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El primer mes después de la boda de mentira transcurrió de manera inusitadamente tranquila, al menos en apariencia. Oliver y Julia, como se había planeado, mantuvieron las apariencias en todos los eventos sociales, en cada reunión de los inversionistas y en las visitas a las familias. Sonrisas falsas, bromas casuales, caricias en público, miradas cómplices, y una serie de gestos destinados a convencer a los ojos de los demás de que su amor era real. No obstante, mientras la farsa se consolidaba, algo más estaba sucediendo en el interior de Oliver.
El matrimonio de mentira comenzó a sentirse cada vez más como una prisión, pero no de la manera en que había imaginado. Lo había hecho por obligación, por la presión de su familia, por la necesidad de mantener su imagen intacta ante el mundo. Pero ahora, al ver a Julia cada día, algo cambiaba dentro de él. Al principio, pensó que era solo el cansancio de fingir, pero pronto descubrió que no era eso. No era solo el estrés por mantener la fachada. Era algo más profundo. Julia, que siempre había sido su amiga, ahora era su "esposa" en los ojos del mundo, y ese título comenzaba a tener un peso que ninguno de los dos había anticipado.
Las semanas pasaron, y a medida que se acumulaban las miradas curiosas, las sonrisas sospechosas de algunos de los empleados de la empresa, y los comentarios que se filtraban a través de los medios, Oliver se dio cuenta de que su relación con Julia ya no era solo una actuación. Había momentos, incluso en medio de las charlas vacías y las fiestas superficiales, en los que la presencia de ella lo inquietaba de una manera que no podía controlar. Las risas compartidas, las miradas rápidas entre ellos, las conversaciones privadas que alguna vez habían sido naturales, comenzaban a sentirse diferentes. Cada vez que la tocaba, incluso sin pensarlo, su piel reaccionaba. Y eso, para alguien que había vivido una vida tan calculada como Oliver, era un hecho perturbador.
Una tarde, después de una reunión agotadora en la oficina, Oliver regresó a su mansión, pensando en todo lo que estaba sucediendo. Julia estaba en la cocina, como siempre, con un vestido simple pero elegante, preparando algo de cena. Cuando lo vio entrar, sonrió de manera automática, pero había algo en sus ojos que hizo que Oliver sintiera una punzada en el estómago.
-¿Todo bien? -preguntó ella, notando su expresión pensativa.
Oliver asintió, pero no podía evitar la preocupación en su rostro.
-Sí, solo estoy... pensando.
Julia dejó el cuchillo que estaba usando para cortar los ingredientes y se acercó a él, fijando su mirada en él. Sabía que algo no iba bien. No era un secreto que la atmósfera en torno a su matrimonio falso comenzaba a sentirse diferente. Era evidente que ambos, en el fondo, sabían que las emociones no podían ser mantenidas bajo control para siempre.
-Oliver, sé lo que estás pensando -dijo Julia, con una calma inquietante-. Esto no es fácil para ninguno de los dos. Pero recuerda, es solo un juego. Solo estamos haciendo lo necesario para que todos crean lo que quieren creer. Una vez que todo esté dicho y hecho, estaremos libres.
Oliver la miró por un momento, un nudo formándose en su garganta. Sabía que lo que decía tenía sentido en algún nivel, pero no podía dejar de sentir que las cosas se estaban complicando más de lo que había anticipado.
-¿Realmente crees que podremos seguir así? -preguntó, incapaz de ocultar la angustia en su voz. -¿Qué pasará si empezamos a sentir cosas por el otro?
Julia levantó una ceja, sorprendida por la pregunta. No esperaba que Oliver, de todas las personas, fuera a mencionar algo tan arriesgado.
-¿Sentir cosas por mí? -repitió, con una leve sonrisa, como si estuviera jugando con la idea-. Oliver, sabes que eso no va a suceder. Este es un trato. Nada más. Todo lo que estamos haciendo es mantener las apariencias hasta que se calmen las aguas.
Pero Oliver no estaba tan seguro. Había algo en la forma en que Julia lo miraba, algo en su cercanía que empezaba a hacerle sentir incómodo. Aquella misma amistad que había compartido con ella durante años ahora parecía estar mutando en algo más. Algo que no podía definir.
-¿Y si no es solo eso? -dijo, con voz baja, casi como si hablara consigo mismo-. ¿Y si de alguna manera, en medio de todo esto, empezamos a creer que lo que estamos haciendo es real?
Julia lo observó en silencio por un momento, y por primera vez, Oliver vio algo en sus ojos que no podía identificar: ¿era preocupación o era algo más?
-Eso no puede pasar, Oliver. No podemos permitirnos que eso suceda. Estamos jugando con fuego, y si te dejas llevar por eso, todo lo que hemos hecho estará en riesgo.
A pesar de sus palabras, Oliver no podía dejar de sentir que había algo más que ocultaba. Y, en algún lugar en lo más profundo de su ser, una parte de él deseaba que esa verdad fuera la misma que él comenzaba a temer. Tal vez, solo tal vez, Julia también sentía algo que no estaba dispuesto a admitir.
Esa noche, después de la cena, decidieron asistir a un evento de gala al que la prensa estaba invitada. Como era habitual, se mostraron como la pareja perfecta: tomados de la mano, sonriendo ante las cámaras, posando con naturalidad ante los fotógrafos. Pero a pesar de la fachada, Oliver no podía dejar de notar cómo la química entre ellos comenzaba a sentirse más genuina, más tensa, más real. A cada paso que daban juntos, a cada gesto de Julia hacia él, sentía un tira y afloja interno. ¿Era este realmente el amor que estaban fingiendo, o algo mucho más complicado estaba surgiendo entre ellos?
En medio del evento, cuando una de las periodistas les hizo una pregunta sobre su "relación", Oliver, por primera vez, se sintió atrapado en una trampa de la que no podía escapar.
-¿Cómo se sienten siendo una de las parejas más adoradas de la alta sociedad? -preguntó la periodista, con una sonrisa burlona.
Julia respondió sin pensarlo, su tono ligero y natural, pero Oliver, en cambio, sintió un nudo en el estómago.
-Es un honor -respondió, con una sonrisa fría-. Estamos felices de ser parte de este círculo.
La verdad, sin embargo, era otra. Oliver no se sentía feliz. Y lo peor de todo era que Julia parecía estar tan en control de la situación que él ya no podía decir si ella lo estaba manipulando o si realmente compartía las mismas dudas que él. La tensión entre ambos era palpable, pero seguían sonriendo, posando, y dejando que el mundo creyera que todo era perfecto.
Esa noche, mientras regresaban a la mansión, Oliver no pudo evitar preguntarse: ¿Cómo podría salir de esta farsa sin que todo se viniera abajo? ¿Y lo que era aún más peligroso: cómo se sentía realmente hacia Julia?