Género Ranking
Instalar APP HOT
La Venganza De La Esposa
img img La Venganza De La Esposa img Capítulo 3
4 Capítulo
Capítulo 5 img
Capítulo 6 img
Capítulo 7 img
Capítulo 8 img
Capítulo 9 img
Capítulo 10 img
Capítulo 11 img
Capítulo 12 img
img
  /  1
img

Capítulo 3

La Ciudad de México se despertaba a mi alrededor. El aire de la mañana era una mezcla de humo de diésel de los peseros y el aroma a pan dulce de una panadería cercana. Con Luna envuelta en mi rebozo, caminé por las calles aún somnolientas de la colonia. Cada paso me alejaba de la casa que había sido mi prisión.

Llegué a una tienda de abarrotes en una esquina que tenía un teléfono público. El auricular de metal estaba frío y grasoso. Deposité unas monedas y marqué un número que no había usado en años, un número que me había memorizado en la infancia.

Sonó una, dos, tres veces. Una voz profunda y masculina contestó.

"¿Bueno?"

"¿Mateo?", pregunté, mi voz temblorosa.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

"¿Sofía? ¿Eres tú, Sofi?"

La familiaridad en su voz, el viejo apodo, me rompió un poco. Las lágrimas que había estado conteniendo amenazaron con salir.

"Sí, soy yo. Mateo, necesito ayuda."

Mateo y yo crecimos juntos en el mismo orfanato. Él era mi protector, un niño flaco pero con una mirada fiera que mantenía a los demás a raya. Nos separaron cuando a mí me adoptaron mis padres, y él se quedó hasta que tuvo edad para irse. Había oído rumores de que se había metido en la lucha libre, que era un luchador rudo conocido como "El Martillo". Luego, los rumores cambiaron. Decían que había dejado el ring, que había puesto un negocio y le estaba yendo muy bien.

"¿Qué pasó? ¿Estás bien? ¿Es Ricardo?", su voz se endureció al mencionar el nombre de mi esposo. Mateo nunca confió en él.

"Es... es complicado. ¿Podemos vernos? No puedo hablar por aquí."

"Claro que sí, chaparra. ¿Dónde estás?"

Le di la dirección de una pequeña fonda cerca del mercado.

"Voy para allá. No te muevas de ahí. Llego en veinte minutos."

Colgué el teléfono, sintiendo un pequeño brote de esperanza por primera vez.

Mientras esperaba, mis pensamientos se desviaron hacia mis padres. Papá, un zapatero de manos callosas y corazón noble. Mamá, una costurera que podía convertir cualquier retazo de tela en magia. Eran gente humilde, buena. Me habían sacado del orfanato, me habían dado un hogar, un apellido, un amor incondicional. Y yo les había pagado llevando a un monstruo a sus vidas, un monstruo que, en mi otra vida, los había arrastrado a la muerte conmigo. El dolor de ese recuerdo era una herida abierta. No podía permitir que eso volviera a pasar.

De repente, un coche ruidoso se detuvo frente a la fonda. Era el viejo Ford de Ricardo. De él bajaron sus amigos, su "corte" de músicos bohemios y parásitos. "El Toro", un hombre corpulento que tocaba el guitarrón, me vio.

"¡Sofía! ¿Qué haces aquí tan temprano? ¿Y el maestro Ricardo?"

"Tuvo que salir," respondí secamente.

"Ah, bueno. Oye, anoche la fiesta estuvo buena en tu casa, ¿eh? Pero se nos acabó el trago. Ricardo nos dijo que seguro tú nos podías fiar para curárnosla," dijo El Toro, con una sonrisa descarada. Los otros se rieron.

Me miraron como si yo fuera una extensión de Ricardo, una cartera andante para sus vicios. La humillación era constante, una llovizna de mierda que nunca paraba. En mi vida anterior, les habría dado dinero para que se fueran, para evitar problemas.

Esta vez no.

"No tengo dinero," dije, mi voz fría como el metal del teléfono.

La sonrisa de El Toro se desvaneció.

"¿Cómo que no tienes? No te hagas la difícil, Sofía. Ricardo es nuestro compadre. Lo que es de él, es nuestro."

Se acercó un paso más, su tamaño me intimidaba. Me apreté a Luna contra el pecho. Estaba a punto de gritarles que se largaran cuando un coche negro, elegante y silencioso, se detuvo detrás del Ford destartalado.

La puerta del conductor se abrió y de él bajó un hombre.

Era Mateo.

Pero no era el niño flaco que recordaba. Era alto, con hombros anchos que llenaban un traje caro. Su cabello estaba corto y peinado hacia atrás, y una cicatriz delgada cruzaba una de sus cejas, un recuerdo de su vida pasada en el ring. Su presencia irradiaba poder y confianza.

El contraste entre él y la pandilla de Ricardo era abismal.

Mateo me miró primero, su expresión suavizándose por un segundo. Luego, su mirada se posó en El Toro y sus amigos. Sus ojos se volvieron duros como piedras.

"¿Hay algún problema aquí?", preguntó Mateo, su voz tranquila pero con un filo de acero.

Anterior
            
Siguiente
            
Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022