Emeriel se quedó callada durante todo el colapso de su hermana mayor, mientras comenzaba a asimilar el peso de su decisión. Ahora se daba cuenta de que era una esclava, lo que la colocaba por debajo de alguien nacido en la pobreza, e incluso que de un sirviente encargado de limpiar las alfombras. Además, no era cualquier esclava, sino la de un Urekai, o tal vez de varios. Lo único que tenía claro era que serviría a esos malvados seres que odiaban a los humanos.
De repente, un escalofrío la recorrió cuando recordó las palabras que le había dicho uno de sus compradores: "Eres un niño bonito, así que no te faltarán amos".
Entendió que su peor pesadilla se había vuelto realidad: la iban a violar. Solo que no lo haría una sola bestia, sino muchas, tantas como su amo quisiera. Le abrirían las piernas y la someterían a ese terrible acto sexual.
Emeriel se tragó la bilis que le subía por la garganta y, presa del pánico, comenzó a respirar entrecortadamente.
"Respira, Em. Cálmate", le dijo Aekeira, sentándose a su lado y frotándole la espalda. "Inhala... y exhala... Vamos, Em".
La voz de Aekeira era suave y tranquilizadora, así que su hermana no tuvo más opción que seguir el sonido.
"Buena chica. Lo estás haciendo increíble", dijo la primogénita, sin dejar de frotarle la espalda.
De repente, dos Urekais entraron y las obligaron a tomarse una pastilla desconocida.
'Seguramente no pagaron tanto dinero solo para matarnos antes de convertirnos en esclavas, ¿verdad?', pensó Emeriel, mientras se la tragaba.
Minutos después, ambas cayeron inconscientes al suelo.
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Mucho más tarde, Emeriel se despertó por culpa del traqueteo de un carruaje. Se sentía mareada y desorientada, así que parpadeó varias veces, para ajustar su visión. Lo último que recordaba era que a su hermana y a ella las habían obligado a tomar una pastilla. Con eso en mente se levantó y se dirigió a la ventana de madera del carruaje y la abrió.
En el acto, un jadeo escapó de sus labios, pues se dio cuenta de que estaba en la tierra de los Urekais. Desde donde estaba podía ver cientos de ellos; sin embargo, lo que la dejó con la boca abierta fue el ver humanos. Había muchos a la vista, especialmente hembras, que casi igualaban en proporción a los varones.
Era bien sabido que los Urekais habían adquirido y mantenido en cautiverio a muchos humanos después de la guerra, pero la gran cantidad que tenía enfrente superó sus expectativas. Y todos eran esclavos.
Algunos trabajaban en los campos; sus cuerpos se veían cansados y doblados por el peso del trabajo. Otros más, bajo la atenta mirada de sus captores, transportaban grandes cargas y sus músculos se tensaban con cada paso que daban.
Había algunos Urekais que sostenían látigos y otros espadas. Ante esa visión, Emeriel sintió que se le revolvía el estómago, mientras un malestar se extendía por su cuerpo. No pudo evitar preguntarse si así sería ahora la vida de su hermana y la suya.
Justo en ese momento, Aekeira gimió a sus espaldas, sacándola de sus pensamientos.
"¿Estás bien, Kiera?", preguntó Emeriel en voz baja, volteando a verla, con una expresión de preocupación.
La aludida asintió y se frotó los ojos. "¿Dónde estamos?", preguntó, mientras recorría con la mirada sus alrededores.
"En Urai, su reino", susurró Emeriel, para que el capataz del carruaje no la escuchara.
Las hermanas contemplaron la enorme fortaleza que se erigía frente a ellas. El carruaje que las transportaba iba directamente hacia ahí.
"Este lugar parece muy lujoso", comentó Aekeira.
Emeriel asintió. Como miembros de la realeza, su hermana y ella conocían bien el lujo, pero lo que tenían enfrente estaba a otro nivel. Y eso la llevó a preguntarse... ¿quiénes eran exactamente los hombres que las habían comprado? Si ellos no eran sus amos, entonces ¿quiénes lo eran?
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Los guardias escoltaron a las hermanas a una habitación vacía, después de pasar por numerosos aposentos y pasajes.
"Se quedarán aquí por ahora", anunció un soldado.
La recámara era sorprendentemente espaciosa y estaba decorada con muy buen gusto.
No mucho después de que los soldados se fueran, escucharon el sonido de pasos acercándose, que resonaban más cerca con cada segundo que pasaba. Instantes después, una mujer humana, bastante mayor, abrió la puerta. La acompañaba una mujer humana más joven y tres varones Urekais.
"Eres un hombre increíblemente guapo. He visto muchos hombres atractivos a lo largo de mi vida, pero ni siquiera yo puedo pensar en alguien que tenga la mitad de tu belleza", dijo la mujer mayor, contemplando atentamente a Emeriel.
Esas palabras incomodaron a Emeriel y provocaron que diera un paso atrás; encontró consuelo detrás de Aekeira, quien extendió sus brazos de manera protectora para cubrirlo de las miradas indiscretas.
"Bueno, es una pena que no seas tú a quien vinimos a buscar", dijo la mujer con desdén, dándose la vuelta. "Muchachos, ya saben qué hacer. Amie, tú prepara el baño".
Los tres hombres se acercaron a Aekeira y comenzaron a desvestirla. Dos le quitaron la ropa, mientras el tercero comenzó a deshacerle los nudos en el pelo.
"¿Qué están haciendo?", preguntó Emeriel, con preocupación.
"Preparándola para lo que viene", respondió la mujer mayor, sin molestarse en voltear a verlo. "No me importa si te vas o te quedas, pero si me molestas, haré que los soldados vengan por ti y te encierren en un calabozo".
Miles de preguntas atravesaron por la mente de Emeriel, pero un movimiento de cabeza de su hermana hizo que no expresara ninguna. Fue así como el otrora príncipe vio con impotencia cómo desnudaban a su hermana, mientras Amie, la chica más joven, preparaba una gran tina llena de agua.
Emeriel al final decidió salir y explorar los alrededores; comenzó a deambular sin rumbo por los pasillos. Eventualmente llegó hasta un paraje apartado, que parecía oculto de las miradas casuales. De repente, escuchó unas voces cerca de allí y se acercó a su fuente.
"¿Qué haremos con el chico? Él no era parte del plan", dijo una voz.
"Lord Ottai, eso no me importa. Tal vez se nos ocurra algo más adelante", respondió lord Vladya. "Por ahora, centrémonos en la chica. El mal tiempo retrasó nuestro viaje; yo esperaba regresar ayer". Luego, con su habitual voz fría y autoritaria, añadió: "El tiempo se acaba. Ella debe estar en las cámaras prohibidas esta noche".
'¿Cámaras prohibidas?', repitió mentalmente Emeriel, a quien no le gustaba cómo sonaba eso.
"Tranquilízate, Vladya. Esa joven no puede manejar a la bestia", señaló lord Ottai.
"No me importa. Los sirvientes ya prepararon sus camas y en ellas se acostarán", respondió el aludido, desafiantemente.
Ottai soltó un largo suspiro, antes de intentar que su interlocutor entrara en razón. "Sería despiadado enviar a esa jovencita a servir a la bestia, sin decirle al menos lo que le espera. Sé que no sientes ningún amor por los humanos y, francamente, yo tampoco, pero seguramente podemos hacerlo mejor que eso".
"Haz lo que quieras. Puedes contarles todo a nuestros nuevos esclavos, o no decirles nada. No me importa", afirmó Vladya. "De hecho, ni siquiera me importa si ella vive o muere. Pero si fallece, enviaré al principito bonito, y si a él también lo matan, me meteré lo más rápido que pueda al siguiente carruaje con rumbo al reino de los humanos, para seleccionar a una princesa para él. Ese es el único asunto que me importa".
Tras esas palabras, los Urekais se quedaron callados, mientras que la mente de Emeriel iba a mil por hora, por culpa del miedo y la incredulidad. No entendía a qué se referían sus captores con servir a la bestia, ni por qué decían que podían morir.