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Doblemente casada

LiviaCFM
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Capítulo 1 La rutina del escuadrón.

Los inconfundibles olores a libros, nicotina y acuerdos legales invaden las fosas nasales a los presentes. Sin tener duda alguna, dos hombres asiáticos aún sumergidos en su inquebrantable amistad intercambian con simplicidad las miradas honrosas en sus achinados ojos. Así que después de leer, revisar y estudiar en profundidad el documento por quinta vez, Takumi Kaneco y Lee Ming proceden con orgullo a estampar sus firmas ante el notario.

Sellando así el destino de sus descendencias; ambos se aseguran, con plena confianza, de estar tomando la decisión correcta, ya que sienten una deuda de honor inmensa con Roberto Guzmán, la que deben y desean saldar.

A Roberto le deben no solo la vida, sino todo lo que son; cada una de las metas alcanzadas por estos dos amigos inseparables son el resultado directo de la convivencia con él, que más que una mera convivencia, fue una lucha por sobrevivir. Roberto les ha enseñado una lección invaluable, que les llegó de la manera más dolorosa e inhumana posible; cuando creían que estaban al borde de la muerte, sumidos en un tormento físico, emocional y espiritual sin igual.

Una ráfaga de reminiscencias invade, sutilmente, los pensamientos tanto de Lee como de Takumi... "Durante aquellos largos, tormentosos y dolorosos tres meses, Roberto dejó claro que la guerra más ardua no consistía en luchar con armas y estrategias militares, sino en enfrentarse a su propio ser interior. No importaba que fueran de diferentes nacionalidades o que estuvieran influenciados por distintas culturas arraigadas. La victoria en esa guerra solo sería posible si lograban comprender que el "yo" interno debe fortalecerse y volverse más seguro con el paso del "tic tac" del tiempo. Para los tres hombres, esta fue una experiencia personal que los marcaría de por vida y que, sin que lo supieran, afectaría a sus generaciones futuras.

Estar en zona de guerra en tierras extranjeras, no es nada fácil, aun formando parte del cuerpo de las Naciones Unidas. El doctor de emergencias Takumi de origen japonés acababa de terminar su especialización en traumatología, cuando fue destinado a un hospital improvisado en plena zona de guerra.

Takumi próximo a sus años treinta, soltero, pero rotundamente enamorado de su novia Sakumi, era el típico nipón que, tal cual, como cualquier japonés; su cuerpo distaba mucho de ser grande y fornido, sin embargo, poseía una resistencia y aguante, tanto física como emocional, digna de su profesión. Aunque provenía de una familia con suficientes recursos económicos, se adaptaba, fácilmente, a sus nuevas condiciones de vida. Su personalidad alegre era de gran ayuda, y solía ser más abierto que otros compatriotas suyos debido a haber estudiado en la cosmopolita Londres.

Por su parte, el coreano Lee de veintiocho años tenía un carácter fuerte, casi inquebrantable de esos que son todo o nada, ya que solo veía la vida en dos colores; blanco o negro, sin matices en su vida. Experto en las telecomunicaciones, rara vez compartía su tiempo con los miembros del escuadrón, no obstante, siempre estaba dispuesto a brindar ayuda a aquellos que la necesitaban. Gracias a su distinguido linaje militar, disfrutaba de ciertos privilegios que sus compañeros de escuadrón no tenían. Sin embargo, Lee no se sentía obligado ni apresurado a regresar a casa, ya que no tenía a nadie especial esperándolo. Tal vez, su carácter distante, solitario e impersonal era lo que le había impedido experimentar el amor a pesar de su edad.

El más joven del trío era Roberto, venezolano a mediados de sus veinte, graduado en la Universidad Central de Venezuela en idiomas; su rol en el escuadrón era de traductor; dominaba un total de cinco idiomas; español, inglés, francés, italiano y portugués. Aunque su pasión era la cocina, había incursionado en el mundo de la botánica y la medicina natural. Tenía un cuerpo bien desarrollado, atlético, y una tez bronceada tan típicamente latina. Siempre mostraba una sonrisa en sus labios y estaba listo para enfrentar al mundo con su personalidad abierta, alegre y juvenil. En sus momentos libres no perdía la oportunidad de disfrutar de la música y dejar deslizar sus ágiles dedos sobre las cuerdas de su envejecida guitarra. Por su corta edad aún no conocía el amor propiamente dicho, aunque sí tenía una larga lista de novias informales.

La vida transcurría casi sin novedad, había días muy movidos y otros llenos de rutina. Ya llevaban casi ocho meses en esa base militar. El personal era, relativamente constante, con muy pocos cambios en las listas. Los turnos de trabajo eran de veinticuatro horas para los días tranquilos y, en caso de situaciones más intensas, el turno terminaba cuando todo volvía a la normalidad, a veces, podían pasar días o semanas así; en medio de una emergencia.

Dado que se encontraban en plena selva tropical, Roberto aprovechaba su tiempo libre para estudiar la vegetación y clasificar las plantas de acuerdo a sus propiedades medicinales. Recorría, diariamente, la selva de manera rutinaria, por lo tanto, ya la conocía como la palma de su mano. Entendía muy bien los movimientos del río, sabía sí la lluvia sería suave o, por el contrario, sí se volvería una tormenta tropical, podía identificar la fauna según sus huellas y excrementos. Tenía cierta experiencia en excursiones, ya que, su familia poseía grandes extensiones de tierra en su país; en donde se dedicaban a la ganadería.

Parte de la responsabilidad de Takumi era garantizar que los miembros del escuadrón no enfermaran, así que, con frecuencia les hacía controles médicos y de laboratorios, les recetaba vitaminas o suplementos para evitar cualquier recaída, así como, el controlar y dispensar para algunos miembros las medicinas permanentes de hipertensión o control de la diabetes, entre otras, según sea el caso. Mientras atendía, eficazmente, cualquier emergencia médica ocurrida en la base. Mes tras mes la tensa calma dejaba pasar el tiempo.

Ya había transcurrido casi un año, y Takumi pudo notar que Roberto jamás se enfermaba; ni siquiera; un resfriado, aún si había permanecido por horas bajo la lluvia internado en la selva. No sufría de molestias estomacales como el resto de los integrantes del escuadrón; por el consumo de las aguas turbias del río o por el cambio alimenticio. Rara vez, era picado por insectos; parecía que su piel estuviera recubierta por un repelente permanente.

Un día, mientras Roberto tocaba la guitarra para relajarse, Takumi se le acercó no solo para lograr disfrutar de la música, sino para entablar una conversación referente a su condición de salud.

-¡Umm!, hermosa melodía, ¿quién es el compositor? -indagó Takumi disfrutando de la música tras hacer una sutil reverencia de cabeza.

-Alguien muy especial para mí; mi madre -La voz de Roberto fue pausada.

-No sabía que tu madre es compositora, debe ser muy famosa en tu país -exclamó el galeno sorprendido -es, realmente, hermosa y relajante esa melodía- confirmó, mientras se acercaba para sentarse al lado del latino.

-Nada de famosa, era solo una madre amorosa y feliz. Ella solía pasar todo el día tarareando cualquier melodía que dejaba escapar de su alma. Esta en particular la tarareaba en las noches cuando nos preparaba una deliciosa taza de avena antes de irnos a dormir; no sé qué me relajaba más si la avena o la melodía -pronunció con cierta melancolía, dejando acumular alguna que otra lágrima en las cuencas de sus ojos.

-Me imagino que estás desesperado para regresar a casa y disfrutar de esas dos cosas -pronunció Takumi con sinceridad en los labios.

-La avena la puedo disfrutar todavía, pero no volveré a oírla a ella, pues murió hace dos años en mis brazos -logró decir con las primeras lágrimas corriendo por sus mejillas, mientras veía, directamente, los somprendidos ojos de Takumi.

-¡Ey amigo!, no fue mi intensión hacerte recordar un momento tan doloroso en tu vida, espero que me perdones -reflexionó luego de un inesperado suspiro lleno de arrepentimiento. Todavía sosteniéndole la mirada.

-No hay problema... ¡Ey amigo!, -dijo Roberto medio en broma, medio en serio, ya algo más relajado -está bien, aunque murió en estos brazos, le doy gracias a Dios por ese momento- esquivó la mirada rasgada de aquellos profundos ojos negros, cual noche sin estrella.

-¡No te entiendo!... ¿Cómo puedes decir eso?, de ser tú, yo estaría traumatizado, lo juro -reconoció Takumi con solo la idea de imaginarse pasar por tal experiencia.

-¡Pues verás!... Ese día disfrutábamos en familia de cabalgar al finalizar nuestra jornada de trabajo en la finca, esa tarde no fue la excepción, solo que esta vez regresaríamos con uno menos de la familia -Roberto se dejó llevar por los recuerdos; luego de una pausa para tratar de secarse las lágrimas que salían de manera incontrolable para continuar con su relato- Ella cayó de su caballo cuando este fue picado por una víbora. Enseguida mis hermanos, mi padre y yo rodeamos a mi madre en sus últimos momentos de vida; ella logró despedirse con una sutil sonrisa de cada uno de mis hermanos, aunque con mucho dolor y dificultad para respirar le agradeció a Dios por permitirle formar una familia tan hermosa... Mi padre sentía que la mitad de su alma se le iba junto con ella, pero aun así no se lo demostró para que pudiera irse en paz... La rodeé con mis brazos; le agradecí por ser la mejor madre que podría tener y mirándola a los ojos, le pedí que si hay una vida eterna después de esta; me espere hasta que me reúna con ella, pero sí, por el contrario, sí hay reencarnación le rogué que me permitiera ser su padre en la siguiente vida para así poder retornarle todo lo que ella había hecho por mí -Con una extraña mezcla de dificultad y nostalgia la voz de Roberto se fue apagando hasta culminar con su relato.

Luego de esas palabras, Takumi se le acercó para abrazarlo y tratar de consolarlo, aunque no podía pronunciar palabra alguna. El hecho de transmitir el calor de aquel abrazo fue suficiente para reconfortar a Roberto quien, finalmente, dijo.

-¡Dios!, gracias por darle la oportunidad a mi madre de estar acompañada por sus seres queridos en ese momento. -Allí quedaron los dos sentados, mientras Roberto retomaba la guitarra, a la par de que el joven galeno cerraba los ojos para concentrarse en las melodías que salían de las cuerdas que ágilmente movía su nuevo amigo.

A pocos pasos de ellos, camuflajeado entre los árboles, se encontraba Lee, observando cómo empezaba una amistad que, tal vez, duraría más allá de la muerte. En cierta forma, y a muy pesar suyo, el gusanillo de la envidia bien sana le carcomió un pedacillo de su labro pecho, pero prefirió alejarse sin intervenir"

            
            

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