"Ya no me cree", pensé, una última oleada de tristeza recorriendo mi esencia, "me rindo".
Sentí cómo el último hilo que me ataba a mi cuerpo se rompía, mi conciencia se expandió, ya no estaba confinada a la habitación del hospital, sino que flotaba libremente, una espectadora silenciosa del epílogo de mi propia vida.
Vi cómo mi cuerpo era desconectado de las máquinas, el pitido monótono finalmente cesó, dando paso a un silencio solemne, los médicos y enfermeras trabajaron con una eficiencia sombría, preparando mi cuerpo para el siguiente paso.
El trasplante de órganos.
Había firmado los papeles de donación hacía años, en un raro momento de optimismo, pensando que si algo me pasaba, al menos podría ayudar a alguien más, nunca imaginé que mi último acto de generosidad sería para beneficiar a la persona que más me había hecho sufrir, indirectamente.
Observé, con una distancia clínica, cómo los cirujanos extraían mis córneas, las únicas partes de mi cuerpo que aún eran viables para un trasplante, fue un procedimiento rápido, preciso, despojado de toda emoción, yo era simplemente la "donante", un cuerpo anónimo que proporcionaba un regalo de vida.
Mientras tanto, en la sala de espera de otro piso, Ricardo caminaba de un lado a otro, consumido por la ansiedad, pero no por mí, sino por la inminente cirugía de Valentina.
Una camilla pasó por el pasillo, cubierta con una sábana blanca, era mi cuerpo, siendo transportado a la morgue del hospital, Ricardo levantó la vista por un segundo, su mirada se cruzó con la camilla, pero no hubo reconocimiento, ni una pizca de curiosidad, para él, solo era otro desafortunado anónimo en un hospital lleno de ellos, desvió la mirada y continuó su paseo nervioso.
La ironía era tan cruel, tan afilada, él estaba a pocos metros de mí, de mi cuerpo sin vida, y no tenía idea, su obsesión lo había cegado por completo.
Mi cuerpo fue llevado a una sala fría y metálica y dejado sobre una plancha de acero, la etiqueta en mi tobillo decía "Donante No Identificada - Familiares no contactados", me habían olvidado, abandonada incluso en la muerte.
De vuelta en la sala de espera, el celular de Ricardo vibró, era una notificación de una aplicación de entrega de comida.
"Papi, sé que no has comido nada, te pedí tu sopa favorita del restaurante que te gusta, por favor, come algo y mantente fuerte por mí, te quiero mucho, Valentina".
El mensaje venía acompañado de una foto de la orden, Ricardo leyó el mensaje y sus ojos se llenaron de lágrimas, esta vez, lágrimas de gratitud y amor.
"Mi niña", susurró, su voz quebrada por la emoción, "incluso en su estado, se preocupa por su viejo padre".
Se sentó y miró la notificación en su teléfono, conmovido por el gesto de su hija, le parecía la prueba definitiva de la bondad y el amor puro de Valentina.
"Ella sí es una buena hija", pensó, un nudo formándose en su garganta, "no como la otra, que solo sabía causar problemas y exigir, que incluso en su último acto, seguro lo hizo para molestar, para que el hospital me llamara y arruinara este día tan importante".
Comparó el gesto "desinteresado" de Valentina con mis supuestas "manipulaciones", y su corazón se llenó de un amor aún más feroz por su hija adoptiva y un desprecio aún más profundo por mí.
Estaba tan ciego, tan perdido en su propia narrativa, que no podía ver la verdad, Valentina no había ordenado la comida, no podía, apenas estaba consciente, fue su asistente personal, a quien ella le había dado instrucciones semanas antes para que hiciera este tipo de gestos en momentos clave para mantener a Ricardo bajo su control.
Pero él no sabía nada de eso, para él, era un acto de amor puro, mientras que mi muerte era solo un inconveniente, una última molestia de una vida llena de ellas.
Y mientras él se sentía conmovido por una sopa que nunca llegaría porque la dirección estaba mal a propósito, mi cuerpo yacía solo y frío en la morgue, esperando ser reclamado por alguien que nunca vendría.