No estaban haciendo nada escandaloso, nada que un extraño pudiera señalar, pero Sofía conocía a Alejandro, conocía la forma en que su pulgar rozaba el dorso de la mano de otra mujer cuando creía que nadie miraba, la inclinación casi imperceptible de su cabeza, la intimidad en una mirada que duraba un segundo de más.
Mariana, con su vestido sencillo y su expresión de inocencia, levantó la vista hacia Alejandro, sus ojos grandes y húmedos de admiración, una universitaria que parecía un cervatillo asustado en medio de depredadores, pero Sofía veía más allá, veía el cálculo frío en el fondo de esas pupilas.
El corazón de Sofía no se rompió, ya estaba hecho pedazos desde hacía meses, desde que Alejandro confesó un "error", una noche en la que, según él, lo drogaron en un evento y tuvo un encuentro con esa misma chica, prometió que fue un accidente, que Mariana no volvería a molestarlos.
Pero ahí estaba ella, reapareciendo después de un supuesto rescate "milagroso" durante un desastre natural, y ahora, embarazada.
El pecho de Sofía se sentía apretado, una presión insoportable que le dificultaba respirar, dejó la copa en la bandeja de un mesero que pasaba y se giró, solo para encontrarse de frente con sus suegros.
"Sofía, querida, te ves pálida".
La señora Vargas, una mujer cuya sonrisa nunca llegaba a sus ojos, le tomó el brazo, su agarre era firme, una advertencia.
"No hagas una escena, por favor, piensa en la reputación de la familia".
El señor Vargas asintió, su rostro severo.
"Alejandro está manejando una situación delicada, tienes que ser comprensiva, esa pobre chica no tiene a nadie".
Comprensiva, la palabra resonó en la cabeza de Sofía, un eco amargo, ellos no le pedían que perdonara, le pedían que aceptara, que se hiciera a un lado silenciosamente mientras su matrimonio era desmantelado frente a toda la alta sociedad.
"Entiendo", dijo Sofía, su voz más calmada de lo que se sentía. "La reputación lo es todo".
En ese momento, Mariana se acercó, caminando con una estudiada lentitud, una mano protectora sobre su vientre apenas abultado.
"Señora Vargas, disculpe", su voz era un susurro. "No quería interrumpir".
Se detuvo a una distancia respetuosa, bajando la mirada como si fuera una intrusa, la actuación era impecable, la víctima perfecta.
"Solo quería agradecerle al señor Alejandro por su amabilidad, me siento tan sola".
Sofía la miró directamente a los ojos, ignorando la advertencia silenciosa de sus suegros.
"No te preocupes", dijo Sofía, su voz cortante como el cristal. "Sé perfectamente quién eres y qué es lo que quieres".
La máscara de inocencia de Mariana vaciló por una fracción de segundo, un destello de triunfo apareció en sus ojos antes de ser reemplazado de nuevo por una vulnerabilidad fingida.
"No sé a qué se refiere, señora".
Justo cuando Alejandro se acercaba, atraído por la tensión palpable, Mariana dio un pequeño paso hacia atrás, tropezó con el borde de la alfombra y soltó un grito ahogado mientras caía al suelo, no fue una caída dura, fue teatral, diseñada para el máximo efecto.
Alejandro ni siquiera miró a Sofía, corrió hacia Mariana, arrodillándose a su lado con una expresión de pánico.
"¡Mariana! ¿Estás bien? ¿El bebé?".
Se giró hacia Sofía, y por primera vez en toda la noche, la miró directamente, pero no había amor ni confusión en sus ojos, solo una fría y dura acusación.
"¡Sofía, ¿qué demonios hiciste?!".
El murmullo se extendió por el salón, las miradas curiosas se convirtieron en juicios, Sofía se quedó de pie, sola en medio del mar de rostros, el sonido de la música clásica finalmente se desvaneció, reemplazado por el zumbido de su propia sangre en los oídos, la guerra había sido declarada, y ella acababa de perder la primera batalla.