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Historia Después de Mi Muerte
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Capítulo 3

Ricardo ya no era el empresario astuto y respetado que el mundo conocía, aquí, en el hospital, se había transformado en un padre obsesivo y paranoico, cuya única misión en la vida era el bienestar de Valentina, había cancelado reuniones importantes, ignorado llamadas de sus socios y abandonado por completo sus responsabilidades profesionales.

Toda su energía, todo su enfoque, estaba en Valentina, la cuidaba como si fuera una pieza de porcelana frágil, le leía cuentos, le ajustaba la almohada y le susurraba promesas de un futuro brillante juntos, un futuro libre de mí.

Su celular sonó de nuevo, era un número desconocido, pero él sabía que era del hospital, lo había bloqueado varias veces, pero seguían llamando desde diferentes líneas.

"¿Bueno?", contestó con una furia contenida.

"Señor Ricardo, soy la enfermera de turno del piso de cuidados intensivos", dijo una voz femenina, "le llamo por su hijastra, Sofía, su condición ha empeorado".

Ricardo explotó, su rostro se congestionó de ira.

"¡Le dije que no me llamara más por esa mujer! ¡No me importa!", gritó al teléfono, haciendo que Valentina diera un respingo fingido a su lado, "¿No lo entiende? ¡Déjenme en paz! ¡Borren mi número de sus registros!".

Colgó el teléfono con tanta fuerza que casi lo rompe, respiraba agitadamente, sus ojos brillaban con un odio irracional.

"Papi, no te enojes, no vale la pena", dijo Valentina con su voz melosa, poniendo una mano en su brazo, "ella solo hace esto para molestarnos, para arruinar este momento".

Ricardo la miró y su ira se disipó, reemplazada por una ternura protectora.

"Tienes razón, mi vida, no dejaré que nos afecte", dijo, "esa víbora sabe cómo manipular a la gente, seguro les contó una historia lamentable para que le creyeran y nos molestaran".

Él realmente creía eso, en su mente, yo era una maestra del engaño, una actriz consumada, me imaginaba demacrada y pálida, no por la enfermedad que me consumía, sino por falta de maquillaje, por no haber comido para parecer más patética.

"Seguro que ni se ha bañado en días para dar más lástima", murmuró para sí mismo con una mueca de asco, "siempre fue así de sucia, de descuidada".

El doctor Elías, que había escuchado el arrebato desde el pasillo, entró a la habitación, su rostro era una máscara de furia profesional.

"Señor Ricardo, ¡ya fue suficiente!", dijo con una voz que resonó en la pequeña habitación, "¡Esto ha pasado de ser negligencia a ser un abuso deliberado! ¡Su hijastra tiene un tumor cerebral inoperable y se está muriendo! ¿Es que no le entra en la cabeza?".

La verdad, cruda y brutal, fue lanzada al aire, pero Ricardo se negó a aceptarla, se puso de pie, enfrentando al doctor.

"¡Usted miente!", rugió, "¡Es un truco! ¡Seguro ella lo sobornó para que dijera eso! ¡Quiere mi dinero, quiere la herencia de su madre! ¡Eso es todo lo que siempre ha querido!".

Su mente retorcida había creado una narrativa en la que él era la víctima, el padre acosado por una hijastra codiciosa y malvada.

"¡Ella mató a mi esposa!", gritó, su rostro descompuesto por el dolor y el odio acumulados durante años, "¡Ella fue la causa de todo mi sufrimiento! ¡Ojalá nunca hubiera nacido! ¡Maldigo el día en que entró en mi vida!".

La explosión fue tan violenta que incluso Valentina pareció sorprendida por un momento, Ricardo estaba temblando, las venas de su cuello marcadas, su respiración era un jadeo irregular.

Desde mi perspectiva fantasmal, sentí una punzada de algo parecido a la piedad, detrás de todo ese odio, había un hombre consumido por un dolor que nunca supo cómo manejar, un dolor que lo había envenenado y lo había convertido en un monstruo.

Pero la piedad se desvaneció rápidamente, reemplazada por la fría realidad de mi situación, su dolor no justificaba su crueldad, su trauma no le daba derecho a destruirme.

Yo estaba en esa cama, mi cuerpo fallando, mi vida desvaneciéndose, porque él se negó a escuchar, porque prefirió creer en sus propias mentiras, porque su odio hacia mí era más fuerte que cualquier sentido de decencia o humanidad.

Mientras él seguía gritando sus acusaciones al doctor Elías, yo me resigné, ya no había nada que hacer, nada que decir, mi cuerpo seguía las órdenes silenciosas del tumor que crecía en mi cerebro, un pasajero no deseado que me llevaba inexorablemente hacia el final del viaje.

Y él, el hombre que debería haberme cuidado, era el que me empujaba hacia el abismo con cada palabra de odio.

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