Género Ranking
Instalar APP HOT
La Venganza De La Esposa
img img La Venganza De La Esposa img Capítulo 4
5 Capítulo
Capítulo 5 img
Capítulo 6 img
Capítulo 7 img
Capítulo 8 img
Capítulo 9 img
Capítulo 10 img
Capítulo 11 img
Capítulo 12 img
img
  /  1
img

Capítulo 4

El Toro y sus amigos miraron a Mateo de arriba abajo. Vieron el traje caro, el coche de lujo, la confianza que emanaba de él. La arrogancia en sus caras vaciló, reemplazada por una confusión cautelosa.

"No, no hay problema, jefe. Solo platicábamos con la esposa de nuestro amigo," dijo El Toro, su tono de voz cambiando de matón a servil.

Mateo no les quitó los ojos de encima. "Pues su plática parecía estar incomodándola. Así que si ya terminaron, pueden irse."

No fue una sugerencia. Fue una orden.

Los amigos de Ricardo intercambiaron miradas nerviosas. Murmuraron unas excusas y se subieron a su coche ruidoso, arrancando con un rechinido de llantas.

Una vez que se fueron, Mateo se acercó a mí. Su rostro se suavizó de nuevo, lleno de preocupación.

"Sofi, ¿estás bien? ¿Te hicieron algo?"

Negué con la cabeza, incapaz de hablar. La tensión de los últimos minutos se liberó y sentí que las piernas me fallaban. Mateo me sostuvo del brazo con firmeza.

"Tranquila. Ya estoy aquí. Vamos a sentarnos."

Nos llevó a una mesa dentro de la fonda. Pidió dos cafés de olla y un vaso de leche tibia para Luna, que empezaba a removerse.

Le conté todo. No la parte de la reencarnación, por supuesto. Nadie creería eso. Pero le conté de la traición, del dinero, de la humillación constante, de mi miedo por mi hija y mis padres. Le conté que había dejado la casa.

Mateo escuchó en silencio, su mandíbula apretándose cada vez más a medida que yo hablaba. Cuando terminé, se quedó callado por un largo momento, mirando su taza de café.

"Ese infeliz," dijo finalmente, su voz un gruñido bajo. "Siempre supe que no era bueno para ti. Desde el día que lo conociste en esa feria, con su guitarra y sus palabras bonitas. Pura fachada."

Me sentí una tonta. Una ingenua que había caído en la trampa más vieja del mundo.

"Yo creía que lo amaba," susurré.

"Tú amabas la idea que te vendió. No al hombre que realmente es," dijo Mateo con gentileza. "Pero eso ya no importa. Lo que importa es lo que vamos a hacer ahora."

Miré a mi hija, que se había quedado dormida en mis brazos. Mi determinación volvió.

"No voy a volver a esa casa, Mateo. Pero no tengo a dónde ir. No quiero preocupar a mis papás."

"Te quedarás conmigo," dijo él, sin dudarlo. "Tengo un departamento grande. Hay mucho espacio. Estarás segura ahí."

La oferta me abrumó. Pero antes de que pudiera protestar, él continuó.

"Y sobre Ricardo... lo vamos a destruir, Sofía. Le quitaremos todo. Pero lo haremos de forma inteligente. Sin escándalos. Legalmente. Lo dejaremos sin un centavo y sin reputación."

La frialdad en su voz me sorprendió, pero también me dio una extraña sensación de seguridad. Este no era el Mateo que yo recordaba. Este era un hombre que sabía cómo jugar y ganar en un mundo mucho más duro que una plaza de mariachis.

Pasamos el resto de la mañana planeando. Mateo, con su mente de empresario, trazó una estrategia. Lo primero era asegurar mi bienestar y el de Luna. Me llevó a su departamento, un lugar moderno y espacioso en una buena zona de la ciudad, un mundo aparte de mi pequeña casa en la colonia popular.

Los días siguientes fueron un respiro. Mateo se aseguró de que no me faltara nada. Contrató a una abogada, una mujer inteligente y dura, para que empezara a preparar los papeles del divorcio y una demanda por pensión alimenticia.

Pero la calma se rompió una noche. Ricardo me encontró. No sé cómo, quizás preguntando en el mercado, quizás uno de sus amigos me vio. Apareció en la puerta del edificio de Mateo, borracho y furioso.

"¡Sofía! ¡Así que aquí te escondes! ¡Y con este tipo!", gritó, señalando a Mateo, que se interpuso entre nosotros.

"Ricardo, vete. Estás borracho," le dije, tratando de mantener la calma.

"¿Que me vaya? ¡Esta es mi mujer y mi hija! ¡Me las llevo a casa!", gritó, tratando de empujar a Mateo para entrar.

Mateo no se movió ni un centímetro. Era como una pared.

"Ella no va a ir a ningún lado contigo," dijo Mateo, su voz peligrosamente tranquila. "Lárgate de mi propiedad antes de que llame a la policía."

"¡Tú no me dices qué hacer! ¡Ella es mi esposa!", insistió Ricardo, con los ojos inyectados en sangre.

"Un pedazo de papel no te da derecho a maltratarla," respondió Mateo.

La mención del maltrato pareció encender una mecha en Ricardo. Su rostro se contorsionó de rabia. En un arrebato de furia, me lanzó una mirada llena de veneno.

"¡Tú! ¡Mujer malagradecida! ¡Después de todo lo que he hecho por ti! ¡Me abandonas por este ricachón!", gritó. "¡Pero me las vas a pagar! ¡Te juro que me las vas a pagar!"

Su mirada se desvió hacia Luna, que yo sostenía en mis brazos, asustada por los gritos. En sus ojos no vi amor de padre. Vi una herramienta. Un punto débil que podía explotar.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Este era el hombre que había quemado a su propia hija en otra vida.

"Ricardo, vete. Ahora," dije, mi voz sonando más fuerte de lo que me sentía.

Él se rio, una risa amarga y desagradable.

"Me iré. Pero volveré. Y tú volverás a casa, Sofía. A las buenas o a las malas."

Dio media vuelta y se fue, tambaleándose por la calle.

Me quedé temblando, abrazando a Luna. Mateo puso una mano en mi hombro.

"No te preocupes. No dejaré que te toque."

Pero yo sabía de lo que Ricardo era capaz. Su amenaza no era solo la bravuconería de un borracho. Era una promesa. Y el miedo, un miedo frío y familiar, comenzó a asentarse en mi corazón de nuevo.

Anterior
                         
Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022