Cuando Isabela se acercó, Ricardo corría por el jardín, llamando a Leo con fingida angustia.
"¡Leo! ¿Dónde estás, campeón? ¡No te escondas!"
Isabela lo miró, confundida. "¿Qué pasa, Ricardo? El vecino dijo..."
"¡Ah, Isabela, qué bueno que llegas!" interrumpió Ricardo. "Este niño... ¡me mordió! Intenté llevarlo a casa, estaba corriendo por la calle como un salvaje. Dijo que Mateo le metió ideas en la cabeza, que yo era malo."
Ricardo le mostró un rasguño superficial en su brazo, uno que seguramente se había hecho él mismo momentos antes.
Isabela miró el rasguño, luego la expresión "dolorida" de Ricardo.
Su rostro se endureció.
"Ese niño... y Mateo. ¡Siempre causándome problemas!"
La preocupación por Leo, si alguna vez existió, se evaporó.
Toda su atención se centró en la "herida" de Ricardo.
"Ven, cariño, entremos a curarte eso. No puedo creer que Leo te haya hecho esto. Mateo lo está volviendo un pequeño monstruo."
Se llevó a Ricardo hacia la casa, pasando a escasos metros de los arbustos donde Leo yacía, gravemente herido.
Escuché un débil gemido proveniente de los arbustos.
Isabela no lo oyó, o eligió no oírlo.
Mi desesperación era un océano sin fondo.
Ella estaba allí, tan cerca, y aun así, tan lejos de la verdad, tan lejos de su hijo.
La ceguera de Isabela, su completa devoción a Ricardo, era un muro impenetrable.
¿Cómo podía ser tan cruel, tan indiferente al sufrimiento de su propio hijo?
El amor que una vez nos unió parecía una broma macabra.
Un torrente de recuerdos me invadió.
El día que conocí a Isabela. Su sonrisa, entonces genuina y cálida.
Nuestro noviazgo, lleno de risas y sueños compartidos.
Nuestra boda, un día que juré sería el comienzo de nuestra felicidad eterna.
El nacimiento de Leo, la alegría más pura que jamás había experimentado.
Éramos una familia. Feliz.
Hasta que Ricardo Álvarez reapareció en la vida de Isabela.
Amigo de la infancia, su "salvador" de algún supuesto trauma adolescente que él mismo había magnificado.
Poco a poco, como una enfermedad insidiosa, comenzó a envenenar nuestra relación.
Susurros al oído de Isabela, dudas sembradas, mi imagen distorsionada.
Isabela, con su orgullo y una extraña lealtad ciega hacia él, comenzó a cambiar.
Se volvió fría, desconfiada, irritable.
Nuestras discusiones se hicieron más frecuentes, más amargas.
Mi condición cardíaca, que antes era motivo de su cuidado y preocupación, se convirtió en una "excusa" para "manipularla".
Ricardo la convenció de que yo estaba celoso de su éxito, de su amistad con él.
Ahora entendía.
El amor de Isabela por mí no solo se había desvanecido.
Había sido reemplazado, suplantado por una devoción malsana y ciega hacia Ricardo.
Él era su todo, y Leo y yo éramos obstáculos, molestias en su nueva vida perfecta.
El dolor de esta realización fue casi tan agudo como el de mi muerte.
Leo permaneció oculto entre los arbustos durante horas.
El sol comenzó a ponerse, y la temperatura descendió.
Sus gemidos se hicieron más débiles.
Finalmente, cuando la oscuridad casi lo cubría por completo, un jardinero de la casa vecina, que terminaba tarde su jornada, escuchó algo.
Se acercó con cautela, alumbrando con la linterna de su teléfono.
Lo que vio lo horrorizó.
Un niño pequeño, golpeado, sangrando, apenas respirando.
El jardinero, un hombre de buen corazón, llamó inmediatamente a una ambulancia y a la policía.
Isabela y Ricardo estaban cenando en un restaurante caro cuando el hospital intentó contactarla.
Ella vio el número desconocido y lo ignoró.
Estaba demasiado ocupada escuchando las quejas de Ricardo sobre lo "difícil" que había sido su día por culpa de Leo.
Pasaron cerca del hospital de camino a casa.
Isabela sintió una punzada extraña, una inquietud momentánea al ver las luces de emergencia.
Pero la sensación fue fugaz, y Ricardo rápidamente desvió su atención con alguna anécdota trivial.
No sabía, no podía saber, que su hijo luchaba por su vida a pocos metros de distancia.