por un miedo mucho mayor. "¿Los cuatro grandes gobernantes de los Urekais viven aquí?", reflexionó en voz alta.
"Así es", respondió lord Ottai, con un dejo de diversión en su voz, atrayendo su atención.
No fue hasta ese momento que Emeriel se dio cuenta de que había dicho eso en voz alta. Se acercó un poco más a lord Ottai, pues le parecía menos intimidante y su mejor opción en ese momento, aunque miraba de reojo al otro lord, que tenía una cicatriz en la cara.
"He escuchado rumores sobre su especie", soltó.
"¿Qué es exactamente lo que has oído?", le preguntó lord Ottai.
"Se dice que son mortales, impredecibles y actúan casi como salvajes", enumeró Emeriel con los dedos, mientras divagaba. "Además, se dice que sus hábitos de apareamiento son tan brutales como sus asesinatos, y aunque tienen hematófagos, prefieren alimentarse de la sangre humana. Y la gente cuenta que después de que su rey se descontroló...".
"Fantástico. Justo lo que necesitaba escuchar", intervino bruscamente lord Vladya.
"Dejaré que sea lord Vladya quien resuelva tus dudas. Yo necesito asistir a una reunión del consejo", dijo lord Ottai, con un dejo de diversión en su voz.
Emeriel estuvo a punto de gritar que no lo dejará con él, pero optó por morderse el labio con fuerza, para contenerse. Sin embargo, lord Vladya no lo hizo.
"Lord Ottai, reconsidéralo. No hay manera de que yo...", empezó.
"¿Estás diciendo que prefieres que lord Zaiper se encargue de la reunión informativa?", preguntó el susodicho, en voz baja.
Su interlocutor contrajo un músculo de su mandíbula, antes de lanzarle una mirada dura a Emeriel, como si realmente estuviera considerando esa posibilidad.
"Ambos sabemos que no quieres que eso pase. Además, no olvidemos el favor que me debes. ¿Si te acuerdas?", añadió Ottai, al darse cuenta de la vacilación de su compañero.
Ante eso, lord Vladya lo fulminó con la mirada.
"Creo que ya es hora de cobrarte ese favor. Tú te encargarás de la sesión informativa. Yo me voy", remató lord Ottai, con una sonrisa lobuna. Acto seguido, se dio la media vuelta y se alejó; cada uno de sus pasos irradiaba sofisticación.
Finalmente, Emeriel y lord Vladya se quedaron solos, cara a cara.
"Ven", indicó el Urekai, comenzando a caminar; el príncipe lo siguió.
"Olvídate de cualquier rumor que hayas escuchado en el reino de los humanos. Algunos pueden ser verdad, pero la mayoría no son más que tonterías", declaró lord Vladya, luciendo algo molesto. "Sin embargo, no profundizaré en el vasto conocimiento de mi especie, porque es demasiado extenso para cubrirlo. En cambio, solo te compartiré las partes que son necesarias para que entiendas qué hace tu hermana aquí".
Emeriel se preparó para lo que viniera.
"Hace quinientos años, incluso un poco antes, mi especie y la tuya coexistían pacíficamente. El Gran Rey Daemonikai se encargaba de ello".
Ante ese nombre, a Emeriel se le puso la piel de gallina y las rodillas comenzaron a temblarle; apenas podía disimular su miedo. Ese era uno de los Urekai más antiguos de los que se tenía registro y su reputación era conocida en todo el mundo, incluso hasta por un niño nacido en la actualidad.
El Gran Rey Daemonikai era no solo uno de los cuatro gobernantes de su especie, sino también el primero. Además, era el líder supremo, pues su poder y su fuerza eran legendarios. De hecho, había algunas personas que aseguraban que no podía ser asesinado.
El nombre de Daemonikai fue uno de los que infundió terror en los corazones de todas las especies existentes en el mundo.
"Su hijo, Alvin, se hizo amigo de un príncipe humano", continuó lord Vladya. "Durante una conversación en la que compartían champán, Alvin, en estado de ebriedad, le contó al príncipe los secretos de nuestro pueblo. Y fue así como los humanos se enteraron de la noche del Eclipse Lunar".
"Esa es la noche en la que los Urekais pierden naturalmente la fuerza y el poder que les confiere la luna, ¿verdad?", preguntó Emeriel, con la intención de corroborar los rumores que había escuchado. "Ocurre cada quinientos años y deja a la mayoría de ustedes increíblemente débiles, incluso más que un bebé recién nacido. Ese es el momento en el que son vulnerables a los ataques".
El Urekai se detuvo y miró a Emeriel; le dedicó un asentimiento, antes de volver a caminar. "Lo que Alvin no sabía era que el príncipe estaba siendo utilizado por su padre para recopilar información sobre nosotros. El rey Menfis tenía sus ojos puestos en nuestras tierras. Para resumir, los humanos traspasaron nuestras defensas y nos atacaron en la noche del Eclipse Lunar, infligiendo daños significativos a nuestro reino".
"Muchos de nuestros hombres fueron asesinados. La supervivencia de los Urekais se debió en gran medida a los esfuerzos de los cuatro gobernantes, particularmente de Daemonikai", añadió lord Vladya, mientras su expresión se tornaba sombría. En ese momento parecía distante, como si pudiera ver la batalla desarrollándose frente a él. "Daemonikai recurrió hasta el último gramo de sus fuerzas para salvar a su pueblo. Sacrificó todo lo que tenía... a pesar de que era consciente de las consecuencias".
'¿Consecuencias?', pensó Emeriel.
De repente, se sintió súbitamente mal, pues los humanos consideraban esa noche como una victoria y la contaban como un gran logro. No obstante, ahora que escuchaba el otro lado de la historia, le parecía algo casi bárbaro.
"Después de esa noche, todo cambió", continuó lord Vlayda. "Muchos Urekais perdieron a sus parejas y a sus hijos; quienes sobrevivieron se endurecieron por la pérdida. Ni siquiera nuestra venganza hizo algo para aliviar el dolor de nuestros corazones".
"Su especie casi diezmó a la población humana, y obligó a muchos a esconderse", soltó Emeriel, incapaz de contener la amargura en su tono. "Los Urekais tomaron numerosos esclavos y casi desaparecieron de nuestro territorio a las mujeres. ¿Y aun así dices que no sintieron nada?".
Emeriel cerró la boca de golpe cuando su interlocutor clavó su mirada en él.
"Entonces, el Gran Rey Daemonikai terminó rindiéndose ante su bestia interior y se volvió loco. Su mente quedó completamente pérdida y así ha permanecido desde hace quinientos años. Ahora, él mismo es quien pone en peligro a las personas por las que terminó así", dijo lord Vladya, "La bestia se libera periódicamente y realiza matanzas despiadadas y brutales. Para evitar más pérdidas, terminamos confinándola aquí en Ravenshadow".
'Bueno... eso suena como una buena idea. Entonces, ¿cuál es el problema?', se preguntó Emeriel.
"Pero el confinamiento por sí solo no es suficiente. Nuestras bestias internas necesitan dos cosas para sobrevivir: sangre y sexo", le dijo lord Vladya a Emeriel, con una mirada penetrante. "Y ahí es donde entra tu hermana".
En el acto, la inquietud invadió al humano, pues no le gustaba hacia donde iba eso.
"La princesa Aekeira tendrá que satisfacer las necesidades sexuales de la bestia. Fue por eso que la compramos. Y como para ti no tengo ningún uso, también le perteneces a la bestia", declaró lord Vladya con firmeza.
"¿Qué?", susurró con incredulidad Emeriel. "No lo estás diciendo en serio, ¿verdad?".
"Dile a la princesa Aekeira que se presente de buena gana ante la bestia. Si lo hace, ¿quién sabe? Tal vez llegue a ver otro amanecer. La verdad es que me importa poco el resultado".
En el acto, Emeriel cayó de rodillas ante él; las lágrimas nublaban su visión. "Lord Vladya, por favor, no la sometas a esto. ¿Ser esclava sexual... de una bestia? ¿La bestia del rey? ¡Mi hermana morirá!", gritó, con la voz teñida de ira.
"Buena suerte intentando escapar de Ravenshadow. Por cada intento recibirás cincuenta latigazos", respondió su interlocutor sin inmutarse. Acto seguido se dio la media vuelta y se alejó dando grandes zancadas.
Emeriel sintió que su furia superaba su terror y corrió tras él, pero los soldados le bloquearon el paso.
"¡¿Quién te crees que eres?!", gritó Emeriel. "¡¿Te consideras tan poderoso que crees que puedes dictar el destino de los seres vivos?! ¡Tu especie y tú no son más que bestias! ¡Lord Vladya, eres un monstruo!".
El aludido se detuvo y, viendo al otro por encima del hombro, respondió: "Príncipe humano, para mí eso es un cumplido. Y para ti, soy el Gran Lord Vladya".
'¿Gran Lord? ¿Como el título que utilizan los cuatro grandes gobernantes de los Urekai? Santos Dioses de la Luz, mi hermana y yo estamos condenadas', pensó Emeriel, congelándose en el acto.