Huelo el deseo a kilómetros.
Me encanta provocar
Me gusta jugar.
Los seres humanos siempre buscan un poco de placer, las mujeres especialmente tienen el control sobre su instintos carnales yo las llevo al límite, las empujo tan duro que podrían correrse en un segundo, pero eso mata la diversión.
Hace años no me divierto lo suficiente.
Todas son desechables, nadie vale la pena, la gran mayoría se baja las bragas en cuanto me ve y ni siquiera debo hacer uso de mis dones.
Balanceó las piernas en el aire dejando escapar el aire del cigarrillo entre mis labios, esta cruz es bastante cómoda y desde este convento tengo la mejor vista del pueblo.
Las luces parpadean y algunas brillan hermosas, las mujeres bailan con sus hijos mientras preparan la cena y los hombres salen por la leña para sus estúpidas chimeneas.
Lo mismo de siempre.
Pero es por eso que estoy aquí.
Necesitaba un respiro.
Soy un maldito demonio no debería necesitar un puto respiro, pero lo hago, no tengo interés en coleccionar almas, tampoco deseo escalar la pirámide de los lamebotas de Lucifer.
Cuando vives demasiado hay poco que te impresiona.
Termino mi cigarrillo e inspiro hondo el dulce aroma se mezcla con el maldito humo, algo en mi pecho se extiende como una maldita droga.
"Sangre"
De alguien jodidamente pura.
"Tengo que probarla"
Miro en todas direcciones, la sangre tiene que venir de algún lugar cercano, pero todo parece tranquilo, incluso para el este pueblo de mierda la noche parece más sombría que el resto de ellas.
Cierro los ojos agudizando el oído.
Está en las profundidades del bosque, salto de inmediato y serpenteó entre los árboles.
Es una imagen pintoresca una barroca como las que solía hacer ese tipo Caravaggio.
Una monja tirada en medio de las hojas secas de otoño, su habito está roto por todas partes, si empuja solo un poco su cuerpo caerá al precipicio.
Inspiró hondo, escucho sus pensamientos.
Quiere morir.
Una sonrisa se extiende por mi rostro.
Puedo escuchar cada palabra que esta pensando, pero también puedo sentir su desesperación, no por vivir, sino por algo mucho mas siniestro.
Destrucción.
Venganza.
Dolor.
Hace siglos que no me divertía tanto, la excitación corre por mis venas como una perra, llenándome el cuerpo de intensa adrenalina a la que me entregaré sin objeción.
Me acerco con pasos decididos.
Le ofrezco un trato.
Me da su sangre.
Y la convierto en mía.
***
Termino mi paleta helada de uva, uno de los pocos placeres mundanos que disfruto, muerdo el hielo dejando que el sabor se escurra por mi lengua y tiro el maldito palo inútil.
Observo a esa pequeña monja pervertida y ahora maldita.
Corta las flores del jardín del convento, moviéndose hábilmente de un lugar a otro, cargando su pequeña canasta repleta de colores.
La recuerdo ensangrentada y desesperada, a medida que los días pasan me vuelvo mas y mas impaciente.
Quiero tenerla.
Echo la cabeza atrás cerrando los ojos intentando respirar su delicioso aroma pero se ve interrumpido por un terrible hedor a incienso, arrugo la nariz y miro directamente al portador, el maldito intruso que ya puedo sentir como se interpondrá entre nosotros.
"Hijo de puta"
Mi voz interior susurra y me doy la libertad de mirarlo desde mi cómoda cruz en la punta de la iglesia.
Gira la cabeza mirándome directamente, él sabe que estoy aquí.
Sonrió estirándome, él parece querer asesinarme, puedo escuchar la voz de mi pequeño pastelito, dice algo sobre el clima y el maldito ángel a su lado sonriendo acariciando su cabello, aprieto los dientes casi sangrando por la boca.
Él ya debería saber que ella me pertenece.
¿Entonces como es posible que todavía pueda permanecer cerca de ella?
Su mirada vuelve a la mía y decido que es hora de desaparecer, porque por mucho que me gustaría arrancarle esas putas alas blancas y tirar de su cabello dorado, hay mucho que tengo que hacer antes de comerme por completo él alma de mi pastelito.
Saco el dedo medio y se lo muestro, el maldito ángel frunce el ceño y niega volviendo a prestarle atención al pastelito.
Desaparezco entre las nubes, sin dejar rastro de mi presencia.
***
Mirarla se ha vuelto parte de mis actividades favoritas, me encanta sentirla cerca y observar como se rasca la palma de la mano recordatorio de que me pertenece y de que cada segundo que puede respirar es solo porque yo se lo permito.
Termino mi pastel de chocolate botando la envoltura.
-No es correcto botar la basura.- esa maldita voz angelical hace que me duelan los oídos
-Si quisiera saberlo, le habría preguntado a cualquier santurrón en este maldito pueblo.
Giro la cabeza para verlo a mis espaldas, parado sobre el otro extremo de la cruz, con un bonito traje azul marino, a diferencia de esa sotana horrible que usa cuando esta merodeando a mi pequeño pastelito.
-¿Qué estas tramando Sytry?
La sonrisa se extiende por todo mi rostro pensando en la manera que pastelito se extendería sobre una mesa áspera a la luz de las velas, gimiendo mi nombre, llorando por la necesidad que le causo, entregándome su sangre desesperada porque yo la beba.
-¿Qué podría estar tramando Zadkiel?
-¿Enserio me preguntas eso? Eres un demonio, si no fuera por ti yo no tendría que estar aquí perdiendo el tiempo.
-¿Ser tan engreído no es un pecado?.- suelto poniéndome aun más cómodo.
-Ahórrate la superioridad moral, eres un demonio perverso, te he olido mucho mas cerca últimamente.
-Te extraño.- suelto un puchero y rueda los ojos, poniéndose de pronto frente a mi, pisando mi mano, me burlo de él ignorando la picazón.
-No vas a salirte con la tuya.- deja ir mi pie sonriendo, sabiendo perfectamente que un poco mas de tiempo podría quemarme.
Conozco a Zadkiel casi desde que llegue a este pueblo que yo creía abandonado por dios, es obvio que nunca podríamos tener una buena relación pero si el bastardo engreído no se mete conmigo, tampoco me meto con él.
-No tengo ni la menor idea de lo que hablas niño bonito, deberías cuidar mejor tus alas, parecen de utilera, ¿son si quiera reales?.- estiro la mano para acariciar las plumas brillantes pero se aleja de inmediato.
El pequeño pastelito sale al jardín, cargando lo que parece ropa sucia, limpia su sudor con el dorso de la mano y puedo ver como brilla la estrella, reflejando mi marca personal.
Él también la ve.
"Lo sabe"
La rabia en sus ojos se cuela por sus poros y su mano me agarra por la garganta dejando las marcas de cadenas en mi cuello, finjo que no arde y lo miro sin moverme.
-¿Qué le hiciste?
-Sabes que no puedo tocar a nadie sin que ellos me lo permitan.
Es una regla implícita, puedo tomarlos y marcarlos solo cuando ellos acepten el trato.
-¡Los engañas! Eres una rata mentirosa.
-Cálmate querubín, ella sabía lo que hacia.
-No dejare que te la lleves.
-No hay nada que puedas hacer al respecto, y, siendo sinceros, ¿que se supone que hacías mientras ella se desangraba?
-Eso es...
-¿Una conferencia con papi?
Aprieta mi cuello levantándome hasta que me pongo de pie, luego ambos nos detenemos, su mirada se cuela entre nosotros, incluso desde el majestuoso patio su mirada se encuentra con la mía, frunce el ceño, niega con fuerza y luego mira a Zadkiel quien vuela conmigo por los aires hasta hacernos desaparecer.
Las excitación recorre mi cuerpo.
Es mía, siempre fue mía, solo debía encontrarla, solo debo tomarla cuando quiera.
Y la quiero ahora.