El olor a alcohol barato y el sudor de otra mujer se pegaron a las sábanas, un hedor agrio que me revolvió el estómago. Abrí los ojos, la luz gris de la mañana de la Ciudad de México se filtraba por la persiana rota. Mi cabeza daba vueltas, pero no por una resaca. Era una confusión más profunda, un eco de un dolor que aún no debería sentir.
Los gemidos bajos y rítmicos venían de la sala.
No de la televisión.
Eran sonidos humanos, animales. Un hombre y una mujer.
Reconocí la voz del hombre. Era la de mi esposo, Ricardo.
El cuerpo se me quedó helado. La sangre se me fue de la cara, y un frío paralizante me recorrió desde los pies hasta la nuca. Estaba en mi cama, en mi casa, la pequeña casa que mis padres adoptivos me habían ayudado a conseguir. Me acababa de recuperar del parto de mi hija, Luna. Y mi esposo, el mariachi carismático por el que había dejado todo, estaba con otra mujer en la habitación de al lado.
Mi primer impulso fue gritar, levantarme y enfrentarlos. Hacer un escándalo, arrastrar a esa mujer por el pelo y exponer a Ricardo frente a todo el barrio.
Pero me detuve.
Porque ya había vivido esto antes.
Un torbellino de imágenes me golpeó con la fuerza de un tren. El fuego. El humo negro y espeso que llenaba mis pulmones, quemándome por dentro. El llanto aterrorizado de mi pequeña Luna, un sonido que se apagó demasiado pronto. Los gritos de mi mamá y mi papá, atrapados en el cuarto de atrás. Y Ricardo, de pie afuera, con la cara iluminada por las llamas, una sonrisa torcida en sus labios mientras nuestra casa, nuestra vida, se convertía en cenizas.
En esa otra vida, sí me había levantado. Había corrido a la sala y había encontrado a Ricardo con Esmeralda, la bailarina del club nocturno donde él a veces tocaba. La había abofeteado, había gritado, había llamado a los vecinos. Arruiné su reputación en la plaza, nadie quería contratar a un mariachi que engañaba a su esposa recién parida. La carrera de Ricardo, su mayor ambición, se hizo humo.
Y su venganza fue el fuego.
Un fuego que me consumió a mí, a mi hija y a mis padres, las únicas personas que me habían amado de verdad en el mundo.
Los gemidos en la sala continuaron, ajenos al cataclismo que ocurría dentro de mi cabeza.
Toqué mi vientre. Estaba plano, pero aún sensible. Miré mis manos. No tenían cicatrices de quemaduras. Respiré hondo, y el aire llenó mis pulmones sin el dolor del humo.
No era un sueño. No era un recuerdo.
Había vuelto.
Había renacido en el momento exacto de la traición. El universo, por alguna razón cruel o misericordiosa, me había dado una segunda oportunidad.
Esta vez, no habría gritos. No habría escándalos públicos.
Esta vez, la venganza no sería un arrebato de pasión. Sería fría, calculada y absoluta.
Iba a despojar a Ricardo de todo lo que amaba: su música, su reputación, su dinero, su orgullo. Lo iba a dejar sin nada, igual que él me había dejado a mí.
Y lo más importante, iba a proteger a mi familia. A mi pequeña Luna, que dormía inocentemente en su cuna en mi habitación, y a mis padres, que no merecían pagar por mis errores.
El destino me había puesto de nuevo en este tablero de juego. Pero esta vez, yo conocía todas las jugadas. Y no iba a perder.