Cayó sobre el césped, el impacto sacudiéndole todo el cuerpo.
Se quedó allí un momento, sin aliento, pero luego se incorporó.
Su misión era clara: encontrar ayuda para su papá.
Entró cojeando a la casa, directamente a mi estudio, donde me había desplomado.
Encontró mi cuerpo frío, inmóvil.
Sus pequeños dedos tocaron mi mejilla.
"Papá, tienes frío."
Intentó cubrirme con una manta que estaba en el sofá.
Sus acciones eran tan tiernas, tan llenas de un amor puro, que mi alma espectral lloró lágrimas invisibles.
Salió de nuevo a la calle.
Nuestro barrio era exclusivo, casas grandes con altos muros y jardines extensos.
No había niños jugando en la calle, ni vecinos charlando en las aceras.
Un silencio opulento y desolador.
Gritó pidiendo ayuda, pero su voz se perdía entre las mansiones vacías.
Nadie respondió.
El sol caía, y las sombras comenzaban a alargarse.
De repente, el rugido de un motor conocido rompió el silencio.
El deportivo de Ricardo apareció al final de la calle, acercándose a toda velocidad.
Mi instinto, aunque incorpóreo, fue gritarle a Leo que corriera, que se escondiera.
Pero él se quedó paralizado, sus ojos fijos en el coche que se abalanzaba sobre él.
Ricardo no disminuyó la velocidad.
Pude ver la sonrisa cruel en su rostro.
Iba a atropellarlo.
Cerré mis ojos espectrales, incapaz de soportar la visión.
Un chirrido de neumáticos me hizo abrirlos.
Ricardo había frenado en el último instante, el parachoques del coche a centímetros del cuerpo tembloroso de Leo.
El alivio que sentí fue tan intenso que casi me desvanezco, si un alma pudiera desvanecerse.
Pero el alivio duró poco.
Ricardo bajó del coche, su expresión era una mezcla de diversión y sadismo.
Se acercó a Leo, quien retrocedió instintivamente.
"Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? El pequeño cachorro perdido," dijo Ricardo, su voz goteando burla.
Leo no respondió, solo lo miraba con terror.
"¿Quieres que ayude a tu papá?" preguntó Ricardo, agachándose a la altura de Leo.
Leo asintió con fervor, una chispa de esperanza en sus ojos.
"Entonces, ladra para mí. Ladra como el perrito que eres, y tal vez, solo tal vez, ayude a tu inútil padre."
La humillación era palpable.
Mi Leo, mi valiente hijo, miró a Ricardo, luego a la casa donde yo yacía, y luego de nuevo a Ricardo.
Su necesidad de ayudarme era tan grande.
Leo dudó, pero la imagen de mi cuerpo frío lo impulsó.
Un pequeño "guau" escapó de sus labios.
Ricardo sonrió, una sonrisa depredadora.
"Más fuerte. No te oigo."
Leo ladró de nuevo, un poco más fuerte, las lágrimas comenzando a acumularse en sus ojos.
"Bien, buen perrito. Ahora di: Mateo es un mal hombre que no merece a mi mamá."
Eso fue demasiado.
La lealtad de Leo hacia mí era inquebrantable.
"¡No!" gritó Leo, su voz llena de una fuerza sorprendente. "¡Mi papá es bueno! ¡Tú eres el malo!"
La sonrisa de Ricardo se desvaneció, reemplazada por una máscara de furia.
Agarró a Leo por el brazo y lo levantó del suelo.
"Pequeño mocoso insolente."
Y entonces, lo golpeó.
Un puñetazo cerrado en el pequeño rostro de mi hijo.
Leo cayó al suelo, un grito ahogado.
Ricardo no se detuvo.
Lo pateó en el estómago, en la espalda.
Una y otra vez.
La brutalidad era espantosa, inhumana.
Grité, lloré, intenté interponerme, golpear a ese monstruo.
Pero mis manos fantasmales lo atravesaban sin efecto.
Era la tortura más grande: ver a mi hijo ser destruido y no poder hacer absolutamente nada.
Cada golpe a Leo era un golpe a mi alma.
La oscuridad de Ricardo era un abismo sin fondo.